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Cobarde profesión a propósito de Lope
¡Dadme unas armas a mí,
pues sois piedras, pues sois bronces,
pues sois jaspes, pues sois tigres…!
Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando los cazadores
antes que entren por el mar,
y por sus ondas se arrojen.
Liebres cobardes nacistes;
bárbaros sois, no españoles.
¡Gallinas! ¡Vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
¡Poneos ruecas en la cinta!
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra destos tiranos,
la sangre destos traidores!
¡Y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes!
Laurencia (Fuenteovejuna)
El teatro y los actores según Woody Allen
*En Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen se burla de los absurdos e inútiles cursos de verano que ofrecen las universidades norteamericanas y decide inventar él mismo posibles cursos tan absurdos e inútiles como los reales.Boletín de cursos de primavera: “La cantidad de anuncios de cursos universitarios y de cursos por correspondencia para adultos que hacen su aparición diaria en mi buzón ha acabado por convencerme de que debo figurar en alguna lista especial de atrasados mentales. No es que me queje; hay algo en una lista de cursillos de perfeccionamiento que provoca mi curiosidad con una fascinación que hasta ahora sólo me había producido un catálogo de accesorios para luna de miel llegado por equivocación a mis manos desde Hong Kong. Cada vez que leo el último boletín de cursos de perfeccionamiento, me vienen enseguida ganas de plantarlo todo y regresar a la escuela. (Hace muchos años, fui expulsado de la universidad, víctima de acusaciones sin pruebas, no muy distintas a las que una vez le endilgaron a Al Capone.) Sin embargo, hasta la fecha sigo siendo un adulto inculto e imperfecto; por eso, ahora, se me ha ocurrido redactar un boletín imaginario, primorosamente impreso, que condensa más o menos todos los boletines existentes.”
Después de sacarse de la chistera cursos sobre Psicología (“La teoría del comportamiento humano. Por qué a ciertos hombres se les llama ‘individuos encantadores’ y por qué a otros sólo se les quisiera matar a palos”) o sobre Metafísica (“¿Qué le pasa al alma después de la muerte? ¿Cómo se las arregla?”), Allen recrea humorísticamente el programa de un curso dedicado a la creación dramática. El autor de Manhattan no deja de plantear, desde la ironía y la burla, aspectos trascendentales del arte teatral y de su conexión con el espectador:
“Escribir para el teatro: Todo drama es un conflicto. El desarrollo de los personajes es también muy importante. Asimismo lo que dicen. Los estudiantes aprenden que los discursos largos y aburridos no son tan eficaces como los breves y chistosos que parecen cumplir con creces su cometido. Se investiga la psicología simplificada del público: ¿por qué a menudo una obra de teatro sobre un viejo personaje llamado Gramps, capaz de inspirar ternura, no es tan interesante en el teatro como contemplar la nuca de otro espectador y tratar de que se dé la vuelta? Asimismo se investigan aspectos interesantes de la historia de las tablas. Por ejemplo, antes de la invención de la cursiva, se confundían con frecuencia las indicaciones de escena con el diálogo y a menudo grandes actores se encontraban diciendo: «John se pone de pie, cruza hacia la izquierda». Naturalmente, esto causaba grandes desconciertos y, a veces, una mala crítica. El fenómeno se analiza en detalle a fin de que los estudiantes no cometan estos errores. Texto obligado: de A. F. Shulte, Shakespeare: ¿fue él cuatro mujeres?“
Hijos del silencio: 40 años del Odin Theatre
A menudo reacciono como hace cincuenta años. “Mira esa persona anciana”, me digo observando a un hombre o una mujer de unos cuarenta años. Y enseguida me río de mí. Me doy cuenta de que tiene la edad de mi teatro y todavía estaba en la infancia cuando yo ya pensaba que cada uno de mis nuevos espectáculos sería el último. También me vienen ganas de sonreír cuando el Odin Teatret llega a una nueva ciudad y encontramos jóvenes que nos conocen de los libros. Nos creen un capítulo de la historia del teatro y nuestra persistencia anormal trastorna su modo de pensar. Los huesos duelen, la vista se ha debilitado y cuesta mucho más esfuerzo trabajar doce horas al día. Y sin embargo, es como si una fuerza insensata mantuviera mi necesidad de hacer teatro. Son muchos los motivos por los cuales continúo. Puedo sintetizarlos con una frase: el oficio teatral es mi única patria, y Holstebro su casa. Heme aquí celebrando los cuarenta años de mi teatro preparando un espectáculo sobre Hans Christian Andersen y sus cuentos de hadas. Tengo casi setenta años y me dirán que me estoy volviendo infantil. Yo también quisiera escribir un cuento de hadas. Explicaría la historia de dos hermanos, hijos del Silencio, que van por el mundo siendo uno la sombra del otro. Tienen aspecto de sinvergüenzas y se llaman Desorden y Error.Desorden
En los últimos años utilizo cada vez más la palabra “Desorden” cuando hablo del oficio teatral –y sé que este término crea confusión. Para mí esta palabra tiene dos significados opuestos: la ausencia de lógica que caracteriza las obras insignificantes; o esa coherencia que provoca la experiencia del trastorno en el espectador. Necesitaría dos palabras distintas. Utilizo un truco ortográfico –la diferencia entre la inicial minúscula y la mayúscula– para distinguir el desorden como pérdida de energía, del Desorden que es la irrupción de una energía que nos confronta con lo desconocido.
Lo que siempre he deseado con mis espectáculos es suscitar el Desorden en la mente y los sentidos de un espectador en particular. Quisiera sacudir su costumbre de pre-ver y enjuiciar, quisiera poner en funcionamiento una oscilación emotiva, sembrar estupor.
El espectador del que hablo no es un extraño, una persona a la que deba convencer o conquistar. En primer lugar soy yo. Quien hace un espectáculo es también espectador. El Desorden (con mayúscula) puede ser un arma o una medicina contra el desorden que nos asedia, dentro y fuera de nosotros.
Sé que no existe un método para provocar el Desorden en el espectador. Y sin embargo, tengo la certeza de que puedo acercarme al Desorden con una particular forma de autodisciplina. Esta presupone una separación de los modos justos y razonables de considerar los valores, las motivaciones y los objetivos de nuestra profesión. Es una actitud profundamente individual que nadie nos puede imponer o donar.
Se trata de una liberación y como todas las liberaciones es dolorosa.
Un claro en la selva
El claro en la selva está a pocos kilómetros de una ciudad. Un puñado de hombres y mujeres se reúnen frente a una barraca. Pertenecen a la clase de los dominados y explotados en una colonia, en África, a mitad del siglo XX.
Es una reunión secreta y prohibida. Parece una conjura, pero no lo es, porque los fusiles son de mentira, como los que se utilizan en el teatro. Tampoco es un espectáculo de teatro. Y sin embargo, las personas se disfrazan y se transforman en personajes. Abandonan su manera cotidiana de hablar y caminar asumiendo otra distinta. Fingen. ¿Es un juego? Actúan en serio. Cumplen de común acuerdo una acción transgresiva y violenta. En el centro del claro, un perro hierve en una gran olla y su carne, que para ellos es tabú, es devorada.
Las personas transformadas en personajes están poseídas, pero no por los dioses de su pasado. En lugar de las tradicionales divinidades se manifiestan sus actuales amos: el gobernador de la ciudad, el jefe de la policía, las damas de la elite europea en un país colonial. Durante algunas horas, los africanos no están dominados por los blancos que los gobiernan. Al incorporar a sus amos, se transforman momentáneamente en dueños de sí mismos a través de la posesión. Los protagonistas del ritual parecen locos y descompuestos. Sin embargo, el europeo que captura sus imágenes en una película los considera maestros y los llama “maestros locos”: dos términos inconciliables en el esfuerzo de definir el Desorden.
Una noticia que acabo de leer en el periódico me impulsa a volver a ver esas viejas secuencias de una película de hace medio siglo, de aquellos poseídos en un claro de una selva africana. Un guiño de la imaginación y la memoria hace aflorar las figuras de otros maestros desaparecidos, para mí queridos y siempre cercanos.
Maestros locos
En la noche del miércoles 18 de febrero de 2004, en Nigeria, a seiscientos kilómetros al norte de Niamey, Jean Rouch murió en un accidente de coche, a los ochentiséis años. Era un maestro del cine francés, uno de los padres de la Nouvelle Vague. Lo llamaban Le maître du Desordre, el maestro del Desorden. Hace cincuenta años, en los alrededores de Accra, la capital de Ghana, que entonces era una colonia británica, había rodado Les maîtres fous (Los maestros locos), una película etnográfica que muestra directamente uno de los casos en que las cadenas todavía pesan dolorosamente sobre la carne, y Desorden y tormento se mezclan en el intento de liberarse.
Para el teatro europeo de la segunda mitad del siglo XX, esta película era el testimonio de otra racionalidad, subterránea y subversiva. La película impresionó a Jean Genet y le indujo a escribir Les Nègres. Influyó a Peter Brook durante la creación de su Marat-Sade y acompañó a Grotowski en sus reflexiones sobre el actor. En el ambiente teatral circulaban anécdotas y leyendas sobre las influencias de Les maîtres fous. En aquellos años cada vez eran más frecuentes los paralelismos y distinciones entre teatro y ritual. Algunos artistas estaban elaborando un subtexto que hoy es evidente: el teatro puede ser un claro en el corazón del mundo civilizado, un lugar privilegiado donde evocar el Desorden.
Vayamos por un momento a Moscú, donde las calles están blancas por el hielo. Uno de los primeros días de enero de 1889, Antón Chejov escribió una larga carta al rico editor Aleksei S. Suvorin. Leyéndola, percibo el mismo incandescente sabor de sufrimiento y desgarro que siento observando la ceremonia africana: el ardiente tormento de la liberación. Con crudo realismo, Chejov describe anticipadamente las tensiones y los arrebatos de los participantes de aquella ceremonia, cuando esboza a un hombre “que exprime gota a gota el esclavo que lleva en sí”.
Quien habla no es un ex-esclavo africano, es el gran y famoso escritor ruso, hijo de un siervo. A pesar del relativo bienestar que lo circunda, reconoce en sí mismo las llagas de cadenas invisibles. Ha sufrido muchas veces los azotes del padre y de los profesores que lo han educado a venerar las jerarquías, a besar la mano del Pope, a arrodillarse ante las ideas de los demás, a precipitarse en agradecimientos por cada bocado de pan. Se había convertido en un joven que atormentaba a los animales, almorzaba con placer en casa de los parientes ricos, era hipócrita con Dios y con los seres humanos, sin ninguna necesidad, sólo porque era consciente de su nulidad.
