Così fan Tutte – Un cruce de caminos, el primer casting

Arte es sinónimo de casting. Es un proceso natural donde la selva te pone de su lado, o por el contrario te deja desvalido ante las alimañas que poblamos la mesa que se levanta frente al artista examinado. Lee el resto de esta entrada

Così fan Tutte – Después de la Lluvia, la Tormenta

Y Rafa se fue a Udine…. Y en las frías noches de la bella ciudad italiana, pero siempre al calor del maestro Pelucci, el primer hervor de la ilusión, propició que el gigantismo de un Cosí fan tutte por parir. Ya por sólo por ello, merecía la pena. De a poco, su incipiente vida de Erasmus también nos regaló conocimiento al resto.

Y como el testigo que porta el velocista, que se sabe inútil si no pasa de mano en mano, el proyecto cayó en box mail de Judith. Y en la calurosa séptima planta del Conservatorio, me asestó una certera punzada a la glándula del «no hay güevos». Diez minutos despúes, entrabamos en el despacho de nuestro Jefe de Estudios al que no es difícil de convencer, es un hombre de retos. A mismo tiempo, el director de nuestro centro levantó el teléfono y al otro lado el Pérez Galdós, teatro mítico de la ciudad, dijo sí. Lee el resto de esta entrada

La noche de los cuchillos largos

La noche de los cuchillos largos
Heiner Müller

A. Y cuando la noche se hizo día por el incendio del Reichstag
Apareció mi hermano en la puerta y no le di la mano.
B. Yo soy tu hermano.
A. Lo eres tú.
Y si lo fueras, por qué te apareces
Ante mi cara con manos rojas
De sangre de los nuestros. Estarías tres veces muerto.
B. Eso quiero, hermano, por eso estoy aquí.
A. Me llamas hermano. Y ya no lo soy.
Entre nosotros pasa un cuchillo llamado traición
Y eres tú quien lo ha forjado.
B. Y lo soy y mi mano está roja
Dame lo que te pido, mi muerte.
A. Dijo mi hermano el que ya no lo era
Sino una mancha y un peligro.
Ellos lo habían torturado en sus sótanos
Y andaba ahora en camisa parda y comía de sus platos.
En sus manos las heridas estaban frescas
Ahora su revó1ver estaba sobre la mesa.
Hazlo tú mismo.
B. Si pudiera, hermano, lo haría.
Ya no soy el que era.
A. Qué me importa.
B. Somos de la misma madre.
A. Arrástrate de retorno.
B. Mi puesto estaba junto al tuyo en la fábrica.
A. Ojalá el alambre de acero te hubiese destrozado.
Debí saber en qué te convertirías.
B. También estuve en la huelga general
En la Puerta de Brandemburgo entre gritos de viva
Con la verdad bajo el brazo estuve contigo.
A. Tu camisa es parda, esa es la verdad ahora y aquí.
B. La verdad ahora y aquí. Quieres leerla.
Por tres semanas he sido papel
Sobre el que tu enemigo y el mío escribió su verdad
Se quita la camisa parda. En su pecho una cruz gamada aún fresca. )
Y lo que de tu hermano quedó
Es el traidor.
A. Qué estás esperando.
Haz tu trabajo, hermano. Luego mira
Cómo me desuellan, y con buenas razones.
Sea como sea, no seré vuestro perro.
B. Debo acaso decirte cómo se convierte a un hombre en un perro.
A. Lo veo en ti: has llegado lejos.
Métete en tu pellejo, perro, afuera ladra la plebe
Y arranca de un mordisco tu parte del botín.

Pausa. Ruido de la cuidad.

B. No abrí la boca en las celdas de la Gestapo.
Al salir no era más claro el día.
Vosotros pasábais a mi lado ajenos
Mi sangre aún no se había secado en mi camisa.
Por vosotros había doblado el lomo, ahora
Para mí solo quedaba el basurero y estaba ocupado.
Durante la segunda función tras tres semanas de pausa
Me sentía en la celda casi como en casa.
El apretón de manos sustituido por la patada.
Cuando alguien saltaba la cogían conmigo.
Como si yo fuera el chivato.
Ahora cómprate algo para tu honor de proletario.
(Se pone la camisa parda.) 
Mi compra fue, donde hay un perro hay un pellejo
La camisa parda, el carrusel se mueve a la derecha
Y las botas se sienten, no estás solo
Levantas la cachiporra y los otros gritan.
Eso era todo. Miré al fondo de mí.
La Noche de los Cuchillos Largos pregunta quién a quién.
Yo soy uno y soy el otro.
Hay uno de más. Quién arrastra a quién.
Toma el revólver, haz lo que yo no puedo
Dejar de ser un perro y ser tan rolo un hombre muerto.
A. Y mientras los nuestros gritaban en las celdas
Los Cuchillos Largos andaban cortando por Berlín
Mataba al traidor, mi hermano, yo.

Erwin Piscator (1893-1966)

El director no puede ser un mero criado de la obra, pues la obra no es algo rígido y definitivo, sino, una vez puesta en el mundo, crece con el tiempo, se cubre de pátina y asimila nuevos contenidos de conciencia. Así crece para el director la tarea de hallar aquel punto de vista desde el que pueda descubrir las raíces de la creación dramática. Este punto de vista no puede ser sofisticado ni elegido caprichosamente; sólo mientras el director se sienta como servidor y exponente de su época, logrará fijar un punto de vista que comparte con las fuerzas más decisivas que constituyen la esencia de la época.
En su época de esplendor, el teatro era algo muy profundamente ligado con el pueblo y hoy, en que la dilatada masa del pueblo quiere intervenir en la vida política y llenar la forma del Estado con su contenido, el destino del teatro, si no quiere verse reducido a un asunto precioso para los quinientos elegidos, ha de estar ligado, en la prosperidad como en la ruina, con las necesidades, exigencias y dolores de esta masa. En último término, no tiene ningún otro cometido que hacer consciente a los hombres que afluyen al teatro todo lo que aún dormita más o menos turbio y confuso, en su inconsciencia.
…. No quiero faltar a la humildad diciendo que uno de los efectos de mi teatro ha sido el de hacer surgir una coyuntura para la dramaturgia revolucionaria. De repente, después del año del Teatro Piscator, se convirtió el teatro de época, esto es, la dramática actual, de simple matiz social, en un artículo de primera necesidad sin el cual ya no creía poder salir adelante ningún buen teatro. Se había creado una necesidad y la producción se apresuraba a llenarla. Y aunque este movimiento dramático no ha producido todavía Apoetas@, ha dado en cambio oportunistas. Pero ese fenómeno no tiene nada que ver con el lento crecimiento de una auténtica dramaturgia revolucionaria. Estos mismos señores trabajarán mañana sobre la psicología individual o sobre el romanticismo, según la necesidad…
Influjos que no deben permitirse.
…Las discusiones de mis críticos y el juicio del público han concedido demasiado espacio a la unión de dos formas artísticas totalmente opuestas: el teatro y el cine. A mí mismo no me parecía este momento tan importante. Rechazada bruscamente por unos, celebrada exageradamente por otros, esta cuestión ha sido muy rara vez valorada con justeza.

… Ni ha llegado a mi conocimiento que los rusos hayan empleado nunca el cine funcionalmente, como lo he hecho yo. Por lo demás, la cuestión de la prioridad no tiene la menor trascendencia. Esto sólo vendría a demostrar que no se trataba de una filigrana técnica, sino de una forma de teatro tomada en su nacimiento y basada en una concepción común de la vida: la del materialismo histórico. Qué era lo que a mí más me importaba en todo mi trabajo. No era tan sólo propagar una determinada concepción de la vida valiéndome de formas de cliché y tesis de anuncio callejero, sino probar que esta concepción de la vida, y todo lo que se desprende de ella, es la única valedera en este tiempo.

…No es mera casualidad que en todas las obras el asunto se convierta en protagonista. De él resulta la necesidad, el determinismo de la vida, que prestan al destino individual su más alto sentido. Para esto me valí de medios que ponían de manifiesto la acción recíproca de los grandes factores sobrehumanos y el individuo o la clase.

… Como escenario fundamental hice construir un practicable, una construcción en forma de terraza, de piezas irregulares, con una rampa a un lado y por el otro escaleras y descansillos, instalada toda ella sobre la plataforma del escenario. En sus terrazas, nichos y corredores, dispuse los diferentes escenarios. Con lo cual se consiguió una unidad de construcción escénica, un desenvolvimiento incesante de la obra como en un único río arrollador.
(Sobre A pesar de todo) El drama documental.

… Ambos el teatro revolucionario profesionaly el teatro revolucionario de aficionados, se encaminan, en su tendencia, al teatro cultural proletario, al teatro que -una vez cumplidas las condiciones políticas y económicas necesarias- será la forma dramática de manifestación de la vida cultural de la comunidad socialista.

Por el contrario, me parece un gran error que esos grupos empiecen a hacer teatrocon medios técnicos y dramáticos insuficientes; esto es, que comiencen a adaptar a sus posibilidades una dramaturgia reducida hoy a problemas individuales y sicologiquerias, además de estar estas nacidas de las condiciones del teatro burgués moderno. Esto equivale, sencillamente, a volver a andar, en sentido contrario, el mismo camino que yo he andado, y cuyas experiencias no deben ser de utilidad para mí sólo.

