“La cosa y la ética del teatro”

En una época en que la tradición más difundida es la de trastocar a voluntad y por principio todas las tradiciones, es común hablar de la crisis del teatro como vuelco mortal a la tradición escénica. 

 Jean-Frédéric Chevallier

Introducción

Soy admirador de un movimiento de reciente creación que desde hace tiempo se niega a hablar de “crisis”. Al margen de lo que los sesudos analistas económicos digan, yo como en algunos bares, coloco mi cartel de : “PROHIBIDO HABLAR DE LA COSA”. Por otro lado, quizás es más teatral y dantesco llamarla así.

“La cosa” siempre ha estado presente en las conversaciones primarias de la gente del sector. Quizás hemos aprendido que los augurios, y sobre todo aquellos referidos a lo nuestro, terminan cumpliéndose si los repites persistentemente. El teatro como la economía, también es un estado de ánimo.

Vuelven a decir que al teatro ha llegado otra vez “la cosa”. ¡Otra vez!. Heiner Müller decía que en realidad, ésta es la definición del teatro, y que además debía serlo. Argumentaba que “el teatro sólo podía funcionar como crisis y en crisis; de lo contrario, no tenía ninguna relación con la sociedad fuera del teatro”.

¿Pero quién no está cansado de oír hablar de esta sempiterna letanía?. A pesar de esta cansina aseveración, no es menos cierto que la cultura y en particular el teatro, es y será el eterno damnificado en los procesos de retroceso y de bonanza económica de un país. Es evidente que en los últimos tiempos se agudizado la situación y la percepción en este latente contexto de desamparo. Todo ello a pesar de la vigorización que determinados sectores culturales como el cine y la televisión, han experimentado en las dos décadas anteriores.

La falta de presupuestos, los vaivenes de la política cultural, el secuestro por parte de determinados grupos de poder de la información, los impagos de los ayuntamientos…, son causas más que suficientes para mínimamente justificar la situación de la profesión.

Ética

En el fondo, la bencina que alimenta “la cosa” no es sólo poco dinero y menos bolos. “La cosa” lo contamina todo y gusta de aniquilar talento y capacidad para tomar nuestras propias decisiones. Es atroz comprobar como cuanto más grande es “la cosa”, más hablamos de estadísticas y ventas, que de teatro y arte.  La indigencia cultural que habitamos, no se debe únicamente a la falta de bolsillos, talento y coyunturas desfavorables.

El mejor antídoto para estos tiempos de rapiña, se llama “etica”. Y es justamente en este contexto, donde más se echa en falta el plus de autocrítica que se le supone a la gente del sector.

Esta miseria, lo es también para la ética en el sector. Nunca vi a tantos profesionales, perder tanto ni tan rápidamente el culo por un bolo o por una palmadita en la espalda de cualquier concejal de pueblo. Y es precisamente ahora, donde todo el supuesto proceder ético acumulado a lo largo de años, debería salir en defensa de la moral y dignidad del sector. Pero, se nos escurre entre las manos.

Atrás quedó la lucha y proceso numantino contra el capitalismo y la política salvaje de algunos empresarios del sector, que cohabitaron con la indigencia moral hasta conseguir el contrato de sus vidas. Lejos quedó la defensa del proceso y producto cultural, opuesto a los que “prostituían la profesión” con las comedietas convenidas con el programador de turno. Acullá se perdió el posicionamiento de algunos líderes del sector que llamaban a la huelga y a la confrontación contra la administración que asalta los presupuestos de cultura, y que el día de algún paro general, se revuelven ante la interpelación de los que les exigimos que no ejerzan de esquiroles.

Toma cuerpo pues, la gestión arbitraria y clientelista de lo público, donde algunos de los llamados gestores privados se lanzan a esquilmar, so disculpa de una gestión compartida público-privada para optimizar y agilizar “sus business”, los escasos medios que quedan en la mesa, luego del festín de inauguraciones y prebendas pasadas. Estos son los acaban dictando las programación de los teatros de titularidad pública de su provincia o comarca, con la confabulación y lenidad de los responsables públicos de turno.

Es también en ese momento, donde los mansos y los corderos, balbucean tímidamente el “yo también existo”.

Es justamente en esta circunstancia, donde la necesidad de situar al teatro al mismo nivel que el resto de necesidades básicas de la sociedad, fuerza a algunos a ahondar más en el discurso neoliberal de la cultura. Y no hablo precisamente de políticos. Se deja de invocar al arte como generador de plataformas para expresar ideas, percepciones, emociones o sensaciones. Se habla del teatro como una cadena generadora de empleos, y consecuentemente de riqueza. Y ello hace que exhortemos a cuidar la cultura por encima de todo, ahora sí, como producto.

Es entonces cuando el discurso suelda y se derrama como veneno entre los cautivos, y se da por concluida la misión.

Ahora sí nos sentimos habilitados para poder hablar de “industria” de tú a tú con cualquier político o empresario del sector de servicios funerarios, o de la industria del envasado de la alcachofa. Ello también nos habilita para hablar de nuestra “cosa” a gran nivel. Y algunos esconden tras la mueca de dolor, su vanidad al contrastar sus números con los de la fábrica vecina. Es el tiempo de empezar a decir sin rubor, que al “Gran Liceo” le han recortado sus aportaciones en un 31% desde la temporada 2007-2008, que el despido temporal de trabajadores ante la grave situación está por llegar, que el ERE es inmiente…

Llegados a este punto, es quimérico pedir ética a los estamentos públicos, cuando nos ha faltado el mínimo de decencia en lo privado del despacho del concejal o ministro.