El Chejov que confiesa la lucha contra las propias cadenas y el propio sentido de nulidad es un sensible y auto-irónico escritor de la muy civilizada Europa. Sus palabras no son descontroladas. Pero su “control” se nutre del mismo Desorden que nutre las acciones de aquella ceremonia africana, desconcertantes, turbadoras y –a nuestros ojos– descontroladas.
Al enterarme de la muerte de Jean Rouch, maestro del Desorden, me pregunto: ¿Sus maestros locos dicen alguna cosa también sobre mí, mi historia, mis imaginarios antepasados teatrales? ¿De cuáles cadenas intentamos liberarnos?
No lo sé explicar, pero algo informulable, casi desvergonzado, me impulsa a reconocer en algunos artistas teatrales del pasado a maestros locos y poseídos.
Silencio
Tan pronto pienso en el extremismo de su pensamiento, los protagonistas de la revuelta teatral del siglo XX, comenzando por Stanislavski, se convierten para mí en maîtres fous.
En un clima de renovación de la estética teatral, anticiparon preguntas tan incongruentes que fueron acogidas con indiferencia y burla. Puesto que el núcleo incandescente de estas preguntas estaba envuelto en teorías profesionalmente bien formuladas, algunos las consideraron como simples atentados contra el arte del teatro. O también “utopías”, una manera inofensiva de decir que no era necesario tomarlas en serio. He aquí algunos de estos núcleos incandescentes.
– buscar la vida en un mundo de cartón;
– hacer brotar la verdad en un mundo de disfraces;
– conquistar la sinceridad en un mundo de ficciones;
– hacer de la educación del actor –que imita y representa a personas distintas de sí mismo– el camino hacia la integridad de un Hombre Nuevo.
Además, algunos de estos maestros radicales, añadieron demencia a la demencia. Incapaces de entender que aquellas “utopías” eran irrealizables –las realizaron.
Imaginemos a un artista de hoy que pide una subvención al Ministerio de Cultura para buscar la Verdad a través del teatro. Imaginemos al director de una escuela teatral que escribiera en su programa: aquí enseñamos el arte del actor con el objetivo de crear un Hombre Nuevo. Imaginemos a un director que exigiera a sus actores el dominio de la danza porque refleja la armonía de las Esferas Celestes. Sería lícito decir que desvarían. ¿Por qué entonces los historiadores del teatro nos presentan a Stanislavski, Copeau y Appia como si sus insensatas preguntas fueran nobles utopías y originales teorías?
Hoy no cuesta nada ver en esa aparente demencia una reacción certera contra los crujidos de una época que estaba poniendo en crisis la propia supervivencia del teatro. Hoy es fácil reconocer perspicacia, coherencia y pericia en el trastorno que los maestros del Desorden llevaron al teatro de su tiempo. Renegaron de su organización secular, invirtieron las jerarquías, sabotearon las bien experimentadas convenciones de comunicación entre el escenario y la platea, cortaron el cordón umbilical con la literatura y con el realismo superficial. Despojaron brutalmente el teatro hasta reducirlo a su esencia. Se justificaron con una paradoja de la práctica teatral. Dieron vida a espectáculos inimaginables por su radicalidad, su originalidad y su refinamiento artístico para negar que el teatro fuera sólo arte. Con palabras distintas, cada uno de ellos insistió en que la vocación del teatro era romper las cadenas íntimas, profesionales, éticas, sociales, religiosas o culturales.
Nos hemos acostumbrado a leer la historia del teatro moderno al revés. No partimos de los núcleos incandescentes de las preguntas y de las obsesiones de los maestros del Desorden, sino de la sensatez o de la poesía de sus palabras impresas. Sus páginas desprenden un tono de autoridad y seguridad. Sin embargo, para cada uno de ellos hubo noches de soledad y espanto, cuando sospecharon que los molinos de viento contra los cuales combatían eran en realidad gigantes invencibles.
Hoy los vemos retratados en bellas fotos: rostros inteligentes, bien nutridos e irónicamente plácidos, como el de Stanislavski; rostros de reyes mendicantes, como el de Artaud; altaneros y conscientes de la propia seguridad intelectual, como el de Craig; con el ceño fruncido y combativos, como el de Meyerhold. Es imposible percibir que en cada uno de esos espíritus brillantes anidaba la incapacidad de olvidar o aceptar las propias cadenas invisibles. No estamos en condiciones de aceptar que su eficacia deriva en parte del esfuerzo por alejarse de una condición de silencio impotente.
El arte capaz de suscitar la experiencia del trastorno, y por lo tanto de transformarnos, esconde siempre la zona de silencio que lo ha generado. Pienso en ese silencio que no es una elección, sino una condición que se sufre como una amputación. Un silencio que genera monstruos: autodenigración, violencia hacia sí mismo y hacia los otros, negra ignavia y rabia ineficaz. Sin embargo, a veces ese silencio logra nutrir el Desorden.
La experiencia del Desorden no se refiere a categorías estéticas. Es la irrupción de otra realidad en la realidad. Como cuando en el universo de la geometría plana cae un elemento tridimensional. Como cuando inesperadamente la muerte fulmina a una persona querida. Como cuando, en un segundo, los sentidos se inflaman y sabemos que nos hemos enamorado. Como cuando al poco tiempo de haber emigrado a Noruega alguien me llamó dago y me dio con la puerta en las narices.
Cuando el Desorden nos asalta, tanto en la vida como en el arte, nos despertamos de repente en un mundo que ya no reconocemos, y que todavía no sabemos cómo volver a ordenar.
Un claro en la selva de la confusión
Los trayectos artísticos son siempre senderos personales que intentan huir de los mecanismos prefabricados, de los raíles y las recetas. Tienen que descubrir su propia organicidad, que es nuestra “necesidad”. Son senderos que respiran y viven según una personalísima autodisciplina.
La autodisciplina no consiste en la voluntaria adhesión a normas inventadas por otros. Lo repito, consiste en separarse de los modos justos y razonables de considerar los valores, los objetivos y las motivaciones de nuestra profesión. También implica la fuerza de ánimo para entregarse a ese silencio interior que nos encadena e infunde miedo, pero que, según nos dice nuestra intuición, puede guiarnos, como un maestro loco en un claro de selva africana.
La autodisciplina, que es una de las premisas para realizar el Desorden en mi mente de espectador, nace de un grumo de silencio. Tiene una naturaleza tan particular que permanece desconocida incluso para mí cuando siento su alboroto. Por esto no existe un método que guíe a la realización del Desorden.
Hay espectáculos en que los actores, el director y los espectadores conocen de antemano la historia. Hay espectáculos en que los actores y el director la conocen, pero los espectadores la ignoran. Con los años, cada vez me gusta más, hacer crecer un tipo de espectáculo en el que, al inicio del proceso creativo, ni yo ni los actores imaginamos la historia que estamos contando. Debemos descubrir no sólo cómo contarla sino también qué estamos contando. Sólo el espectáculo al que daremos vida nos puede desvelar lo que queremos decir.
Es una manera conscientemente arriesgada de perderme y rencontrarme valiéndome de dos fuerzas contrarias: por una parte confío en mi experiencia profesional, por otra, intento invalidarla construyendo condiciones de acción inconexas y agotadoras. Quiero paralizar las certezas de mis conocimientos y los manierismos de mis reflejos. Quisiera revivir la experiencia de la primera vez, revitalizando mi saber a través del desconcierto, frente a una situación que no domino. Es una empresa que sólo puedo llevar a cabo con los actores del Odin Teatret, cuyas fuertes personalidades se han templado a través de esta exploración paradójica: sabemos cómo buscar, pero todavía no sabemos lo que buscamos.
Debo componer un nuevo espectáculo. El primer esfuerzo consiste en saber crear un estado de incubación colectiva a partir de “agujeros negros”: dos, tres textos o historias distintas, un núcleo de preguntas inconciliables entre ellas, el acercamiento de temáticas discordantes. Los actores y yo dejamos que estos “agujeros negros” actúen sobre nosotros para atraer un flujo de ideas, recuerdos, fantasmas, episodios biográficos o imaginarios, datos de crónicas. A través de improvisaciones y un trabajo de composición consciente, damos a este flujo interior una anatomía, un sistema nervioso, un temperamento dinámico y sonoro bajo forma de acciones físicas y vocales. Estos materiales escénicos serán macerados, mezclados y destilados en el transcurso de los ensayos dejando aparecer, a veces, nexos sensoriales, melódicos, rítmicos, asociativos e intelectuales imposibles de prever: aquello que ignorábamos al principio.
Es un proceso en el que la incertidumbre y la aprensión acechan sin tregua. Los días y las semanas vuelan y nos sentimos atrapados en un lodazal de propuestas disparatadas, potencialidades dispersas, un cúmulo de escenas con direcciones incongruentes: la confusión. Procedo por saltos, coincidencias, incoherencias, equívocos e interferencias fortuitas. Decido sin saber por qué, e intuyo a intervalos inconexos. Sólo me guían el cansancio y la terquedad. Con el tiempo, he adquirido una cierta familiaridad con mi manera de pensar y aferrar con palabras mis pensamientos, que interpreto para mí y mis compañeros. Los reflejos condicionados me advierten cuáles son los callejones sin salida y cuáles los que me conducen a casa. Me dejo llevar por presentimientos. Presagio la casa de los vientos que estamos construyendo ciegamente.
Ciertamente este modo de proceder no es un ejemplo a seguir, sobre todo para un director novato o que se deja seducir por la fascinación de la serendipidad: los descubrimientos fortuitos y las soluciones inesperadas a través de un errar (equivocarse y vagar sin objetivo) por un penoso período de ensayos.
Cuando intento apoyarme en reglas seguras muy pronto me encuentro ridiculizado por mi ingenuidad. Si me resigno a un mundo absolutamente privado de reglas, pago esta ingenuidad con fracasos igualmente radicales. Entonces ¿qué hay entre las reglas y la falta de reglas, entre la ley y la anarquía? Si pienso en abstracto, parece que no hay nada. Pero la práctica me enseña que hay algo que tiene al mismo tiempo las características de la regla y las de su negación.