… Toda la originalidad de una obra primitiva con todas sus deficiencias, pero también con todo el brío de lo no gastado. Esto es lo que yo quisiera conservar del llamadoteatro revolucionario profesional. Detesto con toda mi alma la estúpida rutina en la labor, lo profesional, lo entumecido.

… Lo esencial sigue siendo el fin: mediante la mejor producción la más intensa propaganda. Y si hay algo que yo me cuente como mérito es haber puesto al teatro como aparato total, como factor, al servicio del movimiento revolucionario y el haberlo transformado con arreglo a los fines de éste. Resultando a la vez, la apertura de nuevas posibilidades en el campo puramente teatral.
El teatro proletario de aficionados.

… En Balanceo, se dio a las proyecciones una nueva conformación. Su función aquí era proporcionar el ambiente, los grandes acontecimientos sociales y políticos, por medio de dibujos de George Grosz. La acción se desarrollaba en un espacio rodeado por tres grandes pantallas, sobre las cuales se proyectaban los cuadros correspondientes a cada escena…

…También en la travesía de Balanceo en alta marempleé la película, no sólo como ilustración, sino para interpretar plásticamente las calenturientas fantasías rimbaudianas.

En todo este periodo fue de verdadero valor para mí la gran atención que le dediqué al trabajo con los actores…

…Poco a poco nacía de ellos, gracias a la especial colaboración que exigían mis representaciones, una comunidad humano-artística y, en cierto sentido, política…

… Con el tiempo, mis representaciones acabaron por dar a los actores algo así como un nuevo estilo, duro, certero, sin sentimentalismo. A la par de esto, se abrió paso una nueva concepción del cometido del actor respecto a su papel. Acabar de una vez con los recargamientos y los bosquejos superficiales de caracteres, pero acabar también al mismo tiempo, con la caracterización nimia que quiere pintar hasta las últimas ramificaciones anímicas, tal como había sido cuidada, principalmente, por Kayssler. Si tuviera que designar a este estilo de alguna manera, lo llamaría, en primer lugar, neorrealista (sin confundirlo con el naturalista del último decenio del siglo pasado). No se puede separar al actor del estilo total de la representación, de la concepción general del teatro ni de la concepción de la vida que informa a este. En Rusia, el actor de teatro de Meyerhold no puede trabajar en el teatro de Tairov ni en de Stanislavski. Diferencia tan grande como la del estilo de los diversos teatros -en sus temas, obras y autores- es también, por otra parte, la que separa las diversas generaciones. Nuestra generación se ha colocado con plena conciencia en oposición a la sobrevalorización del sentimiento. No hay que decir que una transformación tal como la de la función del actor no se verifica de la noche a la mañana. Nunca le he dedicado menos tiempo a ella que a la técnica, al hacerse más clara y ligera, más franca, la construcción escénica -madera, tela, acero- , la función del actor ha de hacerse también franca, sincera, dura, sobria. ¿A qué se debe el gran efecto que produce un niño o un animal en el ojo agrandado del cine? A la naturalidad del movimiento y del gesto, que sobrepuja a lo teatral incluso de los mejores actores. Como es natural, no queremos una naturalidad de oficio, sino una labor tan meditada, científica o espiritual, que reproduzca la naturalidad en un plano superior, sin que los medios para lograrlos hayan de ser casuales ni impensados, como no lo es, por ejemplo, la arquitectura del escenario. Cada palabra debe ser a la obra como el centro a la periferia del círculo. Lo que equivale a decir que en la escena todo es calculable, todo se articula orgánicamente. Por lo cual, para mí, atento sólo al total de mi obra tendenciosa, el actor se convierte, en primer término, en una función, ni más ni menos que la luz, el color, la música, la construcción, el texto. La cumple mejor o peor, según sean sus dotes. En todo caso, yo no trastorno, en gracia a él, el fin del teatro.

Hay que reconocer que el valor personal de un actor es un valor independiente de la función en sí, un elemento estético propio. Cuando aparece este valor propio, por sí solo, como medio estético excitante, nosotros no podemos utilizarlo (como es incompatible una hermosa mesa rococó con una vivienda sobria). No se trata aquí de exaltar el aspecto humano e individual del actor desarrollando sus buenas aptitudes escénicas, sino de aprovechar sus cualidades humanas inspirándose en la función político-artística de su arte. Representar, con buenos actores, buen teatro…: una perogrullada. Todos, teniendo buenas dotes, deben poder hacerlo; si no, deben dedicarse a otra cosa. Pero -y aquí está lo que yo, como especialista, considero decisivo- el actor consciente de su función crece a la par de ella, recibe su estilo de ella. Para producir su efecto, ya no tiene la necesidad de la inspiración casual, del arabesco recargado…: no tiene más que representar (ingenuo y en el más alto sentido) su propia sustancia anímica y corpórea.

… En realidad, he sido siempre un regisseur de actores, aunque en un sentido completamente diferente del que ha solido dar a esta frase la crítica hasta el momento presente. Veo en la función del actor una parte de la ciencia que trata de la meditada estructura del teatro, de lo pedagógico. Nosotros, en oposición a la danza artística, a la commedia dell arte, tal y como se sigue cultivando hasta hoy, aunque transformada, adoptamos como punto de partida la función constructiva del pensamiento.
El oficio.

… Nosotros no podemos sacar a la escena impulsos ideales, éticos ni morales, cuando los verdaderos resortes de la acción dramática son políticos, económicos y sociales. Quien no quiera o no pueda reconocer esto, no ve la realidad. Ni son, a su vez, otros impulsos los que el teatro actual ha de transmitir al mundo exterior si quiere ser realmente representativo de nuestra generación.
No es mera casualidad que en una época cuyas creaciones técnicas se destacan como gigantesca torre sobre todas las demás producciones se dé una tecnificación en la escena. Y menos lo es aún que esa tecnificación reciba su impulso precisamente de una parte que se encuentra en contradicción con el orden social actual. Las revoluciones espirituales y sociales han estado estrechamente ligadas a las revoluciones técnicas. Ni tampoco podría imaginarse el cambio de la función de la escena sin una renovación técnica del aparato escénico. A mí me parecería como si se tratara de renovar algo caduco desde hacía mucho tiempo. Al comienzo del s. XX, hasta que se instalaron la plataforma giratoria y la luz eléctrica, la escena se encontraba todavía en el mismo estado en que la había dejado Shakespeare: una sección cuadrangular, un titirimundi por el cual podía el espectador echar la consabida mirada prohibida a un mundo extraño. Esa separación, ese muro de cristal entre escena y espectadores, ha dado su cuño a la dramática internacional durante tres siglos. Era una a manera de dramática. Durante tres siglos, el teatro ha vivido de la ficción de que en el teatro no se encontraba ningún espectador. Incluso aquellas obras que han sido revolucionarias para su época, se han tenido que doblegar a esta opresión. ¡Tener que doblegarse! ¿Por qué? Porque el teatro como institución, como aparato, como edificio, no se había encontrado nunca, hasta el año 1917, en poder de la clase oprimida, y porque ésta no había estado nunca hasta entonces en situación de liberar su teatro, no sólo espiritual, sino también estructuralmente. Al conquistar el teatro, yo tenía que andar necesariamente caminos parecidos, que, en nuestras circunstancias, no conducían, sin duda, ni a la elevación del teatro en general ni -al menos hasta hoy- al cambio de la arquitectura teatral, pero sí a una radical transformación del aparato escénico, lo cual, en su significación total, equivalía casi a romper la vieja forma de cajón del escenario. Estas aspiraciones mías de abolir la forma burguesa del teatro, sustituyéndola por otra capaz de introducir al espectador en el teatro, no ya como ficción sino como fuerza viva, van creciendo desde el Teatro del Proletariado hastaTormenta sobre Gottlandia, alimentadas de diversas fuentes. A esta tendencia, política en su origen, como es natural, se dirigen todos los medios técnicos. Y si todavía hoy producen estos medios un efecto impuro, forzado, exagerado, es tan sólo a causa de su contradicción con un edificio que no los había previsto.

… Pero también la sala de espectadores planteaba problemas de no menor importancia ideológica y material. No es indiferente para la representación la manera de agruparse los espectadores, si han de estar divididos por gradas y palcos o si se les ha de distribuir buscando una perfecta unidad…
Nacimiento del Teatro Piscator.
 Significación de la técnica.

El proyecto de formar un estudio en el Teatro Piscator nació del convencimiento de que el estilo de un nuevo teatro había de ser, necesariamente, resultado de un proceso en el cual intervenían por igual el autor y el actor, el técnico y el músico… Nacimiento del Teatro Piscator. El estudio.

 A la par del trabajo dramático debía llevarse a cabo la composición del libreto del director. Ya al elegir y distribuir los lugares de la acción, Toller venía a presentar en esta obra un corte transversal de la sociedad con sus diversas capas. Y así tenía que crearse una forma de escenario que precisara y expresara plásticamente este pensamiento: un armazón con diversos pisos, con muchos y diversos escenarios superpuestos y contiguos, que diera una impresión plástica del orden social. Según el proyecto, este armazón escénico debía aparecer ante el espectador como una gigantesca pantalla por la cual corriera la introducción cinematográfica. En el momento en que este prólogo cinematográfico desemboca en la escena dramática, debía abrirse, en el lugar respectivo (cárceles que pasan por la película para desembocar en la celda de la primera escena), el escenario cuadrado correspondiente. Es decir, una perfecta unión de película y teatro.