Industria

¿Y quién demonios sigue diciendo que somos industria?. ¿Qué es ser Industria?. ¿Creemos de verdad que la manera que tenemos de afrontar en el sector “la cosa”, es la misma que en cualquier otra industria?.

El problema de base es que el sector, es decir nosotros mismos, hemos pervertido la política cultural convirtiéndola en un gran escaparate mediático. Eso siempre gustó a los dos grandes partidos que históricamente han gobernado este país. Y por extensión, algunos con ínfulas patrioticas en su reino autonómico, hicieron lo propio.

Y eso llevó, en su vertiente más industrializadora, a entender la cultura de una peculiar manera. Como por ejemplo cuando el PP ve como una gran “oportunidad”, la subvención directa con dinero público, el preestreno de una película de James Bond, en un Palau de les Arts para que vayan concurrentes propios de Zaplana y algún amiguete de la cultura.

Y ante esto, la solución “industrial” en el teatro, es volver a las viejas fórmulas. Volver a la casposidad que históricamente ha sido un bálsamo para curar heridas y agujeros de taquilla. Porque salvo honrosas excepciones, en el teatro, y durante la pervivencia de “la cosa”, es mentira que los distintos agentes arriesguen e invente nuevas fórmulas. Casi muchos, los más, se refugian en las viejas y caducas recetas, y en los rancios modelos de relación con los poderes dominantes a costa de nuestra propia dignidad.

Y la gran “industria” que ha tomado teatros, ve en la comercialidad de unos actores mediáticos de cualquier serie televisiva, y de una comedia “moderna” pero convencional, el linimento vigorizante a sus inquietas arcas. Reír por no llorar. Reír para postergar y ocultar la realidad. Reír para no dejarnos enredar por un país ensombrecido. ¿A quien se le ocurriría hablar de Brecht o Max Aub en este momento?.

Y en este proceso, la llamada “industria”, en un alarde de eclecticismo de tienda de chinos, descubren el secreto de programar un poco de todo. Y la gran cartelera de cualquier “Gran Vía”, se llena de música, teatro clásico, contemporáneo, danza, musicales… Es lo mismo que antaño hacían los teleclubs en los pueblos más alejados de las ciudades.

Pero mientras algunos, y digo algunos, juegan a la “industria”, durante la pervivencia de “la cosa” la realidad es bien distinta. Tener cuatro actores en el elenco, nos eleva a la categoría de superproducción, y las complejidades escenográficas son una funesta visión. Vuelta al teatro de tresillo.

La “industria” se olvida de las compañías de pequeño y mediano formato, que también necesitan el apoyo de las instituciones, y de su público, al que deciden no depredar para que sigua alimentando otras funciones.

La “industria” en connivencia con las alimañas que están al frente de algunas instituciones, se hacen dueñas también de aquel discurso que refuerzan la teoría, de que los tiempos de los cachés en teatros pasaron a la historia. La mejor solución a la que se agarran, es una suerte de Fifty Fifty entre taquilla y algo parecido a medio caché, que en ningún caso cubre la dignidad de una producción. Es decir, volver a la gorra, los “perrosflauta” de la profesión.

Y son esos mismos, a los que algunos consideran los nuestros, los que se alinean a las posiciones del despreciable Wert, ministro de Cultura el cual afirma: “Puede que los músicos deban cobrar menos por la crisis”.

Ellos son los que pagan limosnas a los trabajadores del sector y los que no respetan los mínimos acuerdos que dignifican la profesión. Son los que fomentan que trabajes toda tu vida y que sólo tengas un par de años cotizados. Son los que te dan de alta y te descuenta el coste de la Seguridad Social del sueldo. Son los que pagan en negro, sisándote así esta­bi­li­dad y reco­no­ci­miento alguno.

La “industria” de verdad, aunque sea por interés propio, no desdeña a ninguno de suyos, porque en el fondo siempre son materia de contabilidad. ¿Todavía alguien sigue pensando que hay una “industria” cultural-teatral en este país?. En este país, lo más que se asemeja a Industria en materia cultural, son las áreas arqueológicas, que dejan buenos ingresos. Lo demás es silencio, recordando a Celaya.

Remate

Somos hijos de la pasión y el esfuerzo. Y por nuestro carácter artístico y social, hijos de la ética y la moral. Si no tenemos proceder adecuado, somos más débiles. Y si somos más débiles somos carnaza, merienda para que nos devore “la cosa” que nunca se fue o quizás nunca estuvo.

Cómo demontre seguimos manteniendo que el teatro está en crisis. ¡Lo que está en crisis es el negocio de unos cuantos!. Mientras, la profesión y el público… ¡A pagar la crisis!

Es hora ya de dejar de debatir sobre si llegaremos a final de temporada, y debatamos más sobre propuestas de combate y sueños. Según el propio Jean-Frédéric Chevallier, en nuestro lenguaje cotidiano siempre hubo que convivir con la crisis del drama (el modelo hegeliano); con la crisis de la dramaturgia (el texto dramático); con la crisis del personaje (el dramatis personae); con la crisis de la acción (la macro-acción lineal cuyo clímax es el conflicto); con la crisis del sentido (del destino de la acción dramática), con la crisis de la representación (del drama en su conjunto).

Hay que empeñarse en hacer desaparecer un único modelo de producción cultural. Del mismo modo que queda claro que para el teatro es muy difícil sobrevivir sin subvenciones y sin una política teatral clara, será imposible sobrevivir con una ética de subsistencia.

Ya sé que es una quimera, pero ¿y si nadie hiciera teatro?

Nacho Cabrera

Este artículo fue publicado en la revista ADE TEATRO, nº 141

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Acerca de teatrolarepublica

Director de Teatro.

Publicado el 14/09/2012 en Blog. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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