A este algo, normalmente lo llamamos error y es lo que me ayuda a superar la confusión. Reconozco dos tipos de errores: sólidos y líquidos. El error sólido se deja medir, modelar o modificar hasta perder su carácter de inexactitud, equívoco, insuficiencia o absurdidad. Se deja rencuadrar en la regla o transformar en orden. El error líquido no se deja apresar o valorar. Se comporta como una mancha de humedad detrás de una pared. Indica algo que viene de lejos. Veo que una cierta escena es “errónea”, pero si tengo paciencia y no hago un uso inmediato de mi inteligencia, me doy cuenta de que en vez de corregirla la tengo que seguir. Precisamente el hecho de que sea tan claramente errónea me hace sospechar que no es simplemente disparatada, sino que sigue un camino lateral que todavía no sé adónde conduce.
Lo más difícil de aprender es la capacidad de agarrarse al error, no para rectificarlo, sino para descubrir adónde nos conduce.
Este saber tácito está enraizado en mí, en mis nervios, en el músculo del corazón. No se deja enseñar o transmitir como un método formulable y aplicable. Cada cual, enredándose en la confusión, pasando por deslumbramientos y desbandadas, dando cabezazos en el propio silencio y la propia soledad, tiene que saber subvertir la propia seguridad profesional y adivinar cómo abrir una grieta para que irrumpa su Desorden.
Anarquía de los cuentos de hadas y el arte del error
El Desorden no construye nada. A veces es intensamente desagradable, pero colabora en romper las cadenas.
Me han enseñado: ama a tus enemigos. En la vida cotidiana es una tarea de santos. En la vida artística es la práctica normal del oficio. Cuántas veces, preparando un espectáculo, caigo en la confusión y me doy cuenta de haber tomado un camino erróneo. Confusión y desorientación son enemigos a los que hay que amar.
Me han enseñado: la vida es un sueño. No es verdad. La vida es un cuento de hadas. Es un mundo de pura anarquía donde quien intenta con perseverancia conseguir su objetivo y se esfuerza para seguir un camino razonable, pierde. Por el contrario, quien se comporta de una forma disparatada, al final encuentra una princesa.
El mundo de los cuentos de hadas es pura anarquía porque se concentra esencialmente en la necesidad de romper las cadenas. El cuento de hadas rompe las cadenas que atan los relatos al mundo tal como es. Pero paga esta libertad con el riesgo de la arbitrariedad. Por esto está poblado de monstruos, de sombras dotadas de vida autónoma, de mujeres y hombres medio humanos medio animales, de muertos que hablan y de objetos que viven y piensan. No es el mundo del mito o la fantasía. Es el mundo de la confusión. Los niños aman ese mundo, pero ese mundo no ama a los niños. En los cuentos de hadas los niños muy a menudo mueren; son abandonados y aplastados; experimentan la realidad desnuda: ansiedad y pavor entremezclados con relámpagos de justicia insensata. La pura anarquía de los cuentos de hadas, ¿qué me enseña para mi trabajo teatral?
Durante los ensayos, cuando toma la delantera la confusión, todo se vuelve indeterminado. La niebla me impide encontrar cualquier dirección. Para orientarme, me esfuerzo en condensar la evanescencia de la confusión en sólidos errores que deben ser corregidos y eliminados para restituir orden a las circunstancias. Paralelamente debo saber individuar los errores líquidos sobre los cuales resbalar hacia donde no había imaginado ir, donde no quería o no creía poder ir.
Si fuera cierto que los cuentos de hadas enseñan algo, tendría que reconocer que aleccionan sobre la bendición del error. La estupidez o la falta de memoria de un protagonista, un intercambio de personajes, un sueño que dura años, un cuervo muerto que te metes en el bolsillo, son a menudo las premisas y las condiciones para un final feliz imprevisto.
¿Existe por lo tanto un arte del error? Hoy, después de cuarenta años con el Odin Teatret, creo poder afirmar que hay errores que potencian la confusión y errores que liberan. Más que en la inspiración, la voz de las musas, el daimon, el duende o el ángel de la guarda, creo en algo mucho más concreto: los errores que liberan cuando tenemos la sagacidad de presagiarlos y seguirlos. Son un signo que se desprende del silencio. Provienen de aquella parte de nosotros mismos que no conocemos. Deberíamos considerarlos como un mensaje que nos ha confiado el maestro loco.
Materiales orgánicos
Todo esto tiene que ver con la totalidad del cuerpo, no sólo con la carne y los huesos, sino también con los músculos, los nervios, las relaciones complejas entre órganos, la circulación sanguínea, las sinapsis. El cuerpo es lo que más se asemeja al pensamiento, precisamente porque es organismo-espíritu: cuerpo-mente.
Por esto siempre me han apasionado los materiales orgánicos de los cuales está hecho el teatro. Y las irradiaciones que se desprenden de estos materiales. Me gusta trabajar con esta materia viviente para trenzar diálogos silenciosos con espectadores antropófagos –aquellos que vienen con la necesidad de devorar con los sentidos. Me place servirme de ellos para abrir senderos que apenas abiertos se volverán a cerrar dentro de mí, pero que permiten que mis actores y yo permanezcamos en transición.
El choque inesperado con una realidad teatral que siembra el trastorno dentro de mí lo viví varias veces durante mi aprendizaje. Permanecen indelebles en mi médula y en mi cerebro La madre, de Gorki-Brecht en el Berliner Ensemble, un espectáculo Kathakali en la húmeda noche india, El príncipe constante, de Grotowski.
De manera igualmente imprevista e involuntaria he experimentado y continúo experimentando el Desorden en el trabajo con mis actores. Desde los primeros años ciertos diseños de sus acciones físicas y vocales, a base de ser repetidos y refinados, saltaban hacia otra naturaleza o realidad de ser.
Lo he constatado personalmente: procedente de un más allá que no sé dónde está ni qué es, en mi arena de gallos emerge un cuerpo más denso, incandescente y luminoso que los cuerpos que poseemos. Este cuerpo-en-vida irrumpe sin preocuparse del buen o del mal gusto, por la conjunción de la causalidad y del oficio, o a causa del carácter imprevisto en un elaborado cálculo. El teatro ha constituido para mí –hoy me doy cuenta con claridad– una herramienta preciosa para hacer incursiones en zonas del mundo que parecían lejos de mi alcance. Incursiones en las tierras ignotas que caracterizan la realidad vertical o espiritual del ser humano. E incursiones en el espacio horizontal de las relaciones humanas, de los ámbitos sociales, de las relaciones de poder y de la política, en la viscosa realidad cotidiana de este mundo donde vivo pero al que no quiero pertenecer.
Todavía hoy continúa fascinándome el hecho de que el teatro proporciona instrumentos, caminos y coberturas para incursiones en la doble geografía: la que me circunda y la que yo circundo. Por un lado el mundo externo, con sus reglas, su vastedad, sus zonas incomprensibles y seductoras, su maldad y su caos; por otro, el mundo interior con sus continentes y océanos, sus pliegues y sus fecundos misterios.
¿Qué ha sido el entrenamiento de mis actores, sino un puente entre estos dos extremos: entre la incursión en la máquina del cuerpo y la apertura de vados para la irrupción de una energía que rompe los límites del cuerpo?
El teatro es el oficio de la incursión, una isla flotante de disidencia, un claro en el corazón del mundo civilizado. Raramente, algunas privilegiadas veces, es también la turbulencia del Desorden que confunde mi manera familiar de convivir con el espacio y el tiempo circundantes, y a través del trastorno me obliga a descubrir otra parte de mí.
Traducción del italiano: Lluís Masgrau
Nano – Tercer Misterio Doloroso: «Cómo mandar la pirola»
Nano es inventor…. También… Perfectamente sus creaciones podrían estar entre las más absurdas de la vida, aunque siempre tendrán por motivación solucionarla.
Si alguien se estuviera preguntando que demonios estaba pensando cuando se le ocurrió tal soberana gilipollez, la respuesta está en la misma pregunta… Acotar y controlar el pensamiento que se escapa y no controlamos…. ¿Es imposible patentar tal despropósito?… Veremos… Lee el resto de esta entrada
Segundo Misterio Doloroso: «Momento Peter Pan»
Magistral inicio del llamado Segundo Misterio Doloroso… Lee el resto de esta entrada
Nano – El Derecho a Hablar con Dios
NANO vuelve a la Iglesia que le vio nacer, crecer y que probablemente le arrope en el día de su muerte. La conoce bien al igual que conoce bien al Dios que la habita. Por ello NANO es el perfecto paciente de un psicólogo virtual al que nadie ha visto y todos conocen.
NANO no es tonto, ¿o si?. Es más listo de lo que parece, ¿o no?. Es difícil encasillar a NANO, intentar definirlo, pero si se pueden asegurar dos cosas: ni es simple ni aburrido.
NANO posee los mismos mecanismos extraños de la salsa agridulce de los restaurantes chinos, una dosis de acidez y amargor mezclada con sabor dulce y agradable: la boca lo agradece pero se saltan las lágrimas.
NANO es divertido y eso que lo que cuenta no lo es, pero lo cuenta a su manera, atrapa al espectador, lo envuelve en sus relatos, recorre su vida, sus inventos científicos, sus métodos para el control de las erecciones, su enfado con Peter Pan…. Pero por encima de todo, el miedo al paso del tiempo y a que lo atrape el Sacamantecas.
NANO es tierno, es como un enorme pan Bimbo que habla desde la ingenuidad más absoluta, desde sus ojos de niño grande. Y ya se sabe cuales son las dos grandes cualidades de los niños: inocencia e imaginación.
NANO es, en definitiva, una obra ideal para gente con miedo a la paternidad, crisis de edad y disfunciones eréctiles.
Harold Pinter: Arte, Verdad y Política
Harold Pinter: Discurso de agradecimiento del Nobel de Literatura
En 1958, escribí lo siguiente:
‘No hay distinciones concretas entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa.’
Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar: ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?
La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los dedos y se pierda.
Me han preguntado con frecuencia cómo nacen mis obras teatrales. No sé cómo explicarlo. Como tampoco puedo resumir mis obras, a menos que explique qué ocurre en ellas. Esto es lo que dicen. Esto es lo que hacen.
Casi todas las obras nacen de una frase, una palabra o una imagen. A la palabra le sigue rápidamente una imagen. Os daré dos ejemplos de dos frases que aparecieron en mi cabeza de la nada, seguidas por una imagen, seguidas por mí.
Las obras son ‘The Homecoming’ (La vuelta a casa) y ‘Old times’ (Viejos tiempos). La primera frase de ‘The Homecoming’ es “¿Qué has hecho con las tijeras?» La primera frase de ‘Old times’ es “Oscuro”.
En ninguno de los casos disponía de más información.