El encuentro con nuestra época. Sobre ¡Eh, que bien vivimos!

Se ha dicho con frecuencia, en tono de reproche, que no soy un regisseur de actores. Ahora bien: tan sólo puedo desvirtuar este reproche con mi labor, y acaso con el juicio de los actores con los que he trabajado.

En realidad, lo que la crítica encuentra defectuoso en mis representaciones, en cuanto a la labor de los actores, es la discrepancia entre el estilo de los actores de la generación actual y la nueva e insólita estructura escénica en que yo los coloco. No hay que decir que el actor acostumbrado a representar entre las decoraciones fijas del viejo escenario burgués ha de tardar bastante en encontrar el estilo adecuado a mi aparato escénico. Es cuestión de muchos años de educación, formación y experiencia. Al actor acostumbrado al escenario burgués, mi aparato le parece, al pronto, un artefacto extraño y aún hostil. Se siente perdido en las gigantescas instalaciones mecánicas, que le dejan poca calma para desplegar una labor personal brillante. Le cuesta un gran trabajo acostumbrarse a la precisión rigurosa a que le obliga la película. Y de todo punto imposible ha de parecerle dialogar montado en las bandas sin fin. Pero todo esto no es más que al principio. Una vez que ha adaptado su vida a este mundo siente que esta escena viene en su ayuda, que le apoya a lo largo de todo su papel, incorporándolo -en todo su valor- a la representación total. Lo más ridículo es sostener que el actor no puede trabajar bien delante de la imagen cinematográfica, que la falta de relieve de la pantalla contradice su trabajo plástico. Esta teoría se ha convertido ya en una antigualla; no he comprendido nunca en qué se diferencia la falta de relieve de la pantalla de la falta de relieve de los bastidores o de las perspectivas, pintados a la antigua. Por el contrario, siempre he comprobado que el hombre vivo se incorpora con mucha más vida e interés a la imagen viva del cine. Y si hoy se encuentra aún alguna discordancia se debe, como hemos dicho, a que el estilo del actor no está todavía elaborado para el nuevo aparato escénico.

El encuentro con nuestra época. De los actores.

La película didáctica presenta realidades objetivas, tanto actuales como históricas. Instruye al espectador acerca del asunto. A nadie se le puede exigir que esté al tanto de la genealogía de Nicolás II, de la historia del zarismo…

La película didáctica amplía el asunto dramático en el espacio y en el tiempo… El espectador no debía valuar al zar como una aparición casual. Por ello comencé la obra Rasputín con aquella lección elemental de historia, con los retratos de los zares acompañados de las correspondientes notas en el calendario: Muere de repente, Muere loco, Termina suicidándose…

…La película dramática engrana en el desarrollo de la acción. Es sustitutivo de escenas. Allí donde la escena derrocha tiempo en aclaraciones, diálogos o sucesos, el cine aclara la situación con un par de imágenes rápidas. Lo estrictamente necesario: las tropas se amotinan… fusiles lanzados al aire…; la revolución ha estallado… una bandera roja en un automóvil veloz, etc. … La película corre entre las escenas o entra en las escenas (simultáneo) proyectada sobre los velos de gasa tendidos entre escenario y público…

La película comentario acompaña la acción a modo de coro. Se dirige directamente al espectador, le habla… Llama la atención del espectador sobre los cambios importantes de la acción. Critica, acusa, aporta documentos valiosos; a veces agita directamente…
El escenario esférico segmentario. La función de la película.

El teatro actual, tal y como yo lo concibo, y lo ofrezco al público, no se puede limitar a producir un efecto puramente artístico, es decir, estético, explotando el sentimentalismo del espectador. Su cometido es engranar activamente en la marcha de los acontecimientos de su época. Y sólo puede cumplir ese cometido mostrando la historia en su verdadero curso. En esto, el teatro no puede reconocer frontera alguna.

… Sin embargo, el cometido del teatro actual no se reduce a presentar los acontecimientos históricos considerados en sí mismos. Tendrá que sacar de estos acontecimientos enseñanzas para el presente, tendrá que precaver a nuestra época, poniendo de manifiesto la íntima dependencia de los fenómenos políticos y sociales, e intentará, en la medida de sus fuerzas, intervenir en la marcha del desenvolvimiento social. Nosotros no concebimos el teatro tan sólo como el espejo de una época, sino como un medio de transformar esa época.

El escenario esférico segmentario. El eco de Rasputín. El proceso.

… Permítame llevarlo a este teatro para que participe de lo que podría llamar una lección introductoria en actuación. Me sentaré en la luneta del director que siempre utilizo en los ensayos. Generalmente se encuentra en el medio del público. Siéntese ahora a mi lado. No me considere como un director, sino como un mero espectador: el hombre para el cual va usted a actuar. Dígame cuales son sus esperanzas y ambiciones. Describa la composición de este público para el cual actúa. ¿Es el mismo de cien años atrás? ¿Qué es lo que caracteriza este año, o lo que suponemos que lo caracteriza esta noche?

Cuando me haya explicado todo esto, suba lentamente al escenario. Al caminar mire atentamente a su alrededor, esté consciente de su ascenso. No interrumpa su conversación. Diga algo, cualquier cosa. Hable de la noche, de la obra, del tiempo. ¿Percibe la elevación gradual que ha sufrido su personalidad? Sí, en verdad, se ha alejado de mí. Usted y yo somos los dos polos dentro de este teatro, la única pareja por el momento. No pierda el contacto conmigo, porque bien pronto seremos tres: usted, yo y un tercer miembro imaginario que se encuentra en el centro del escenario.

Ya ha llegado. Diríjase al punto clave del escenario. ¿Dónde se encuentra? ¿A la derecha, a la izquierda, en el centro? ¿Dónde se siente usted capaz de ejercer mayor influencia? Vaya al lugar donde se sienta superior a mí.

Concentre toda su atención en mí. No olvide que tiene que convencerme, no sólo de su presencia, sino también de su existencia. Desde luego me puede volver la espalda, pero no olvide que siempre estaré allí y que sólo podremos triunfar formando un todo. El teatro no existe sin un público. Quienquiera que le haya dicho que es posible aislarse detrás de una imaginaria cuarta pared lo ha engañado. Yo soy parte del alegato -la obra teatral- que va a presentar y defender activamente, y los participaremos con el mismo interés y la misma pasión. Mientras más real, más convincente sea su actuación, más sólido será su alegato -el actor persuadiendo al público- y mayor será el servicio prestado al arte de la actuación.

Haga lo que haga, su atención debe dirigirse constantemente hacía el centro del teatro: hacía mí. Sé que esto puede resultar algo confuso porque siempre se le ha enseñado que el centro de la atención está en el medio del escenario. ¿Recuerda esa encantadora anécdota que contaba Stanislavski? Sus estudiantes no podían librarse del miedo escénico: así que subió al escenario y simuló que a uno de ellos se le había perdido el tacón del zapato. Inmediatamente todo el mundo se ocupó de sus zapatos, y la realidad que introdujo le ayudó a perder el miedo escénico. Este recurso fue eficaz para que se olvidaran del público y perdieran el temor que todo joven actor experimenta.

¿Cree usted que tal recurso es necesario? Creo que tales recursos no se avienen al teatro y, como todos ellos, no son absolutamente honestos. Tendrá que hacer un gran esfuerzo para convencerme de la cuarta pared y de la filosofía del como si fuera, la cual se supone que induce al espectador a creer totalmente en su sinceridad y aceptarlo como completamente natural. ¿Acaso somos completamente naturales en la escena? Para empezar ¿no hablamos mucho más alto que en la vida real, aunque estemos solos en un cuarto sobre el escenario? Si prácticamente puede tocar a su compañero, ¿por qué le grita al confesarle sus sentimientos más íntimos? Piense en todas las posturas extrañas que asume. ¿No trata constantemente de evitar el ocultarse al público y a la vez de no ocultar a su compañero? ¿Realmente cree que en el árbol pintado que está detrás de usted, o en la mortífera descarga de la pistola que esgrime contra otro ser humano? ¿por qué esta simulación si cree realmente que está solo sobre el escenario, encerrado entre cuatro paredes, y que no existe un público al que hay que convencer? No es cierto que el foco de atención esté en medio del escenario. Ya que usted está actuando para un público, el punto focal de su atención debe dirigirse al centro de éste. Usted lo sabe y también lo sabe el público. Si reconoce esto, podemos pasar al punto siguiente.

Usted tiene una misión. Su misión es entretenerme y a la vez enseñarme. Mi curiosidad crece con el interés que usted despierte en mí, e igualmente intensifica mi deseo de aprender no sólo sobre usted, sino también sobre el mundo maravilloso en el cual me introduce.

No se engañe en pensar que puede excluirme. Puedo ser su amigo o su enemigo, pero en ningún caso dejo de existir. Si en dos horas de actuación usted me puede convertir en su alumno, habrá triunfado.

Siempre me ha sido embarazoso ver la mirada de un actor vagar sobre las cabezas del público como si no existieran. Incluso me avergüenza semejante conducta porque me parece humillante para el actor. Pierde el contacto con el público y se sitúa en una posición falsa e inferior. Vea como la situación cambia inmediatamente cuando mira directamente al público. Toda escena parece revivir. Esa mirada establece un vínculo vital entre el actor y el público, y le da una mayor realidad a la acción.

Una palabra respecto a la realidad de la acción… Hay diferentes métodos para crear la realidad en el teatro. La actuación subjetiva y la objetiva son dos métodos de crear un personaje auténtico en la escena.

El teatro épico requería, desde luego, un nuevo actor. Ya no podía utilizar por más tiempo el clásico actor declamatorio, enamorado de su propia voz y sólo interesado en cómo decía las cosas y no en lo que decía. Tampoco podía aceptar al actor chejoviano que se hipnotizaba detrás de la cuarta pared. Según Brecht, ya Stanislavski había perdido su vigencia, y necesitábamos a un nuevo tipo de actuación que distanciara los hechos que se presentaban en la escena del espectador, y que forzara al público a asumir una actitud incisiva y crítica hacia la obra. Brecht tenía razón cuando pedía que la acción confronte al público y no lo envuelva por medio de la empatía. Pero Brecht formuló su concepto de distanciamiento basándose en los teatros clásicos orientales, y con ello lo romantizó. Yo estaba de acuerdo con que la idea del distanciamiento apela a nuestra inteligencia y nos enfrenta más directamente a los hechos. Pero quería, sin embargo, aprehender a todo el ser humano. Sólo separaría la inteligencia y la emoción para poderlas unir de nuevo a un nivel más alto. Si queremos un público inteligente, para el cual el teatro sea más que un entretenimiento, tenemos que destruir la cuarta pared. No queremos que el actor moderno improvise sus emociones detrás de la cuarta pared, sino que nos comente sus emociones, que interprete no sólo un resultado, sino el pensamiento que lo ha creado. Queremos ver las raíces y no sólo el fruto, la semilla y no sólo la planta. Para lograr esto, el actor moderno necesita un control superior para que sus propias emociones no lo envuelvan. Necesita lo que yo he llamado la nueva objetividad.

… Pero le veo vacilante, temeroso y un poco abatido. Creo saber la razón. Desea preguntarme acerca del hechizo, del misterio, de la atmósfera, de la ilusión y el trance que hacen del teatro ese cofre mágico que es el deleite del actor. ¿Deberíamos descartar todo eso, al pedirle al actor moderno que trate de alcanzar la objetividad? ¿Debería abandonar su vida subjetiva que lo convierte en una parte emocional fundamental de los hechos? No, ¡de ninguna manera! Mientras más objetivo sea, mayor oportunidad tendrá de alcanzar la forma personal (subjetiva)… La actuación subjetiva y objetiva combinadas producen la interpretación de la más alta calidad…
La actuación objetiva.

Teatro político, Erwin Piscator. Ed. Ayuso, 1976

Max Aub: Cultura y política

Compañeros: Yo he venido al socialismo porque es el único Partido hoy en España que ofrece la posibilidad de un mundo mejor.

La actividad cultural de Max Aub a lo largo de su vida está determinada, desde nuestro punto de vista, por varias cuestiones que nos remiten al perfil del «intelectual comprometido» de los años treinta.

Nos referimos, claro está, a la posición política que adoptaron muchos artistas y escritores progresistas tras la Primera Guerra Mundial (1914-1917), la Revolución rusa (1917) y el ascenso de las ideas fascistas al poder en Italia y Alemania, una actitud que se hizo patente, entre otras actividades de la época, con la fundación de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (1932) y los diversos congresos internacionales de Escritores para la Defensa de la Cultura celebrados en París (1935) y Valencia (1937).

Aunque al hablar de los vínculos de Max Aub con las artes siempre se argumenta su relación con el mundo de las imprentas, las vanguardias artísticas de los años 30 y la gestión artística durante la guerra, se obvian a menudo algunas decisiones políticas tomadas en su juventud que lo vinculan estrechamente con una militancia socialista, una actitud de diálogo con las opciones culturales del marxismo de la época y un compromiso directo con la política cultural republicana.

Esta perspectiva liberal que se da ahora de Max Aub oculta el perfil de intelectual de izquierdas que le definió a lo largo de su juventud, la guerra civil y el exilio.

Al referirnos a las relaciones entre arte y política en la vida y obra de Max Aub, nos ha parecido oportuno señalar algunas experiencias que definieron el compromiso político de este autor.

El compromiso del escritor (1931-39)
La actitud política de Max Aub durante su etapa española se entronca, desde nuestro punto de vista, dentro de las inquietudes de los intelectuales del primer tercio del siglo xx y su posicionamiento entre el socialismo y el fascismo. Desde las inquietudes propias de la juventud progresista de la época próxima a las ideas anarquistas, socialistas y comunistas, Max Aub opta por la militancia socialista, el diálogo con la intelectualidad marxista del periodo y la defensa de las ideas republicanas.

Resulta curioso que en los perfiles biográficos de la etapa española de Max Aub (1914-39) se silencie a menudo la relación estrecha que mantuvo con Josep Renau, cuyos vínculos intelectuales, políticos y artísticos les hicieron compartir actividades en la revista marxista Nueva Cultura (Valencia, 1935-37), militancia en la Alianza de Intelectuales en Defensa de la Cultura (1936-39) y la organización del pabellón de la República española en París (1937).

Amigo personal de Josep Renau en Valencia, colaborador literario de la revista Nueva Cultura y co-director un breve tiempo de Verdad (Valencia, 1936), diario de unificación del PSOE y el PC al inicio de la guerra, el perfil de la amistad Aub-Renau se inscribe dentro de las relaciones que intelectuales socialistas y comunistas entablaron durante la guerra civil española y continuaron en el antifranquismo desde el exilio. En ese sentido, como destaca Manuel Aznar en una ponencia sobre este escritor: «Está claro que Max Aub nunca simpatizó con el comunismo, pero también es verdad que, a pesar de malentendidos e incomprensiones, nunca practicó tampoco el anticomunismo».

Sin embargo, esta buena relación entre Aub y Renau se truncaría un tiempo tras la publicación del cuento «Librada» en la revista Sala de espera y el ataque feroz que la revista comunista Nuestro tiempo le dedicaría a Max Aub.

Pese a este percance, las convicciones antifranquintas vencieron a veces las diferencias ideológicas que existieron entre los socialistas y los comunistas españoles del exilio. Esa actitud bastante ecuánime de Max Aub es la que le valió que, en 1980, Josep Renau lo recordara de esta manera: «Él era pues un gran español y más que un español era un valenciano, inserto en todos los problemas que teníamos en España (…) En todo caso, no me parece que esto signifique ser político, es simplemente el compromiso del intelectual».

Alianza de intelectuales para la defensa de la cultura
La actividad de Max Aub en la Alianza de Intelectuales para Defensa de la Cultura (1936-1939) es una de las experiencias políticas del autor en la que habría que profundizar para conocer su evolución ideológica.
Max Aub se inscribió en esa organización antifascista en Madrid, en 1936, es decir, a inicios de la guerra civil española; tenía el carnet número tres de la sección de literatura y constaba como domiciliado en la capital valenciana.

La actividad principal realizada por Max Aub en esa organización y su entorno se desarrolla a través de las representaciones de algunas piezas teatrales de guerra; en algunas tareas relacionas con la organización del Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura y como colaborador de la revista Hora de España (1937-1938) que dirigía el poeta Antonio Machado.

Sea cual fuere la actividad puntual de Max Aub en dicha organización, las labores culturales que desarrolló a lo largo de la guerra como comisionado en la Embajada de España en Francia (1936-1937), en el Consejo Central del Teatro (1938) y con André Malraux en la película Sierra de Teruel (1938-1939), se inscriben perfectamente en el carácter antifascista de dicha organización.

El pabellón español de 1937
El azar hizo posible que el Gobierno de la República nombrara a tres intelectuales vinculados por la amistad gestores del pabellón español en la Exposición Internacional de las Artes y las Técnicas en el Mundo Moderno celebrada en el verano de 1937 en París. Nos referimos al filósofo José Gaos, al pintor Josep Renau y al escritor Max Aub. Formados los tres en la capital valenciana, con sensibilidades políticas diversas y profesiones muy distintas, coordinaron hábilmente los intereses políticos de un país en guerra con las expresiones culturales españolas más diversas, dándole el espacio que correspondía a las vanguardias artísticas que, en términos de obras realizadas expresamente para ese pabellón, se concretaron en las esculturas El pueblo español tiene un camino que le conduce a una estrella (1937) de Alberto Sánchez; La Montserrat (1937) de Julio González y La fuente de Almadén (1937) de Alexander Calder y los murales El pages catalá i la revolució de Joan Miró y el Guernica de Pablo Picasso.

Aunque el mencionado pabellón albergó otras obras de arte, fotomontajes murales, artesanía popular, conciertos musicales, representaciones teatrales, etcétera, las obras anteriormente citadas dan fe de la importancia artística de esa exposición que hizo factible la expresión de solidaridad de las vanguardias artísticas con la lucha por la democracia del pueblo español.

La labor de Max Aub (agregado cultural de la legación diplomática española); Luis Araquistain (embajador español); José Bergamín (miembro de la Junta Delegada del Gobierno español); José Gaos (comisario general del pabellón) y Josep Renau (director general de Bellas Artes) en el pabellón de la República española, hay que entenderla quizás desde la óptica de los intelectuales comprometidos con la defensa de las libertades democráticas ante la ofensiva fascista de la época.