En el primer caso alguien estaba, obviamente, buscando unas tijeras, y preguntaba por su paradero a otro de quien sospechaba que probablemente las había robado. Pero, de alguna manera, yo sabía que a la persona interrogada le importaban un bledo tanto las tijeras como el interrogador.
En ‘Oscuro’, tomé la descripción del pelo de alguien, el pelo de una mujer, y era la respuesta a una pregunta. En ambos casos me encontré obligado a continuar. Ocurrió visualmente, en una muy lenta graduación, de la sombra hacia la luz.
Siempre comienzo una obra llamando a los personajes A, B y C.
En la obra que acabaría convirtiéndose en ‘The Homecoming’, ví a un hombre entrar en una habitación austera y hacerle la pregunta a un hombre más joven sentado en un feo sofá con un periódico de carreras de caballos. De alguna forma sospechaba que A era un padre y que B era su hijo, pero no tenía la certeza. Esta posibilidad se confirmaría sin embargo poco después cuando B (que más adelante se convertiría en Lenny) le dice a A (más adelante convertido en Max), “Papá, ¿te importa si cambiamos de tema de conversación? Te quiero preguntar algo. Lo que cenamos antes, ¿cómo se llama? ¿Cómo lo llamas tú? ¿Por qué no te compras un perro? Eres un chef de perros. De verdad. Crees que estas cocinando para perros.” De manera que como B le llama a A “Papá” me pareció razonable asumir que eran padre e hijo. A era claramente el cocinero y su comida no parecía ser muy valorada. ¿Significaba esto que no había una madre? Eso aún no lo sabía. Pero, como me dije a mí mismo entonces, nuestros principios nunca saben de nuestros finales.
‘Oscuro’. Una gran ventana. Un cielo al atardecer. Un hombre, A (que se convertiría en Deeley) y una mujer, B (que luego sería Kate) sentados con unas bebidas. ¿Gorda o flaca?, pregunta el hombre. ¿De quién hablan? Pero entonces veo, de pie junto a la ventana, a una mujer, C (que sería Anna), iluminada por una luz diferente, de espaldas a ellos, con el pelo oscuro.
Es un momento extraño, el momento de crear unos personajes que hasta el momento no han existido. Todo lo que sigue es irregular, vacilante, incluso alucinatorio, aunque a veces puede ser una avalancha imparable. La posición del autor es rara. De alguna manera no es bienvenido por los personajes. Los personajes se le resisten, no es fácil convivir con ellos, son imposibles de definir. Desde luego no puedes mandarles. Hasta un cierto punto, puedes jugar una partida interminable con ellos al gato y al ratón, a la gallina ciega, al escondite. Pero finalmente encuentras que tienes a personas de carne y hueso en tus manos, personas con voluntad y con sensibilidades propias, hechas de partes que eres incapaz de cambiar, manipular o distorsionar.
Así que el lenguaje en el arte es una ambiciosa transacción, unas arenas movedizas, un trampolín, un estanque helado que se puede abrir bajo tus pies, los del autor, en cualquier momento.
Pero, como he dicho, la búsqueda de la verdad no se puede detener nunca. No puede aplazarse, no puede retrasarse. Hay que hacerle frente, ahí mismo, en el acto.
El teatro político presenta una variedad totalmente distinta de problemas. Hay que evitar los sermones a toda costa. Lo esencial es la objetividad. Hay que dejar a los personajes que respiren por su cuenta. El autor no ha de confinarlos ni restringirlos para que satisfagan sus propios gustos, disposiciones o prejuicios. Ha de estar preparado para acercarse a ellos desde una variedad de ángulos, desde un surtido amplio y desinhibido de perspectivas que resulten. Quizá, de vez en cuando, cogerlos por sorpresa, pero a pesar de todo, dándoles la libertad para ir allí donde deseen. Esto no siempre funciona. Y, por supuesto, la sátira política no se adhiere a ninguno de estos preceptos. De hecho, hace precisamente lo contrario, que es su auténtica función.
En mi obra ‘The Birthday Party’ (La fiesta de cumpleaños) creo que permito el funcionamiento de un amplio abanico de opciones en un denso bosque de posibilidades antes de concentrarme finalmente en un acto de dominación.
‘Mountain Language’ (El lenguaje de la montaña) no aspira a esa amplitud de funcionamiento. Es brutal, breve y desagradable. Pero los soldados en la obra sí que se divierten con ello. Uno a veces olvida que los torturadores se aburren fácilmente. Necesitan reírse de vez en cuando para mantener el ánimo. Este hecho ha sido confirmado naturalmente por lo que ocurrió en Abu Ghraib en Bagdad. ‘Mountain Language’ sólo dura 20 minutos, pero podría continuar hora tras hora, una y otra y otra vez, repetirse de nuevo lo mismo de forma continua, una y otra vez, hora tras hora.
‘Ashes to ashes’ (Polvo eres), por otra parte, me da la impresión de que transcurre bajo el agua. Una mujer que se ahoga, su mano que emerge sobre las olas intentando alcanzar algo, que se hunde y desaparece, buscando a otros, pero sin encontrar a nadie, ya sea por encima o por debajo del agua, encontrando únicamente sombras, reflejos, flotando; la mujer es una figura perdida en un paisaje que las aguas están cubriendo, una mujer incapaz de escapar de la catástrofe que parecía que sólo afectaba a otros.
Pero, de la misma forma que ellos murieron, ella también ha de morir.
El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno de estos territorios dado que la mayoría de los políticos, según las evidencias de que disponemos, no están interesados en la verdad sino en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario mantener al pueblo en la ignorancia, que las gentes vivan sin conocer la verdad, incluso la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado de mentiras, de las cuales nos alimentamos.
Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos y provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con Al Quaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.
La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo decide encarnarlo.
Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta época a cierta clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que nos permite el tiempo que tenemos.
Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.
Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EEUU en la misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera como crímenes. Creo que esto hay que solucionarlo y que la verdad sobre este asunto tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra el mundo actualmente. Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran.
La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito de Estados Unidos. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido -o molido a palos, que viene a ser lo mismo– y tus propios amigos, los militares y las grandes corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy hablando.
La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve Estados Unidos su papel en el mundo, tanto entonces como ahora.
Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EEUU en Londres a finales de los 80.
El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”
Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. «Padre», dijo, «déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre». Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.
La gente inocente, en realidad, siempre sufre.
Finalmente alguien dijo: «Pero en este caso ‘las personas inocentes’ fueron las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una entre muchas. Si el Congreso concede a la Contra más dinero, tendrán lugar más atrocidades de esta clase. ¿No es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los ciudadanos de un estado soberano?»
Seitz se mantuvo imperturbable. «No estoy de acuerdo con que los hechos tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones». dijo.
Mientras abandonábamos la embajada, un asistente estadounidense me dijo que había disfrutado con mis obras. No le respondí.
Debo recordarles que el entonces presidente, Reagan, hizo la siguiente declaración: «La Contra es el equivalente moral a nuestros Padres Fundadores».
Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.
Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de muerte fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados de una muerte segura. A unas 100.000 familias se le dieron títulos de propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue erradicada.
Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le permitía incrementar los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz resistencia al status quo en el Salvador.
He hablado anteriormente de «un entramado de mentiras» que nos rodea. El presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un «calabozo totalitario». Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por supuesto por el gobierno británico, como un comentario acertado e imparcial. Pero lo que ocurre es que, bajo el gobierno sandinista, no estaba documentada la existencia de escuadrones de la muerte. No había constancia de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se calcula que unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares.
Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989 por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, USA. Un hombre extremadamente valiente, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras se dirigía a la gente. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la interminable situación de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.
Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno Sandinista. Tardaron varios años y hubo una resistencia considerable, pero una persecución económica implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes empresas volvieron en mayor número. La ‘Democracia’ había prevalecido.
Pero esta ‘política’ no se limitó, de ninguna manera, a Centroamérica. Se realizó a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como si nunca hubiese sucedido.
Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las dictaduras militares de derechas en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca purgado ni olvidado.
Cientos de miles de muertes tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.
Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito.
Os digo que Estados Unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante. Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a tomar en beneficio del pueblo americano”.
Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar. Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona, por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos “gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.
Estados Unidos ya no se preocupa por los conflictos de baja intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente les importan un bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico, que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña.
¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral? ¿La hemos tenido alguna vez? ¿Qué significan estas palabras? ¿Se refieren a un término muy raramente utilizado estos días, conciencia? ¿Una conciencia para usar no sólo con nuestros propios actos sino para usar también con nuestra responsabilidad compartida en los actos de los demás? ¿Está todo muerto? Mirad Guantánamo. Cientos de personas detenidas sin cargos a lo largo de tres años, sin representación legal ni un juicio conveniente, técnicamente detenidos para siempre. Esta estructura totalmente ilegal se mantiene como un desafío a la convención de Ginebra. Esto no es sólo tolerado sino que es difícilmente planteado por lo que se llama ‘la comunidad internacional’. Esta atrocidad criminal la comete un país, que se declara a sí mismo ‘el líder del mundo libre’. ¿Pensamos en los habitantes de la bahía de Guantánamo? ¿Qué es lo que dicen los medios? Lo reseñan ocasionalmente – una pequeña mención en la pagina seis. Ellos han sido consignados a una tierra de nadie de la que, por cierto, puede que nunca regresen. En la actualidad muchos están en huelga de hambre, alimentados a la fuerza, incluidos los residentes británicos. No hay sutilezas en estos procesos de alimentación. Ni sedaciones ni anestésicos. Solo un tubo insertado en tu nariz y dentro de tu garganta. Tú vomitas sangre. Esto es tortura. ¿Qué ha dicho la Secretaría Británica de Exteriores sobre esto? Nada. ¿Qué ha dicho el primer ministro británico sobre esto? Nada ¿Por qué no? Porque los Estados Unidos han dicho: criticar nuestra conducta en la bahía de Guantánamo constituye un acto poco amistoso. O estáis con nosotros o contra nosotros. Así que Blair se calla.
La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios y, por consiguiente, del público; un acto con la intención de consolidar el control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio camuflado –como ultimo recurso, todas las otras justificaciones han caído por ellas mismas– como una liberación. Una formidable aseveración de la fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de personas inocentes.
Hemos traído tortura, bombas racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo Iraquí y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”
¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Más que suficiente, habría pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado el Tribunal Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado, Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al Tribunal su dirección si está interesado. Es el número 10 de Downing Street, Londres.