Ese perfil del intelectual español del primer tercio del siglo xx, es decir, de aquellos que compaginaban la práctica artística con la práctica política, nos viene ahora a la memoria al evocar, aunque sea sintéticamente, la experiencia de Max Aub de París en 1937.
Algunas de estas ideas debieron inspirar el texto leído por Max Aub a los trabajadores del pabellón cuando dijo:
«Picasso ha representado ahí la tragedia de Guernica. Es posible que se acuse a este arte de demasiado abstracto o difícil para un pabellón como el nuestro, que quiere ser, ante todo y sobre todo, una manifestación popular. No es el momento de justificarnos, pero tengo la seguridad que, con algo de buena voluntad, todos percibirán la rabia, la desesperación y la terrible protesta que significa esta tela. Nuestro tiempo es el del realismo, pero cada país percibe lo real de cierta manera. El realismo español no representa sólo lo real, sino también lo irreal, porque para España en general siempre fue imposible separar lo que existe de lo imaginado. Esta suma forma la realidad profunda del arte. Por eso Goya o Picasso son pintores realistas aun apareciendo para los demás pueblos como personalidades extravagantes».

El pabellón español de 1937, construido por los arquitectos Luis Lacasa y Josep-Lluís Sert, pasó seguramente a la historia antes por haber albergado el mural de Picasso dedicado a la villa vasca de Guernica y por extensión al drama de la guerra, que por el programa político-cultural que exponía la República española ante todo el mundo.

El Guernica de Picasso no sólo constituyó, durante cerca de medio siglo, el icono del exilio, del antifranquismo, del pacifismo, etcétera, sino también, a nivel más popular, una obra de arte de especial significación para intelectuales exiliados como Max Aub y Josep Renau, pues ambos estuvieron muy cerca de la gestión del pabellón, del encargo del mural y del pago en efectivo a Picasso de esa obra de arte universal.
En la correspondencia que se conserva en la Fundación Max Aub entre Max Aub y Josep Renau hay unas cartas cruzadas desde Berlín a la ciudad de México donde se aborda este tema. Josep Renau escribe a Max Aub: «Hace tiempo que estoy escribiendo algo sobre mi participación personal en el origen y en ciertos pintorescos e inéditos aún acontecimientos alrededor de esta histórica pintura (…) No me gustaría mucho citar al buen tun-tun (pues he de citarlo forzosamente) un significativo quid pro quo que nuestro buen y entonces obcecado Larrea deslizó en la introducción del libro, de cuya circunstancia soy yo, precisamente, más que testigo, el principal protagonista».

Max Aub contesta a Josep Renau: «Me ha costado Dios y ayuda dar con la nota bibliográfica del Guernica de Larrea. Yo recordaba haber visto un ejemplar porque es un libro que sólo se ha editado en inglés. Efectivamente, lo tenía Silva Herzog. Con una introducción de Alfred Barr Jr. se publicó en Nueva York en 1947, con un pie de imprenta de un tal Curt Valentin Publisher. Pero desde luego es una edición del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y supongo que allí te lo podrán facilitar.

»Referente a lo que escribes, recuerda que también intervine en este asunto y que personalmente fui yo, como agregado cultural de la embajada, el que le pagó los 150.000 francos –le entonces-, que le dimos como compensación de los gastos materiales con la condición de que el cuadro seguía siendo suyo».
Los documentos oficiales de la época conservados en el Archivo General de la Administración Civil del Estado correspondientes a la gestión del pabellón dejan claro que Josep Renau, como director general de Bellas Artes, le encargó a Picasso la realización de una pintura mural y a Max Aub, como agregado cultural de la embajada, le tocó pagar a Picasso los costes materiales de la obra.

Ambos cumplieron, en sus diversos cometidos, el objetivo planteado por la República española de explicarle al mundo, en plena exaltación colectiva de la modernidad, que la amenaza de la paz europea tenía un enemigo común: el fascismo.

Manuel García
[Artículo publicado en Letra Internacional, otoño de 2003]

Ramón María del Valle Inclán – Ideología y compromiso político

Valle Inclán vivió en su niñez el ambiente de la tercera guerra carlista. Los relatos idealizados de la misma que le van llegando hacen que se forje una idea romántica del conflicto. Se declara defensor y devoto de la tradición y el catolicismo.

En «Sonata de invierno», el marqués de Bradomín, álter ego del autor, explicará esta postura por motivos estéticos: «Yo hallé siempre más bella la majestad caída que sentada en el trono, y fui defensor de la tradición por estética». (V.I. : SoSi, 1639).

En las elecciones de 1910 quiso participar en la resurrección del antiguo régimen y se presentó como candidato por Estella pero fue derrotado.

Posiblemente su verdadera intención al simpatizar con el carlismo fuese mostrar su aversión y repulsa por la España de la Restauración. Ésta es una repulsa que comparte con el resto de los intelectuales de su época que se inclinan, en general, por soluciones regeneracionistas y no de añoranza del carlismo.

Al estallar la guerra de 1914 Valle se manifiesta partidario de los aliados en contra de la postura de la mayor parte de los carlistas que simpatizan con Alemania.

Por estas fecha, el escritor se preocupa cada vez más por cuestiones de justicia social, se entusiasma con la revolución rusa y se aproxima al marxismo. Su obra se convierte en una sarcástica denuncia de la España oficial.

Al implantarse la Dictadura de Primo de Rivera fue, junto con Unamuno, uno de los escritores que más se significó en la oposición a este régimen, no cesó de manifestar públicamente su descontento (llegó a pedir para España «una dictadura como la de Lenin «) y de participar activamente en las iniciativas de la radical Federación Universitaria Española promotora de la huelga estudiantil de 1929. Su postura le supuso arrestos, multas e incluso prisión de dos semanas en la cárcel Modelo. Por todo ello, su teatro y particularmente los esperpentos fueron censurados y no se pudieron representar. El directorio militar veía y con razón, que los protagonistas de los tres esperpentos de Martes de Carnaval eran los militares españoles a los que el autor presentaba de forma grotesca lo que supuso que al publicarse «La hija del capitán» en 1927 la obra fuese secuestrada por orden de la Dirección General de Seguridad. Por otra parte el teniente Friolera fantoche trágico de «Los cuernos de Don Friolera» aparecía como una víctima ridícula del código de honor calderoniano tan valorado por los militares.

En esta situación Valle recibió jubilosamente la caída de la monarquía e incluso manifestó la necesidad de castigo para Alfonso XIII. Con la llegada de la República se presentó a las elecciones como candidato lerrouxista por La Coruña pero fue derrotado de nuevo. Su apoyo al gobierno resultó efímero y sólo mantuvo su admiración por Azaña.

A pesar de lo precedente, su simpatía por el carlismo no desapareció nunca y en 1932 el pretendiente Don Jaime le nombró «Caballero de la orden de la legitimidad proscrita» y en consonancia con su originalidad y la fuerza que en él tenía el impulso estético, durante su estancia en Roma mostró cierta simpatía hacia el fascismo de Mussolini manifestando la impresión favorable que le producían los desfiles militares y los gritos de entusiasmo popular. Al volver a España, siguió luchando por la revolución social y se solidarizó con los mineros asturianos sublevados en 1934.

 Salinas calificó a Valle Inclán de «hijo pródigo del 98» que en un principio se mantuvo resguardado «de lo español y sus tragedias.» pero que luego se sintió «herido por el famoso dolor de España» [Le, 111].

Es una constante afirmar que nuestro autor sigue un proceso inverso al de la mayor parte de sus compañeros y que empieza como tradicionalista para acabar como revolucionario. Lo que si parece cierto es que Valle Inclán se mueve siempre por impulsos emotivos y contradictorios en cuanto a lo ideológico y a su compromiso con las realidades políticas y sociales de su época y que esta conducta no sólo le planteó conflictos personales sino que también supuso inconvenientes para el estreno y difusión de alguna de sus obras puesto que la dramaturgia de Valle Inclán más vanguardista y vinculada al teatro expresionista europeo, sólo pudo representarse durante los años veinte y los años de la II República muy parcialmente gracias al esfuerzo del director y amigo Cipriano Rivas Cherif (1891-1967).

En general, podemos afirmar con F.B.Pedraza que la coherencia que hallamos en su obra literaria está ausente en las manifestaciones de su evolución ideológica.

Fuente: http://www.rinconcastellano.com/sigloxx/valle_ideo.html

Nano – Desembarcamos…

Desembarcamos, como ya viene siendo tradición, en el local de Los Lagartos de Migué…. Comienza el día con con el Rafa de siempre: madrugador, alemán en el ejercicio de sus deberes, entregado hasta la extenuación… Un hombre de fáciles encuentros con el que vivir, viajar y compartir sueños, es tan sencillo y simple como respirar…

Un café mañanero, un cambio de impresiones, el establecimiento del plan de trabajo de hoy, y a saco con nuestro Nano que llevaba esperándonos algún tiempo y nos aguarda en la sala de ensayos. Lee el resto de esta entrada

Cobarde profesión a propósito de Lope

Quizás Lope de Vega hace mucho tiempo que aventuró el estado de la profesión en este país. Este verso es lo suficientemente explícito como para decir nada más…

¡Dadme unas armas a mí,
pues sois piedras, pues sois bronces,
pues sois jaspes, pues sois tigres…!
Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando los cazadores
antes que entren por el mar,
y por sus ondas se arrojen.
Liebres cobardes nacistes;
bárbaros sois, no españoles.
¡Gallinas! ¡Vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
¡Poneos ruecas en la cinta!
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra destos tiranos,
la sangre destos traidores!
¡Y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes!