La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair, colocan la muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen. Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. «No hacemos recuento de cuerpos», dijo el general americano Tommy Franks.
Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos británicos una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. «Un niño agradecido», decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único superviviente. «¿Cuándo recuperaré mis brazos?», preguntaba. La historia desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando un discurso sincero en televisión.
Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.
He aquí un extracto del poema de Pablo Neruda: ‘Explico Algunas Cosas’:
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!
Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein. Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.
He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política oficial es hoy en día definida como ‘Dominio sobre todo el espectro’. Ése no es mi término, es el suyo. ‘Dominio sobre todo el espectro’ quiere decir control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.
Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo en 132 países, con la honorable excepción de Suecia, por supuesto. No sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.
Los Estados Unidos poseen ocho mil cabezas nucleares activas y utilizables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como ‘destructores de búnkeres’. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil -la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares- constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso.
Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente, todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya.
Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho.
«Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquel otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides»
La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección -a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político.
Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado «Muerte»
¿Dónde se halló el cadáver?
¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?
¿Quién era el cadáver?
¿Quién era el padre o hija, o hermano
o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?
¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?
¿Fue abandonado?
¿Quién lo abandonó?
Qué le hizo declarar muerto al cadáver?
Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?
¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?
Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo -porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.
Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.
El intelectural del teatro contra la dictadura del presente
El nombre de Christian Ludvigsen está relacionado con el del Odin Teatret desde nuestra primera gira en Dinamarca en 1965, y aún más desde que nos mudamos de Noruega a Holstebro en junio de 1966.
Holstebro no está lejos de Århus, allí Christian Ludvigsen enseñaba en el instituto de dramaturgia de la Universidad, recién inaugurado. Recuerdo con gratitud la actitud con la cual se acercó a nuestro trabajo, su interés, su confianza. Todo eso fue de gran ayuda en nuestros comienzos cuando hacíamos teatro y pensábamos en él de una manera que para los otros no era fácilmente reconocible.
Estábamos forzados a ser diferentes, y Christian Ludvigsen fue uno de los que en esta diversidad supo reconocer un valor que debía defenderse. Éramos autodidactas y éramos extranjeros. Podíamos tratar de hacer una mala imitación del mejor teatro profesional. O podíamos inventar nuestro propio teatro y nuestra propia forma de ser profesionales. Lo hicimos con todo el rigor y el jacobinismo de la juventud. Es natural que las reacciones a nuestro alrededor estuvieran teñidas de incomprensión, ironía o indiferencia. La gente preguntaba: ¿ es de verdad teatro lo que ellos hacen? ¿Es útil para la gente? ¿Merecen una subvención? Christian Ludvigsen fue uno de los que explicó por qué un teatro tan anómalo y aislado como era en aquel entonces el Odin Teatret, tenía el derecho a existir y ser subvencionado por la comunidad.
Esta es una de las funciones de los intelectuales – historiadores, críticos, y teóricos – que pertenecen a la cultura del teatro: defender los teatros débiles, extraños para el gusto y los criterios que prevalecen. Esta defensa no es sólo una cuestión de palabras cultas y argumentos enraizados históricamente, sino también la posición de alguien que tiene un título, un rol y prestigio cultural.
Al leer esto, muchos sonreirán: “Acá tenemos la típica manera de pensar de la gente de teatro. Para ellos los intelectuales son sólo herramientas para asegurarse sustento, reconocimiento y publicidad”. Esa sonrisa está fuera de lugar. Lo comprenderán fácilmente si tienen la paciencia de reflexionar sobre algunas características generales de la cultura teatral constantemente amenazada por su indisoluble relación con el presente.
¿Qué sería de nuestro panorama artístico si, como en una nueva Atlantis, todos los textos, pinturas, músicas y películas desaparecieran – obras que, cuando fueron creadas por primera vez, no fueron consideradas merecedoras de existencia? Entre estos trabajos “rechazados” sabemos hoy que hay muchas obras maestras de las cuales nuestra civilización no puede prescindir. Sin embargo, las obras hechas por acciones humanas – los productos teatrales – no pueden superar una primera fase de indiferencia o condena, como lo pueden hacer las que son hechas con palabras, colores, sonidos escritos sobre una partitura, imágenes grabadas en un film u ondas electrónicas. Estas perduran en el tiempo. Las obras de teatro son incapaces de beneficiarse con la dilación: deben ser aceptadas inmediatamente cuando nacen, de otra manera no existen ni existirán.
Esto quiere decir que la vida teatral corre el riesgo de perder el aporte de esas obras inadecuadas al presente, pero tal vez abiertas ya al futuro y fuentes de energía para el desarrollo de otras formas artísticas. Cuando el ser humano vive sólo a merced de los valores del presente, se está en estado de barbarie. Es esencial en teatro, encontrar las fuerzas capaces de oponerse a la dictadura del presente. Una de esas fuerzas puede estar constituida por un particular tipo de espectador. Es una minoría, capaz de compensar con el peso de sus conocimientos, experiencia y prestigio el hecho de ser sólo un pequeño número.
Es importante no caer en equivocaciones: no es una minoría deseando imponer sus propios gustos a una mayoría de espectadores. Por el contrario, es un grupo restringido de gente que pueden ser capaces de reforzar lo que de otra manera naufragaría en la indiferencia y en la incomprensión general. No es una cuestión de oposición entre los muchos y los pocos, sino de una actitud ética profesional, para crear un contrapeso al irremediable carácter efímero del teatro que parece condenado a ser esclavo del presente.
Es cierto que mi gratitud hacia Christian Ludvigsen encierra motivos personales. Pero responde sobre todo a consideraciones de orden general y objetivo. Si bien es esencial, el rol de defensor de los “rechazados” no puede durar mucho. Los “rechazados”, si logran vivir, cesan de ser “rechazados” y se vuelven individuos tal vez extraños y diferentes, pero con un lugar y un rol propio dentro del panorama general.
Nuestra tradición le sugiere algunos roles al intelectual que entra en contacto con un teatro: dramaturgo, consejero literario, ideólogo, portavoz oficial en el mundo de la crítica y de la cultura. En otras palabras, es quien escribe el texto, quien escribe el programa del espectáculo, quien escribe revistas o teoriza. Ninguna de estas funciones es negativa. Lo que es negativo es quedar fijado en un rol. Muchas veces las colaboraciones entre la gente de teatro y los intelectuales fallan o se degeneran porque están organizadas según una división abstracta del trabajo. En teatro, la única división de trabajo que funciona es la que no parte de una división de roles y se desarrolla de manera orgánica entre las personas que intervienen en el proceso.
El teatro no vive a través de una suma de especializaciones, sino en la lenta creación de un tejido de relaciones, de un ethos común en el cual cada individuo está comprometido por entero, disolviendo la máscara profesional.
Mi colaboración con Christian Ludvigsen me hizo comprender esto desde los inicios del Odin Teatret, y fue confirmado luego por otras experiencias. Se volvió, si no un programa consciente, al menos un valor en mi vida profesional.
Los intelectuales que colaboran con un teatro, incluso cuando poseen una mente abierta y están preparados profesionalmente, no pueden limitarse a ejercitar lo que frecuentemente llaman “sus propias competencias intelectuales”. La misma situación los fuerza a elegir: rigidizar y esterilizar las relaciones o volverse un intelectual que las traspasa.
Si no razonamos según un esquema de división de trabajo sino según el que apunta a los encuentros entre seres humanos, es evidente que un encuentro es posible sólo si cada una de las partes abandona sus propios territorios adentrándose en un terreno desconocido que va más allá de los seguros límites de la especialización personal.
Lo mismo vale para el artista de teatro cuando se encuentra con un intelectual. No sirve de nada cederle una parte del trabajo, esperar sus soluciones o sus propuestas. Es necesario avanzar en otros terrenos, forzando al otro a entrar, él también, en territorios que le son desconocidos. Después de todo, esta dinámica no es diferente a la establecida entre actor y director cuando el trabajo crece y se vuelve vivo. Ser un intelectual que traspasa no quiere decir solamente ser capaz de avanzar en terrenos nuevos respecto a la propia especialización. Quiere decir, sobre todo, aceptar el carácter relativo de las propias visiones, de las propias definiciones de las cosas y de sus sentidos. Muchas veces tenemos una fe excesiva en las categorías que usan los expertos, y creemos que su manera de clasificar y definir eventos coincide con el descubrimiento de la verdadera esencia de los mismos.
Desde su inicio, la relación entre Christian Ludvigsen y el Odin Teatret no estaba fundada en una definición clara de roles y división del trabajo, sino en la proximidad de las personas. Era una manera libre de interactuar, que a veces se concretaba en proyectos y actividades comunes y que en otros casos podía abarcar largos períodos aparentemente inactivos, casi en un estado de escucha, de contigüidad o de espera en vigilia.
El modelo que se configuró en esta primera relación fue desarrollado a lo largo del tiempo. Creo que este modelo basado en superar y traspasar los roles es la causa de una de las características que el Odin Teatret ha adquirido a largo de su historia. Hoy un heterogéneo y sustancial entorno de intelectuales se acomuna alrededor del Odin Teatret. Parecen estimulados por sus conexiones con nuestro grupo de teatro, y a veces interactúan entre ellos como si fueran un verdadero grupo de trabajo. Pero en realidad, no lo son, ni formalizan las relaciones entre ellos, ni las que establecen con el Odin. Sobre todo no traducen la red de sus relaciones en un programa de investigación interdisciplinario, sino en influencias libres y recíprocas entre las personas.
De esta constelación que ha ido creciendo gradualmente en los primeros 25 años del Odin Teatret nació la estructura de la ISTA (International School of Theatre Anthropology). Cuanto más desprovista de relaciones formales, más sólida ha sido su estructura. Aquí, los artistas de teatro y los intelectuales, expertos en diferentes disciplinas, se reúnen periódicamente en un ambiente de investigación práctica y estudios comparativos que no prevé distinción de roles, ni objetivos comunes, ni una visión unitaria del teatro, de su práctica, historia y teoría. El estímulo para reunirse nace de un verdadero y mutuo interés, de la inclinación hacia una investigación empírica y el reconocimiento de la fertilidad de las circunstancias en las cuales cada uno es forzado a traspasar los límites de sus roles y especialidad.
La ISTA es un lugar y un tiempo en el cual los artistas e intelectuales pueden vivir y trabajar codo a codo superando una distinción fundamental: la que separa la experiencia del actor de la experiencia del espectador.
En efecto, entre los diferentes tipos de etnocentrismo, hay uno que no depende de las geografías o fronteras entre culturas, sino de la pura perspectiva teatral. Este etnocentrismo escruta los problemas del teatro únicamente desde el punto de vista del observador. Este punto de vista unilateral, debido a que los observadores están imposibilitados o son incapaces de desplazarse, les hace creer que el teatro se identifica sólo con la cara que les muestra.
Esta visión reducida de la realidad teatral es muchas veces la causa de la falta de diálogo entre los observadores y los artesanos del teatro. Los que están en la platea no entienden a los que están en el escenario. Creen que hablan de las mismas cosas y se dan cuenta de que hablan de cosas totalmente diferentes. El diálogo se interrumpe. O bien, quien es más débil de pensamiento o tiene menos armas en el plano teórico asume la óptica del otro. Es innecesario decir que en la mayoría de los casos es el actor quien acepta el punto de vista del intelectual, incluso sabiendo que entra en conflicto con su experiencia personal. De esta manera, el etnocentrismo del observador se vuelve equivalente, en términos teatrales, a un proceso de colonización.
A todo esto se suma que muchas veces el intelectual actúa como “crítico” en relación al teatro. Nuestras convenciones culturales lo instalan en una posición de juez que ejerce, lo quiera o no, un poder. Es fácil comprender por qué frecuentemente la relación entre los dos hemisferios de la cultura teatral es una serie de monólogos que van paralelos o un conflicto más que un diálogo.
Es una lástima que la función del intelectual haya sido casi completamente identificada con la del crítico o con la persona responsable del texto que será llevado a escena. O, en situaciones particulares, por una división del trabajo aún más engañosa, ha sido identificado con la figura del responsable de la correcta ideología. Todas estas son configuraciones falsas de la relación entre los dos hemisferios del teatro. Tienen el serio defecto de reproducir la jerarquía de roles que en el plano práctico es improductiva y éticamente inaceptable.
Para nosotros, gente de teatro, el intelectual puede ser algo más: un aliado en la lucha para sustraernos a la dictadura del presente. No sólo en los inicios, cuando el espíritu del tiempo amenaza a cada teatro que sea diferente. Sino también posteriormente, cuando la dictadura del presente amenaza a un teatro desde adentro bajo la forma de respeto por las normas establecidas por el mercado, los sindicatos, las leyes del estado y la competencia. Y sobre todo, cuando nuestro teatro, incluso presentándose coherente consigo mismo, en realidad abdica al riesgo, a la elección permanente y al esfuerzo para escapar de nuestros propios manierismos.
En ese verdadero momento de peligro y extravío, es particularmente importante escuchar a los intelectuales que han forjado sus armas para descender al pasado y encontrar personas que no están más. Hablo de esos intelectuales que tienen una familiaridad con las sombras así como con los cuerpos en vida. Los necesitamos, porque nos ayudan a recordar que puede existir un teatro que imprime su sombra en la historia.
Hacia una formación teatral conservadora
Diversas explicaciones hay para la tendencia cada vez más marcada hacia el alejamiento del público de los espectáculos teatrales. Más allá de esporádicos rebrotes de interés es una realidad no sólo nuestra, uruguaya, sino que por lo menos del teatro de nuestro continente. Lo he podido palpar directamente al estar trabajando todos los años en diversos países de la región.
La cuestión es que para cumplir con esa expectativa debemos tener artistas bien formados en la profesión de crear personajes creíbles. Pero resulta que en general se le da a los estudiantes una formación ecléctica donde al final salen sabiendo de muchas cosas pero no tienen el dominio de las herramientas fundamentales del actor profesional. He tenido la experiencia de trabajar con actores de varios países, entre ellos de Rusia y la diferencia es abismal, y por la sencilla razón de que ellos tienen una formación teatral conservadora. Es decir a todos se les enseña lo mismo, la base formativa es común a todos y es el Sistema de Stanislavski ( con todos los aportes de Vajtangov, Mijail Chejov, Grotowski, entre otros ) Hay que terminar con la confusión tan común entre estética y formación. Con los estudiantes no hay que hacer experiencias sino que hay dotarlos de la seguridad en el dominio de los fundamentos del oficio del actor. No puede ser que en una escuela de teatro haya diversos profesores de actuación que enseñan de manera distinta. Que si el alumno- como ha pasado en la EMAD de Montevideo no muchos años atrás- se cambia a medio año del turno diurno al nocturno, compruebe que los profesores de actuación siguen pautas diferentes para su educación. Hay incluso quienes se jactan de ese tipo de cosas y hasta llegan ha disparatear a mi juicio diciendo que hay varios caminos para llegar a la verdad y que vamos hacia un teatro narrado donde ya no existirán personajes. Si estos augurios se hicieran realidad en el futuro,¡ pobre teatro !. Quedará reducido a una élite que gozará de las múltiples experiencias estéticas, que las podrán decodificar, así como habrá otros que nos las entiendan pero que las aplaudirán por puro snobismo, como se decía antes. Pero el gran público que es pueblo quedará por fuera de esto. Deberíamos ir, tal como se está ya haciendo en varios países de Europa e incluso en China, hacia una formación teatral conservadora, tal como se hace por ejemplo y se acepta en el ballet, en la música, en la plástica.
Si seriamente queremos formar un buen bailarín de danza moderna empezaremos por la danza clásica ¿verdad? Así como nadie piensa que se pueda enseñar a pintar sin aprender antes a dibujar, o a enseñar a pintar a la manera como pintaba Monet o Velásquez. Nadie piensa en enseñar música poniendo al estudiante a improvisar en el piano lo que le salga, ¿y porque sin embargo se hace esto en el teatro ? El Sistema de Stanislavski sentó las primeras bases formativas de la escuela de teatro, hay que conservar esa herencia valiosa, incluyéndole sí los aportes hechos por otros maestros que lo siguieron.
Ahora bien, qué entendemos cuando decimos Sistema de Stanislavski Para aceptarlo o rechazarlo primero aclaremos de cuál Stanislavski estamos hablando: No precisamente del Stanislavski de los libros traducidos en su mayoría del inglés de las traducciones del ruso de la Sra. Elizabeth Reynolds Hapgood , quién se abrogó el derecho incluso de compendiar algunos textos. Lamentablemente sabemos que Stanislavski firmó un contrato con ella en razón del cual todo lo que se refiriera a su obra a publicar fuera de la URSS durante el S. XX debía pasar primero por sus mercantilistas manos. Así tenemos los títulos que incluso citan profesores e investigadores de teatro como Creación del Personaje, Un actor se prepara, Preparación del actor, etc. , que ya desde el arranque desvirtúan la obra del Maestro, porque esos no son títulos de él, son títulos para vender un producto. El trabajo del actor sobre sí mismo como título original no fue antojadizo para Stanislavski. Representaba primero que nada su concepción profunda (y también diremos de la cultura rusa) de la vital importancia que el trabajo tiene para el artistas. Para nuestra cultura teatral y sobre todo en la faz formativa cuesta mucho arraigar el concepto del trabajo. Siempre hay más apresuramiento por estar pronto en el escenario que vocación por aprender- a veces incluso dolorosamente- el oficio del actor. (De ahí muchas veces la búsqueda de los caminos fáciles y rápidos que directa o indirectamente proponen algunos talleres). Siempre digo a mis estudiantes que en Rusia el verbo más importante es Trabajar (Rabota en ruso) Cualquier cosa que se estropee, que deje de funcionar ellos dirán que aquello no trabaja ( ni rabota en ruso). La otra connotación del título original es que Stanislavski nos está señalando que en el teatro somos nosotros el instrumento e instrumentista. Somos nosotros mismos los primeros que debemos sentir los problemas del personaje para luego- como decía Shepkin, otro gran actor ruso del siglo XIX- adquirir el derecho a hablar en nombre del personaje.
Además del tema de las traducciones, si hay algo que no se puede aprender en los libros es el Sistema de Stanislavski. Es un sistema formativo esencialmente práctico, y es sólo en esa práctica de los ejercicios que se entiende realmente cual es la propuesta stanislavskiana. También conviene señalar que afortunadamente ha existido en la década del 90 una edición en español de Editorial Quetzal de Buenos Aires, del Sr. Domingo Cortizo, que se saltó a la torera los derechos de la Sra. Reynolds entregándonos la primera e ilegal traducción al español directamente del ruso, incluso respetando el título original e incorporando a modo de prefacios o prólogos, los trabajos de los especialistas e investigadores encargados de la recopilación para una edición posterior de todos los innumerables trabajos de Stanislavski.( 1) Muchos de ellos –digámoslo también-contradictorios entre sí., pues este maravilloso maestro era además de un gran artista , alguien que aplicaba un método científico en sus propias investigaciones, que elaboraba sus hipótesis y las sometía a la prueba de la práctica ; y que muchas veces un escrito de él supera o contradice otro de los años anteriores. Al desconocer esto, muchos de los lectores han dejado de comprender bien que se propone este dichoso y “contradictorio sistema” .
Malas traducciones entonces, buenas traducciones muy pocas veces con contradicciones productos de distintas época, el poco contacto directo con la práctica de muchos de los pedagogos que han abrazado al sistema, ha provocado una formación muy despareja, que si bien ha sido mejor que el desconocimiento absoluto, tampoco han podido formar cabalmente y de forma pareja las generaciones de artistas que los medios teatrales han estado necesitando. Por poner ejemplos muy cercanos: si alguien en la Argentina ha tenido la suerte y a veces el dinero como para tomar clases con Alezzo o con Gandolfo, (por citar dos de los más emblemáticos maestros argentinos), seguramente si tiene talento se va a destacar en su generación. Pero otro que sólo ha pasado o sólo pasa ahora mismo por la Escuela Municipal de Arte Dramático o por el Conservatorio (actual IUNA) tendrá seguramente un déficit formativo y no logrará el destaque de su colega “alumno de Gandolfo o de Alezzo”. Pero aún en esos casos insisto, tampoco la formación obtenida con esos indudables maestros es la ideal. Y aquí quiero detenerme, ya que puse ejemplos porteños, en la otra gran confusión que existe respecto al Sistema de Stanislavski. Es tomarlo como algo semejante al método de Lee Strasberg , o del Actors Studio. Se suele escuchar a prestigiosísimos artistas negar que construyan sus personajes con la ayuda del sistema por el rechazo que les ha provocado el mal entendido concepto de la Memoria Emotiva, aplicado por seguidores del Método de Lee Strasberg o indirectamente por aquellos que estudiaron en España con las enseñanzas de William Layton. Hace muy poco, el año pasado para ser exactos, nada menos que Norma Aleandro expresó en un reportaje que ella para las emociones auténticas de sus personajes no recurría a su memoria emotiva. Y entonces podemos preguntarle ¿a qué recurre, al fingimiento a la imitación ? ( que nos consta que no es el caso) ¿ a qué otra cosa puede recurrir o de dónde saca el actor las emociones de sus personajes que se hacen vivas en él, sino es a través de su propio caudal, de su propia memoria emotiva ?. Ahora bien, porque decía este verdadero dislate una artista de esta categoría Porque siendo muy joven, al inicio de su etapa formativa, ella cuenta que había ido a unas clases con Carlos Gandolfo y éste les hacía hacer unos ejercicios de memoria emotiva que la dejaron traumada por mucho tiempo, lapso en el cual incluso se cuestionó su propia vocación. De donde han sacado tanto Gandolfo como otros maestros esos ejercicios de memoria emotiva sino del Actors Studio. En Rusia, en la formación práctica en el sistema, no existen los ejercicios de memoria emotiva. Sí existen una serie de ejercicios que crean las condiciones necesarias para que aparezca la memoria emotiva en los estudiantes y- por otra parte- en el momento justo, ni antes ni después.