Laurencia (Fuenteovejuna)

El teatro y los actores según Woody Allen

*En Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen se burla de los absurdos e inútiles cursos de verano que ofrecen las universidades norteamericanas y decide inventar él mismo posibles cursos tan absurdos e inútiles como los reales.

Boletín de cursos de primavera: “La cantidad de anuncios de cursos universitarios y de cursos por correspondencia para adultos que hacen su aparición diaria en mi buzón ha acabado por convencerme de que debo figurar en alguna lista especial de atrasados mentales. No es que me queje; hay algo en una lista de cursillos de perfeccionamiento que provoca mi curiosidad con una fascinación que hasta ahora sólo me había producido un catálogo de accesorios para luna de miel llegado por equivocación a mis manos desde Hong Kong. Cada vez que leo el último boletín de cursos de perfeccionamiento, me vienen enseguida ganas de plantarlo todo y regresar a la escuela. (Hace muchos años, fui expulsado de la universidad, víctima de acusaciones sin pruebas, no muy distintas a las que una vez le endilgaron a Al Capone.) Sin embargo, hasta la fecha sigo siendo un adulto inculto e imperfecto; por eso, ahora, se me ha ocurrido redactar un boletín imaginario, primorosamente impreso, que condensa más o menos todos los boletines existentes.”

Después de sacarse de la chistera cursos sobre Psicología (“La teoría del comportamiento humano. Por qué a ciertos hombres se les llama ‘individuos encantadores’ y por qué a otros sólo se les quisiera matar a palos”) o sobre Metafísica (“¿Qué le pasa al alma después de la muerte? ¿Cómo se las arregla?”), Allen recrea humorísticamente el programa de un curso dedicado a la creación dramática. El autor de Manhattan no deja de plantear, desde la ironía y la burla, aspectos trascendentales del arte teatral y de su conexión con el espectador:

Escribir para el teatro: Todo drama es un conflicto. El desarrollo de los personajes es también muy importante. Asimismo lo que dicen. Los estudiantes aprenden que los discursos largos y aburridos no son tan eficaces como los breves y chistosos que parecen cumplir con creces su cometido. Se investiga la psicología simplificada del público: ¿por qué a menudo una obra de teatro sobre un viejo personaje llamado Gramps, capaz de inspirar ternura, no es tan interesante en el teatro como contemplar la nuca de otro espectador y tratar de que se dé la vuelta? Asimismo se investigan aspectos interesantes de la historia de las tablas. Por ejemplo, antes de la invención de la cursiva, se confundían con frecuencia las indicaciones de escena con el diálogo y a menudo grandes actores se encontraban diciendo: «John se pone de pie, cruza hacia la izquierda». Naturalmente, esto causaba grandes desconciertos y, a veces, una mala crítica. El fenómeno se analiza en detalle a fin de que los estudiantes no cometan estos errores. Texto obligado: de A. F. Shulte, Shakespeare: ¿fue él cuatro mujeres?

Hijos del silencio: 40 años del Odin Theatre

A menudo reacciono como hace cincuenta años. “Mira esa persona anciana”, me digo observando a un hombre o una mujer de unos cuarenta años. Y enseguida me río de mí. Me doy cuenta de que tiene la edad de mi teatro y todavía estaba en la infancia cuando yo ya pensaba que cada uno de mis nuevos espectáculos sería el último. También me vienen ganas de sonreír cuando el Odin Teatret llega a una nueva ciudad y encontramos jóvenes que nos conocen de los libros. Nos creen un capítulo de la historia del teatro y nuestra persistencia anormal trastorna su modo de pensar. Los huesos duelen, la vista se ha debilitado y cuesta mucho más esfuerzo trabajar doce horas al día. Y sin embargo, es como si una fuerza insensata mantuviera mi necesidad de hacer teatro. Son muchos los motivos por los cuales continúo. Puedo sintetizarlos con una frase: el oficio teatral es mi única patria, y Holstebro su casa. Heme aquí celebrando los cuarenta años de mi teatro preparando un espectáculo sobre Hans Christian Andersen y sus cuentos de hadas. Tengo casi setenta años y me dirán que me estoy volviendo infantil. Yo también quisiera escribir un cuento de hadas. Explicaría la historia de dos hermanos, hijos del Silencio, que van por el mundo siendo uno la sombra del otro. Tienen aspecto de sinvergüenzas y se llaman Desorden y Error.

Desorden
En los últimos años utilizo cada vez más la palabra “Desorden” cuando hablo del oficio teatral –y sé que este término crea confusión. Para mí esta palabra tiene dos significados opuestos: la ausencia de lógica que caracteriza las obras insignificantes; o esa coherencia que provoca la experiencia del trastorno en el espectador. Necesitaría dos palabras distintas. Utilizo un truco ortográfico –la diferencia entre la inicial minúscula y la mayúscula– para distinguir el desorden como pérdida de energía, del Desorden que es la irrupción de una energía que nos confronta con lo desconocido.

Lo que siempre he deseado con mis espectáculos es suscitar el Desorden en la mente y los sentidos de un espectador en particular. Quisiera sacudir su costumbre de pre-ver y enjuiciar, quisiera poner en funcionamiento una oscilación emotiva, sembrar estupor.
El espectador del que hablo no es un extraño, una persona a la que deba convencer o conquistar. En primer lugar soy yo. Quien hace un espectáculo es también espectador. El Desorden (con mayúscula) puede ser un arma o una medicina contra el desorden que nos asedia, dentro y fuera de nosotros.

Sé que no existe un método para provocar el Desorden en el espectador. Y sin embargo, tengo la certeza de que puedo acercarme al Desorden con una particular forma de autodisciplina. Esta presupone una separación de los modos justos y razonables de considerar los valores, las motivaciones y los objetivos de nuestra profesión. Es una actitud profundamente individual que nadie nos puede imponer o donar.

Se trata de una liberación y como todas las liberaciones es dolorosa.

Un claro en la selva
El claro en la selva está a pocos kilómetros de una ciudad. Un puñado de hombres y mujeres se reúnen frente a una barraca. Pertenecen a la clase de los dominados y explotados en una colonia, en África, a mitad del siglo XX.

Es una reunión secreta y prohibida. Parece una conjura, pero no lo es, porque los fusiles son de mentira, como los que se utilizan en el teatro. Tampoco es un espectáculo de teatro. Y sin embargo, las personas se disfrazan y se transforman en personajes. Abandonan su manera cotidiana de hablar y caminar asumiendo otra distinta. Fingen. ¿Es un juego? Actúan en serio. Cumplen de común acuerdo una acción transgresiva y violenta. En el centro del claro, un perro hierve en una gran olla y su carne, que para ellos es tabú, es devorada.
Las personas transformadas en personajes están poseídas, pero no por los dioses de su pasado. En lugar de las tradicionales divinidades se manifiestan sus actuales amos: el gobernador de la ciudad, el jefe de la policía, las damas de la elite europea en un país colonial. Durante algunas horas, los africanos no están dominados por los blancos que los gobiernan. Al incorporar a sus amos, se transforman momentáneamente en dueños de sí mismos a través de la posesión. Los protagonistas del ritual parecen locos y descompuestos. Sin embargo, el europeo que captura sus imágenes en una película los considera maestros y los llama “maestros locos”: dos términos inconciliables en el esfuerzo de definir el Desorden.

Una noticia que acabo de leer en el periódico me impulsa a volver a ver esas viejas secuencias de una película de hace medio siglo, de aquellos poseídos en un claro de una selva africana. Un guiño de la imaginación y la memoria hace aflorar las figuras de otros maestros desaparecidos, para mí queridos y siempre cercanos.

Maestros locos
En la noche del miércoles 18 de febrero de 2004, en Nigeria, a seiscientos kilómetros al norte de Niamey, Jean Rouch murió en un accidente de coche, a los ochentiséis años. Era un maestro del cine francés, uno de los padres de la Nouvelle Vague. Lo llamaban Le maître du Desordre, el maestro del Desorden. Hace cincuenta años, en los alrededores de Accra, la capital de Ghana, que entonces era una colonia británica, había rodado Les maîtres fous (Los maestros locos), una película etnográfica que muestra directamente uno de los casos en que las cadenas todavía pesan dolorosamente sobre la carne, y Desorden y tormento se mezclan en el intento de liberarse.
Para el teatro europeo de la segunda mitad del siglo XX, esta película era el testimonio de otra racionalidad, subterránea y subversiva. La película impresionó a Jean Genet y le indujo a escribir Les Nègres. Influyó a Peter Brook durante la creación de su Marat-Sade y acompañó a Grotowski en sus reflexiones sobre el actor. En el ambiente teatral circulaban anécdotas y leyendas sobre las influencias de Les maîtres fous. En aquellos años cada vez eran más frecuentes los paralelismos y distinciones entre teatro y ritual. Algunos artistas estaban elaborando un subtexto que hoy es evidente: el teatro puede ser un claro en el corazón del mundo civilizado, un lugar privilegiado donde evocar el Desorden.