Cabe señalar justamente aquí que otra de las debilidades que hemos podido constatar a nuestro paso por diversas escuelas, muchas de ellas oficiales, está referido a los programas de estudio. Debilidad que parte desde aquellos casos en donde se aplica en la práctica la manida frase “cada profesor con su librito” hasta los programas de estudio que no contemplan el debido proceso del estudiante, apresurándose para llegar a los textos cuando aún éste no ha aprendido a trabajar con sí mismo.
Ante este panorama lo que proponemos es vincularse directamente de una vez por todas a la ortodoxia del Sistema de Stanislavski , recogiendo esa maravillosa herencia, de una vez y para siempre, sin confusiones ni desvirtuaciones de ningún tipo. Lisa y llanamente, lo que ya intentamos en años anteriores: traer maestros rusos, o de la antigua área socialista, para que dicten cursos para profesores de teatro tanto de Uruguay, como de otros países de la región que padecen los mismos males pedagógicos que nosotros. Otra manera y posible es becar a nuestros profesores para que hagan cursos en Rusia en la propia GITIS, la Academia Rusa de Arte Teatral, por ejemplo, que es la Universidad de Teatro más grande e importante del mundo, donde funcionan 8 facultades de todas las especialidades teatrales, (incluida la crítica). Desde luego que lo mejor, casi diría lo ideal es algo por lo que hemos en nuestra humilde posibilidad bregado desde hace tiempo, y es que definitivamente se cree la carrera universitaria de teatro. Con la actual directora de la Escuela Municipal de Arte Dramático ,Mariana Percovich incluso hicimos una experiencia conjunta en la Universidad Católica en el año 1999 preparando el programa de una carrera que se iniciaría en el 2000, pero que, permítanme este juego de palabras, “perdió la carrera” con Odontología. Seguramente que Odontología apareció para las autoridades de la Universidad Católica mucho más rentable que la carrera teatral. Hemos tenido contacto con el Director de la Escuela Nacional de Bellas Artes Javier Alonso encargado por la Universidad de la República para desarrollar los trabajos de la Facultad de las Artes, entregándole en su momento una carta de apoyo de la misma citada GITIS para la creación de una Licenciatura en Teatro. Anteriormente y durante 4 años seguidos estuvimos trayendo con apoyo unas veces y sin apoyo otras, a Valentín Tepliakov, Decano de la Facultad de Actuación de GITIS. Una verdadera eminencia en el actual panorama pedagógico ruso, el hombre que más joven accedió a un cargo de esa naturaleza en Rusia, donde en general son los veteranos, hasta diríamos los viejos maestros , los líderes de la actividad teatral, y muy particularmente en materia formativa. En el año 1998 lo llevamos en colaboración con el director Aderbal Freire a Brasil. Pues bien, desde ese año prácticamente Tepliakov no ha dejado de impartir Seminarios en varias ciudades del Brasil. Además se abrió un campo para el estudio en Rusia de manera que ya han ido varias generaciones de estudiantes y de profesores ha realizar cursos en GITIS. No sucedió lo mismo aquí, ni tampoco en Buenos Aires. Tepliakov no fue apreciado en la medida justa, se ocupó mas tiempo en criticar su personalidad que en destacar y valorar la importancia que tenían para nuestro teatro sus conocimientos. (Con las excepciones del caso que las hubieron como la de Jorge Denevi, actual director de la Comedia Nacional,que se encargaba de estimular a la gente de teatro para que participara en los seminarios). En el año 1996 obtuvimos a través de las gestiones de Roberto Jones el apoyo del Ministerio de Educación y Cultura para traer a Tepliakov a dictar Seminarios gratuitos para gente del medio teatral. En aquel momento éramos 35 personas dictando clases de teatro por el mismo Ministerio, y a pesar de la obligatoriedad de concurrencia planteada por el organismo, sólo 7 de esos 35 docentes participamos regularmente del Seminario. Creo que poco se puede agregar a esto. En diversas oportunidades hemos ofrecido, a también diversas autoridades, el retorno del Maestro Tepliakov, sin mucho o ningún éxito. Y cuando uno ve los espectáculos teatrales que se estrenan digámoslo claro, demasiado habitualmente, ve las carencias enormes que los actores tienen. Cómo actúan en general ( o cómo les cuesta ser concretos) cómo se nota que no quieren nada en el escenario uno del otro,( o de los otros), cómo desconocen las reglas del conflicto, qué falta de monólogo interior cuando no les toca hablar, etc. Hace pocos días una excelente y jóven crítica, Georgina Torello escribía en el periódico La Diaria a propósito de dos espectáculos de jóvenes intérpretes:
“ La nueva tendencia seduce a las últimas generaciones que responden a esas pautas estéticas con una urgencia productiva que sorprende. De la desmedida oferta teatral montevideana ( los cuatro o cinco estrenos semanales son clara muestra) una veta amplia de espectáculos ofrece ejemplos de dramaturgia escénica: textos y realizaciones que se guarecen bajo el techo protector del nuevo modelo, pero que esconden allí su falta de visión general, de reflexión y preparación o de actores solventes. Proyectos ( y esfuerzos) destinados al olvido, en la mayoría de los casos, tras los aplausos de la última función” (2)Hasta aquí las sabias y valientes palabras de Georgina. En esta misma dirección hacía su balance de la temporada pasada en el semanario “7 sobre 7”, el crítico Jorge Pignataro Calero, señalando la baja calidad de los espectáculos que hasta ponían en un brete a los críticos- jurados de los premios Florencio, incluída la agaffe del Director francés con la Comedia Nacional, que para tantos comentarios negativos ha dado.
Pero no es responsabilidad de los artistas que a veces han entregado cuatro años de sus vidas para obtener una formación teatral, sino de los encargados de los centros de enseñanza oficiales y privados. Miren que estoy hablando ahora de algo que no es privativo de nuestro medio, sino que es común a muchos países de nuestro continente. Desde luego que hay excepciones, y a veces excepciones maravillosas. Actores talentosísimos, a veces geniales que superan todas las carencias, que pasan por encima de todos los profesores, porque son eso: verdaderos genios como Mozart, Pero el caso es que lamentablemente nacen muy pocos por siglo. Todos los demás necesitamos de una buena, y hasta diría, excelente formación para potenciar nuestro talento (si es que lo poseemos). También existen excepciones a la regla en materia formativa, verdaderas islas como conozco el caso de la carrera teatral en la Universidad del Valle en Cali, Colombia, pero vaya casualidad dirigida por tres egresados de la GITIS: un colombiano, una china y un canadiense.
Ir hacia una formación teatral conservadora entonces quiere decir justamente no despreciar sino conservar, atesorar esos conocimientos que Stanislavski legó al mundo del teatro y que tantos cambios provocaron en todos los sentido, y recibirlos- recalco- de las fuentes mismas. Hoy por hoy, una nación y una cultura tan tradicional como la China está haciendo grandes esfuerzos para desarrollar al máximo la enseñanza teatral en el Sistema de Stanislavski tal como se enseña en Rusia ( y no en los libros). Al punto que el mismo Maestro Tepliakov ha sido designado Profesor de la Academia Central de Drama de Pekín, impartiendo clases allí para profesores y estudiantes, acompañado de los viajes y estudios que esos mismos profesores realizan en la misma GITIS en Moscú.
Pero muchas veces escuchamos tanto aquí como en otros países de la región, donde tenemos el privilegio de trabajar todos los años, que los artista se definan por oposición a lo stanislavskiano, como grotowskianos, e incluso no sé si decir barbistas o barbianos , o seguidores de Eugen Barba. Incluso hay profesores que no enseñan a sus estudiantes el sistema de Stanislavski por antiguo, sino lo que consideran más actual que es- según dicen- el método de Grotowski, ( y aún de Barba ). Primero que nada deberíamos decir que el método, si es que podemos hablar así, tanto de Grotowski como de Barba, son métodos de ensayos para un espectáculo. Grotowski no formaba, no se proponía trabajar con estudiantes de teatro para que estos luego pudieran representar o dar vida a los personajes de las obras de Shakespeare o de Moliere. El aplicaba un método de ensayo para sus propias propuestas de espectáculos que estaban dirigidos a una búsqueda por lograr el mayor contacto jamás visto entre el actor y el público. Basándose en las enseñanzas de Stanislavski, y realizando una aleación de éste con Artaud. Pero todo esto estaba limitado hasta por la cantidad de espectadores posibles (unos 50), y sobre todo por las características de la dramaturgia encarada por él. Por tanto una escuela de teatro no debe basarse en ese método para formar estudiantes que se supone deberían egresar con la capacidad de crear cualquier tipo de personajes de la dramaturgia del mundo y trabajar con cualquier director con la estética que sea. Otro tanto podíamos decir- sin pretender ni remotamente compararlo con Grotowski – lo que aplica Barba a la creación de sus espectáculos. Es lo correcto, hasta necesario que existan grupos teatrales que quieran trabajar según esas pautas de ensayos, hasta de entrenamiento, para que quienes optan por esa estética se formen en ese método que es el que le corresponde. Ya sean los Yuyatkani de Lima, Malayerba de Arístides Vargas en Quito, o El Baldío de Buenos Aires.