Vayamos por un momento a Moscú, donde las calles están blancas por el hielo. Uno de los primeros días de enero de 1889, Antón Chejov escribió una larga carta al rico editor Aleksei S. Suvorin. Leyéndola, percibo el mismo incandescente sabor de sufrimiento y desgarro que siento observando la ceremonia africana: el ardiente tormento de la liberación. Con crudo realismo, Chejov describe anticipadamente las tensiones y los arrebatos de los participantes de aquella ceremonia, cuando esboza a un hombre “que exprime gota a gota el esclavo que lleva en sí”.

Quien habla no es un ex-esclavo africano, es el gran y famoso escritor ruso, hijo de un siervo. A pesar del relativo bienestar que lo circunda, reconoce en sí mismo las llagas de cadenas invisibles. Ha sufrido muchas veces los azotes del padre y de los profesores que lo han educado a venerar las jerarquías, a besar la mano del Pope, a arrodillarse ante las ideas de los demás, a precipitarse en agradecimientos por cada bocado de pan. Se había convertido en un joven que atormentaba a los animales, almorzaba con placer en casa de los parientes ricos, era hipócrita con Dios y con los seres humanos, sin ninguna necesidad, sólo porque era consciente de su nulidad.

El Chejov que confiesa la lucha contra las propias cadenas y el propio sentido de nulidad es un sensible y auto-irónico escritor de la muy civilizada Europa. Sus palabras no son descontroladas. Pero su “control” se nutre del mismo Desorden que nutre las acciones de aquella ceremonia africana, desconcertantes, turbadoras y –a nuestros ojos– descontroladas.

Al enterarme de la muerte de Jean Rouch, maestro del Desorden, me pregunto: ¿Sus maestros locos dicen alguna cosa también sobre mí, mi historia, mis imaginarios antepasados teatrales? ¿De cuáles cadenas intentamos liberarnos?

No lo sé explicar, pero algo informulable, casi desvergonzado, me impulsa a reconocer en algunos artistas teatrales del pasado a maestros locos y poseídos.

Silencio
Tan pronto pienso en el extremismo de su pensamiento, los protagonistas de la revuelta teatral del siglo XX, comenzando por Stanislavski, se convierten para mí en maîtres fous.

En un clima de renovación de la estética teatral, anticiparon preguntas tan incongruentes que fueron acogidas con indiferencia y burla. Puesto que el núcleo incandescente de estas preguntas estaba envuelto en teorías profesionalmente bien formuladas, algunos las consideraron como simples atentados contra el arte del teatro. O también “utopías”, una manera inofensiva de decir que no era necesario tomarlas en serio. He aquí algunos de estos núcleos incandescentes.

– buscar la vida en un mundo de cartón;
– hacer brotar la verdad en un mundo de disfraces;
– conquistar la sinceridad en un mundo de ficciones;
– hacer de la educación del actor –que imita y representa a personas distintas de sí mismo– el camino hacia la integridad de un Hombre Nuevo.

Además, algunos de estos maestros radicales, añadieron demencia a la demencia. Incapaces de entender que aquellas “utopías” eran irrealizables –las realizaron.

Imaginemos a un artista de hoy que pide una subvención al Ministerio de Cultura para buscar la Verdad a través del teatro. Imaginemos al director de una escuela teatral que escribiera en su programa: aquí enseñamos el arte del actor con el objetivo de crear un Hombre Nuevo. Imaginemos a un director que exigiera a sus actores el dominio de la danza porque refleja la armonía de las Esferas Celestes. Sería lícito decir que desvarían. ¿Por qué entonces los historiadores del teatro nos presentan a Stanislavski, Copeau y Appia como si sus insensatas preguntas fueran nobles utopías y originales teorías?

Hoy no cuesta nada ver en esa aparente demencia una reacción certera contra los crujidos de una época que estaba poniendo en crisis la propia supervivencia del teatro. Hoy es fácil reconocer perspicacia, coherencia y pericia en el trastorno que los maestros del Desorden llevaron al teatro de su tiempo. Renegaron de su organización secular, invirtieron las jerarquías, sabotearon las bien experimentadas convenciones de comunicación entre el escenario y la platea, cortaron el cordón umbilical con la literatura y con el realismo superficial. Despojaron brutalmente el teatro hasta reducirlo a su esencia. Se justificaron con una paradoja de la práctica teatral. Dieron vida a espectáculos inimaginables por su radicalidad, su originalidad y su refinamiento artístico para negar que el teatro fuera sólo arte. Con palabras distintas, cada uno de ellos insistió en que la vocación del teatro era romper las cadenas íntimas, profesionales, éticas, sociales, religiosas o culturales.

Nos hemos acostumbrado a leer la historia del teatro moderno al revés. No partimos de los núcleos incandescentes de las preguntas y de las obsesiones de los maestros del Desorden, sino de la sensatez o de la poesía de sus palabras impresas. Sus páginas desprenden un tono de autoridad y seguridad. Sin embargo, para cada uno de ellos hubo noches de soledad y espanto, cuando sospecharon que los molinos de viento contra los cuales combatían eran en realidad gigantes invencibles.

Hoy los vemos retratados en bellas fotos: rostros inteligentes, bien nutridos e irónicamente plácidos, como el de Stanislavski; rostros de reyes mendicantes, como el de Artaud; altaneros y conscientes de la propia seguridad intelectual, como el de Craig; con el ceño fruncido y combativos, como el de Meyerhold. Es imposible percibir que en cada uno de esos espíritus brillantes anidaba la incapacidad de olvidar o aceptar las propias cadenas invisibles. No estamos en condiciones de aceptar que su eficacia deriva en parte del esfuerzo por alejarse de una condición de silencio impotente.

El arte capaz de suscitar la experiencia del trastorno, y por lo tanto de transformarnos, esconde siempre la zona de silencio que lo ha generado. Pienso en ese silencio que no es una elección, sino una condición que se sufre como una amputación. Un silencio que genera monstruos: autodenigración, violencia hacia sí mismo y hacia los otros, negra ignavia y rabia ineficaz. Sin embargo, a veces ese silencio logra nutrir el Desorden.

La experiencia del Desorden no se refiere a categorías estéticas. Es la irrupción de otra realidad en la realidad. Como cuando en el universo de la geometría plana cae un elemento tridimensional. Como cuando inesperadamente la muerte fulmina a una persona querida. Como cuando, en un segundo, los sentidos se inflaman y sabemos que nos hemos enamorado. Como cuando al poco tiempo de haber emigrado a Noruega alguien me llamó dago y me dio con la puerta en las narices.

Cuando el Desorden nos asalta, tanto en la vida como en el arte, nos despertamos de repente en un mundo que ya no reconocemos, y que todavía no sabemos cómo volver a ordenar.

Un claro en la selva de la confusión
Los trayectos artísticos son siempre senderos personales que intentan huir de los mecanismos prefabricados, de los raíles y las recetas. Tienen que descubrir su propia organicidad, que es nuestra “necesidad”. Son senderos que respiran y viven según una personalísima autodisciplina.

La autodisciplina no consiste en la voluntaria adhesión a normas inventadas por otros. Lo repito, consiste en separarse de los modos justos y razonables de considerar los valores, los objetivos y las motivaciones de nuestra profesión. También implica la fuerza de ánimo para entregarse a ese silencio interior que nos encadena e infunde miedo, pero que, según nos dice nuestra intuición, puede guiarnos, como un maestro loco en un claro de selva africana.

La autodisciplina, que es una de las premisas para realizar el Desorden en mi mente de espectador, nace de un grumo de silencio. Tiene una naturaleza tan particular que permanece desconocida incluso para mí cuando siento su alboroto. Por esto no existe un método que guíe a la realización del Desorden.

Hay espectáculos en que los actores, el director y los espectadores conocen de antemano la historia. Hay espectáculos en que los actores y el director la conocen, pero los espectadores la ignoran. Con los años, cada vez me gusta más, hacer crecer un tipo de espectáculo en el que, al inicio del proceso creativo, ni yo ni los actores imaginamos la historia que estamos contando. Debemos descubrir no sólo cómo contarla sino también qué estamos contando. Sólo el espectáculo al que daremos vida nos puede desvelar lo que queremos decir.

Es una manera conscientemente arriesgada de perderme y rencontrarme valiéndome de dos fuerzas contrarias: por una parte confío en mi experiencia profesional, por otra, intento invalidarla construyendo condiciones de acción inconexas y agotadoras. Quiero paralizar las certezas de mis conocimientos y los manierismos de mis reflejos. Quisiera revivir la experiencia de la primera vez, revitalizando mi saber a través del desconcierto, frente a una situación que no domino. Es una empresa que sólo puedo llevar a cabo con los actores del Odin Teatret, cuyas fuertes personalidades se han templado a través de esta exploración paradójica: sabemos cómo buscar, pero todavía no sabemos lo que buscamos.

Debo componer un nuevo espectáculo. El primer esfuerzo consiste en saber crear un estado de incubación colectiva a partir de “agujeros negros”: dos, tres textos o historias distintas, un núcleo de preguntas inconciliables entre ellas, el acercamiento de temáticas discordantes. Los actores y yo dejamos que estos “agujeros negros” actúen sobre nosotros para atraer un flujo de ideas, recuerdos, fantasmas, episodios biográficos o imaginarios, datos de crónicas. A través de improvisaciones y un trabajo de composición consciente, damos a este flujo interior una anatomía, un sistema nervioso, un temperamento dinámico y sonoro bajo forma de acciones físicas y vocales. Estos materiales escénicos serán macerados, mezclados y destilados en el transcurso de los ensayos dejando aparecer, a veces, nexos sensoriales, melódicos, rítmicos, asociativos e intelectuales imposibles de prever: aquello que ignorábamos al principio.
Es un proceso en el que la incertidumbre y la aprensión acechan sin tregua. Los días y las semanas vuelan y nos sentimos atrapados en un lodazal de propuestas disparatadas, potencialidades dispersas, un cúmulo de escenas con direcciones incongruentes: la confusión. Procedo por saltos, coincidencias, incoherencias, equívocos e interferencias fortuitas. Decido sin saber por qué, e intuyo a intervalos inconexos. Sólo me guían el cansancio y la terquedad. Con el tiempo, he adquirido una cierta familiaridad con mi manera de pensar y aferrar con palabras mis pensamientos, que interpreto para mí y mis compañeros. Los reflejos condicionados me advierten cuáles son los callejones sin salida y cuáles los que me conducen a casa. Me dejo llevar por presentimientos. Presagio la casa de los vientos que estamos construyendo ciegamente.

Ciertamente este modo de proceder no es un ejemplo a seguir, sobre todo para un director novato o que se deja seducir por la fascinación de la serendipidad: los descubrimientos fortuitos y las soluciones inesperadas a través de un errar (equivocarse y vagar sin objetivo) por un penoso período de ensayos.

Cuando intento apoyarme en reglas seguras muy pronto me encuentro ridiculizado por mi ingenuidad. Si me resigno a un mundo absolutamente privado de reglas, pago esta ingenuidad con fracasos igualmente radicales. Entonces ¿qué hay entre las reglas y la falta de reglas, entre la ley y la anarquía? Si pienso en abstracto, parece que no hay nada. Pero la práctica me enseña que hay algo que tiene al mismo tiempo las características de la regla y las de su negación.

A este algo, normalmente lo llamamos error y es lo que me ayuda a superar la confusión. Reconozco dos tipos de errores: sólidos y líquidos. El error sólido se deja medir, modelar o modificar hasta perder su carácter de inexactitud, equívoco, insuficiencia o absurdidad. Se deja rencuadrar en la regla o transformar en orden. El error líquido no se deja apresar o valorar. Se comporta como una mancha de humedad detrás de una pared. Indica algo que viene de lejos. Veo que una cierta escena es “errónea”, pero si tengo paciencia y no hago un uso inmediato de mi inteligencia, me doy cuenta de que en vez de corregirla la tengo que seguir. Precisamente el hecho de que sea tan claramente errónea me hace sospechar que no es simplemente disparatada, sino que sigue un camino lateral que todavía no sé adónde conduce.

Lo más difícil de aprender es la capacidad de agarrarse al error, no para rectificarlo, sino para descubrir adónde nos conduce.
Este saber tácito está enraizado en mí, en mis nervios, en el músculo del corazón. No se deja enseñar o transmitir como un método formulable y aplicable. Cada cual, enredándose en la confusión, pasando por deslumbramientos y desbandadas, dando cabezazos en el propio silencio y la propia soledad, tiene que saber subvertir la propia seguridad profesional y adivinar cómo abrir una grieta para que irrumpa su Desorden.

Anarquía de los cuentos de hadas y el arte del error

El Desorden no construye nada. A veces es intensamente desagradable, pero colabora en romper las cadenas.
Me han enseñado: ama a tus enemigos. En la vida cotidiana es una tarea de santos. En la vida artística es la práctica normal del oficio. Cuántas veces, preparando un espectáculo, caigo en la confusión y me doy cuenta de haber tomado un camino erróneo. Confusión y desorientación son enemigos a los que hay que amar.

Me han enseñado: la vida es un sueño. No es verdad. La vida es un cuento de hadas. Es un mundo de pura anarquía donde quien intenta con perseverancia conseguir su objetivo y se esfuerza para seguir un camino razonable, pierde. Por el contrario, quien se comporta de una forma disparatada, al final encuentra una princesa.

El mundo de los cuentos de hadas es pura anarquía porque se concentra esencialmente en la necesidad de romper las cadenas. El cuento de hadas rompe las cadenas que atan los relatos al mundo tal como es. Pero paga esta libertad con el riesgo de la arbitrariedad. Por esto está poblado de monstruos, de sombras dotadas de vida autónoma, de mujeres y hombres medio humanos medio animales, de muertos que hablan y de objetos que viven y piensan. No es el mundo del mito o la fantasía. Es el mundo de la confusión. Los niños aman ese mundo, pero ese mundo no ama a los niños. En los cuentos de hadas los niños muy a menudo mueren; son abandonados y aplastados; experimentan la realidad desnuda: ansiedad y pavor entremezclados con relámpagos de justicia insensata. La pura anarquía de los cuentos de hadas, ¿qué me enseña para mi trabajo teatral?

Durante los ensayos, cuando toma la delantera la confusión, todo se vuelve indeterminado. La niebla me impide encontrar cualquier dirección. Para orientarme, me esfuerzo en condensar la evanescencia de la confusión en sólidos errores que deben ser corregidos y eliminados para restituir orden a las circunstancias. Paralelamente debo saber individuar los errores líquidos sobre los cuales resbalar hacia donde no había imaginado ir, donde no quería o no creía poder ir.

Si fuera cierto que los cuentos de hadas enseñan algo, tendría que reconocer que aleccionan sobre la bendición del error. La estupidez o la falta de memoria de un protagonista, un intercambio de personajes, un sueño que dura años, un cuervo muerto que te metes en el bolsillo, son a menudo las premisas y las condiciones para un final feliz imprevisto.

¿Existe por lo tanto un arte del error? Hoy, después de cuarenta años con el Odin Teatret, creo poder afirmar que hay errores que potencian la confusión y errores que liberan. Más que en la inspiración, la voz de las musas, el daimon, el duende o el ángel de la guarda, creo en algo mucho más concreto: los errores que liberan cuando tenemos la sagacidad de presagiarlos y seguirlos. Son un signo que se desprende del silencio. Provienen de aquella parte de nosotros mismos que no conocemos. Deberíamos considerarlos como un mensaje que nos ha confiado el maestro loco.

Materiales orgánicos
Todo esto tiene que ver con la totalidad del cuerpo, no sólo con la carne y los huesos, sino también con los músculos, los nervios, las relaciones complejas entre órganos, la circulación sanguínea, las sinapsis. El cuerpo es lo que más se asemeja al pensamiento, precisamente porque es organismo-espíritu: cuerpo-mente.

Por esto siempre me han apasionado los materiales orgánicos de los cuales está hecho el teatro. Y las irradiaciones que se desprenden de estos materiales. Me gusta trabajar con esta materia viviente para trenzar diálogos silenciosos con espectadores antropófagos –aquellos que vienen con la necesidad de devorar con los sentidos. Me place servirme de ellos para abrir senderos que apenas abiertos se volverán a cerrar dentro de mí, pero que permiten que mis actores y yo permanezcamos en transición.

El choque inesperado con una realidad teatral que siembra el trastorno dentro de mí lo viví varias veces durante mi aprendizaje. Permanecen indelebles en mi médula y en mi cerebro La madre, de Gorki-Brecht en el Berliner Ensemble, un espectáculo Kathakali en la húmeda noche india, El príncipe constante, de Grotowski.

De manera igualmente imprevista e involuntaria he experimentado y continúo experimentando el Desorden en el trabajo con mis actores. Desde los primeros años ciertos diseños de sus acciones físicas y vocales, a base de ser repetidos y refinados, saltaban hacia otra naturaleza o realidad de ser.

Lo he constatado personalmente: procedente de un más allá que no sé dónde está ni qué es, en mi arena de gallos emerge un cuerpo más denso, incandescente y luminoso que los cuerpos que poseemos. Este cuerpo-en-vida irrumpe sin preocuparse del buen o del mal gusto, por la conjunción de la causalidad y del oficio, o a causa del carácter imprevisto en un elaborado cálculo. El teatro ha constituido para mí –hoy me doy cuenta con claridad– una herramienta preciosa para hacer incursiones en zonas del mundo que parecían lejos de mi alcance. Incursiones en las tierras ignotas que caracterizan la realidad vertical o espiritual del ser humano. E incursiones en el espacio horizontal de las relaciones humanas, de los ámbitos sociales, de las relaciones de poder y de la política, en la viscosa realidad cotidiana de este mundo donde vivo pero al que no quiero pertenecer.

Todavía hoy continúa fascinándome el hecho de que el teatro proporciona instrumentos, caminos y coberturas para incursiones en la doble geografía: la que me circunda y la que yo circundo. Por un lado el mundo externo, con sus reglas, su vastedad, sus zonas incomprensibles y seductoras, su maldad y su caos; por otro, el mundo interior con sus continentes y océanos, sus pliegues y sus fecundos misterios.

¿Qué ha sido el entrenamiento de mis actores, sino un puente entre estos dos extremos: entre la incursión en la máquina del cuerpo y la apertura de vados para la irrupción de una energía que rompe los límites del cuerpo?

El teatro es el oficio de la incursión, una isla flotante de disidencia, un claro en el corazón del mundo civilizado. Raramente, algunas privilegiadas veces, es también la turbulencia del Desorden que confunde mi manera familiar de convivir con el espacio y el tiempo circundantes, y a través del trastorno me obliga a descubrir otra parte de mí.

Traducción del italiano: Lluís Masgrau