El primer contradictor de esa falsa apreciación de que hay otro camino posible (aprender a pintar sin antes saber dibujar) salteándose a Stanislavski es el mismo Grotowski quien afirmaba, refiriéndose al teatro moderno, (de fragmentación del texto como suele decirse ahora ) que ”…. en el llamado teatro moderno, en donde, por ejemplo, el mismo Shakespeare es mutilado, incluso en el plano del lenguaje, es casi seguro que no exista ninguna coherencia. Si el director y los actores del “teatro moderno” no son absolutamente geniales, yo particularmente reacciono contra ellos con muchas más protestas interiores que frente a lo que yo llamo teatro-cadáver. El resultado es que se observan en todas partes espectáculos sin estructura, incoherentes, plásticos, de una cierta limpieza y que desgraciadamente siguen o pretenden seguir nuestras direcciones. En este punto me pregunto si no me habré equivocado al forzar las puertas, La posibilidad de reacción al texto y la conciencia de una nueva estructura exige del director una cierta experiencia, y es necesario examinar, por ejemplo, cuál ha sido su pasado personal. Yo me he formado en el teatro convencional y en el sistema de Stanislavski, y por lo tanto llevo en la sangre el gran problema de la coherencia y de una teología del espectáculo; pero algunos de los que frecuentan nuestros cursos y que no tenían experiencias anteriores en teatros convencionales, son posiblemente más sensibles o más inteligentes que sus colegas del teatro convencional, pero les falta la idea de la coherencia en sí misma. Buscan una liberación, un descubrimiento de la libertad como idea teórica” (3) No me digan que no están pensando en muchos de los espectáculos que se ven reiteradamente en estos días, y a los cuales hacía referencia Gergina Torello) y agregaría, aunque resulte antipático para algunos, con apoyo de los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura.
El año pasado con motivo de la III Muestra Internacional de Teatro en Paysandú tuvimos el privilegio de contar con el Studium Teatralne de Varsovia dirigido por Piotr Borowski, mano derecha de Grotowski en los sus últimos 15 años. Ese espectáculo era en polaco, sin traducción simultánea ni nada parecido, sin folletos explicativos y sin embargo nadie olvidará jamás ese espectáculo en Paysandú. Su poder para atrapar al espectador por encima del idioma, de crear vida en una realización altamente artística nos hablaba de la verdadera herencia recogida. Y así con palabras del mismo Borowski en un reportaje para la Revista Conjunto de Cuba y ante la pregunta de cuál era el legado de Grotowski contestaba: “ Hay una historia y nosotros somos parte de ella: queramos o no, lo que hizo otra gente antes de nosotros es una clase de camino, es algo que tenemos como legado. Yo, por ejemplo, trabajé con Grotowski, pero el tenía una gran fascinación por Stanislavski, que recibí de él de la misma manera que el niño recibe la leche de la madre.” (4)
Para terminar y aún a riesgo de que ustedes piensen que pretendo ideologizar el tema, quiero decirles que creo que todo esto que nos afecta: la baja calidad de la formación y por ende la baja calidad de los espectáculos, (desde ese punto de vista de la actuación), y el consecuente alejamiento del público, no creo que ocurra porque sí. Creo, por el contrario, que la poca voluntad de cambio de quienes tienen la responsabilidad de hacerlo, pasa la mayoría de las veces por propósitos- concientes o inconcientes-de características ideológicas. Un teatro con temas y conflictos cercanos a los espectadores, con artistas teatrales formados completamente para esa” lucha” en el escenario, para hacer verdadero lo artístico, hacen a un teatro popular en el mejor sentido y que es aquel que le llega de la misma manera a todos los públicos, ilustrados o no, porque esa es la grandeza del teatro mismo que tiene la presencia viva, directa del artista en el escenario y eso le da una incidencia única.
Y voy a decirlo con todas las letras: ese tipo de teatro- tal como fue nuestro teatro de las década del 60/70-es peligroso para el sistema de dominación que tenemos, y que parece que no queremos cambiar verdadera, y auténticamente.
Es un teatro que hace pensar, que aclara dudas, que ilumina una zona de la realidad que hasta ese momento teníamos obscura, que nos hace más concientes y que también nos emociona y que al asistir al mismo como espectadores” nos parece que ese día se hubiera inventado el teatro..” según las maravillosas palabras del gran Maestro Atahualpa Del Cioppo(5)
- Aprovecho para informar que se está vendiendo en la Argentina una reedición muy reciente, supuestamente la misma de Quetzal, pero que en realidad tiene amputaciones serias del original.
- Georgina Torello “ Dos obras jóvenes: Gesamtkunstwerke autóctonos” N° 406 de La Diaria
- Expresado por Grotowski en el coloquio público realizado en Praga en el marco del III BITEF 212 en el año 1969, y recogido por la publicación periódica TEATRO ´70, órgano del Centro Dramático de Buenos Aires.
- Piotr Borowski en entrevista de la investigadora argentina Marta Taborda para la Revista Conjunto N° 143 en la cobertura de la III Muestra Internacional de Teatro del MERCOSUR Interior “Atahualpa Del Cioppo” Octubre-2006
- Atahualpa Del Cioppo en la película documental “Atahualpa , pájaro de la dicha” de Marina Cultelli y Jorge Bazzano.
Reflexiones sobre el Teatro de Enrique Buenaventura
Cuando se leen los textos de este autor colombiano es fácil que el imaginario viaje y se ubique en las favelas del Brasil. En sus textos toma fuerza el sentido comunitario, sus logros y luchas.Cuando leía acerca de la dramaturgia del actor que Buenaventura propone dentro de la Creación Colectiva no podían desprenderse de mis recuerdos mis años compartidos en el Teatro La Bacante. Allí desde la práctica y ahora desde el enfoque teórico comprendo más esa línea estética Grotowskiana a la cual me he ido acercando desde mi cuerpo e intelecto. En estos procesos del teatro experimental es el actor quien investiga “personajes, situaciones, temas, y convierte en imágenes dramáticas, los documentos recogidos durante el proceso de investigación.” ( El Nuevo Teatro Colombiano Pág. 98.)
Es un texto gestual un texto estético que se va construyendo de improvisaciones, imágenes, fotografías, secuencias de acciones, etc. Este tipo de teatro es en mi consideración más íntimo, no pretende grandes ambiciones taquilleras, no se trata de lo fastuoso, más bien se aborda la sencillez la pobreza en sentido Grotowskiano pero resalta una disciplina titánica y un trabajo arduo en relación al tiempo de sentido Grupal.
Recuerdo que cada obra de la Bacante, como referente más cercano a mi tenía un período de más de ocho meses de ensayo y de investigación, es un trabajo agotador, militar y donde te consagras a tus convicciones con una entrega única y constante.
Buenaventura dice “para conservar su independencia económica, ideológica y cultural, los miembros del colectivo se ven obligados a desempeñar diferentes oficios como la enseñanza…” Recuerdo que en vacaciones una vez fuimos monitores de planes vacacionales para niños los cuales vinculaban creatividad y teatro. Tuvimos una primera experiencia nefasta el CADAFE donde salimos con las tablas en la cabeza y luego a partir del análisis de todos esos errores salimos airosos con los niños de los Trabajadores del Poliedro. Donde mejoramos y nos organizamos en torno a las debilidades de la experiencia anterior.
Yo me atrevería a asegurar que en este teatro el actor se empodera, es más propósitivo es escuchado. Sus propuestas son sometidas a la consideración grupal. En mi caso dichos talleres salieron de una línea de investigación de mi tesis de especialización en Publicidad y Mercadeo donde diseñe propuestas recreacionales diferentes y lúdicas para los niños.
En este nuevo teatro colombiano y latinoamericano se destaca el proletariado y las ideas sociológicas “que reconocen al hombre como ser social” (Santiago García “La Creación Colectiva”Teatro popular y cambio social.) Desde mi subjetividad yo lo vinculo al nuevo cine latinoamericano ya que en ambos campos culturales y artísticos se plantean problemáticas del hombre como ente explotado, la miseria el hambre y problemas de pobreza en estas latitudes. El Cine documental plantea ideológicamente estas posturas desde la estética fílmica centrada en la realidad y en la sociedad, sin ficciones de por medio.
El Director en la experiencia colectiva es más un asesor, un estimulador creativo y sistematizador de un proceso. En esta propuesta no tiene a mi juicio, ese rol tiránico y autócrata pues la creación como el mismo nombre lo señala es del colectivo.
El actor diseña su propio discurso a partir de diversos puntos de partida, entre ellos la improvisación.
Este teatro en su percepción política argumenta posturas contra la jerarquía eclesiástica. La iglesia reprime para “subyugar al ser humano todas las imágenes negativas que se asocian al deseo, fueron también asociadas al comunismo” El Nuevo Teatro Colombiano. Pág 119.
Ya Michael Foucault en sus estudios de espacios políticos reacciona ante esta supeditación castrante del cuerpo y el deseo como un elemento de dominio.
El teatro de la Candelaria aborda “El gestus” dramático como elemento protestatario y político, tal como lo empezamos a identificar en Pavlosky. Quizás esta exacerbación pretende ironizar y desenmascarar la hipocresía y caretas burguesas.
En A la Diestra de Dios Padre ya vemos un poco esa tesis del socialismo utópico, “la historia del hombre que quiso el mundo arreglar”. En esta mojiganga ya el abanderado trata de mantener una balanza emulando a Robin Hood. En el viejo limosnero se clama cómo una oligarquía poderosa lleva a este personaje a un estado de miseria y abandono. El lenguaje en esta pieza es escrito de manera que al hablar sus personajes lo hagan como gente campesina y humilde. En la estructura dramática hay un vuelco donde todas las condiciones se trastocan. Con el personaje del Banquero, Buenaventura presenta el Consumismo, el capitalismo, el sueño americano del crédito. Pero además el Capitalismo es visto como una fuerza maligna que destruye.
El Rey que nos presenta Buenaventura no se resguarda de este típico hablar atropellado donde se omiten fonemas de las palabras.
“Por siglos la utilizaron para impedir la rebelión” las brujas eran perseguidas en épocas medievales desconociendo que los mal llamados aquelarres eran fiestas de aldeas donde se compartían los saberes populares entre ellos los medicinales.
Una característica de Buenaventura que se reitera en su teatro es la inclusión de frases en latín. En la orgía Buenaventura incluye este recurso. Sus personajes recurrentes son los mendigos, los discapacitados, los viejos. Es una orgía muy teatral, por un momento me hizo recordar en teatro de Rodolfo Santana, son seres que en el delirio se embriagan y se someten torturándose sicológicamente.

