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Max Aub: Cultura y política
Compañeros: Yo he venido al socialismo porque es el único Partido hoy en España que ofrece la posibilidad de un mundo mejor.
La actividad cultural de Max Aub a lo largo de su vida está determinada, desde nuestro punto de vista, por varias cuestiones que nos remiten al perfil del «intelectual comprometido» de los años treinta.
Nos referimos, claro está, a la posición política que adoptaron muchos artistas y escritores progresistas tras la Primera Guerra Mundial (1914-1917), la Revolución rusa (1917) y el ascenso de las ideas fascistas al poder en Italia y Alemania, una actitud que se hizo patente, entre otras actividades de la época, con la fundación de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (1932) y los diversos congresos internacionales de Escritores para la Defensa de la Cultura celebrados en París (1935) y Valencia (1937).
Aunque al hablar de los vínculos de Max Aub con las artes siempre se argumenta su relación con el mundo de las imprentas, las vanguardias artísticas de los años 30 y la gestión artística durante la guerra, se obvian a menudo algunas decisiones políticas tomadas en su juventud que lo vinculan estrechamente con una militancia socialista, una actitud de diálogo con las opciones culturales del marxismo de la época y un compromiso directo con la política cultural republicana.
Esta perspectiva liberal que se da ahora de Max Aub oculta el perfil de intelectual de izquierdas que le definió a lo largo de su juventud, la guerra civil y el exilio.
Al referirnos a las relaciones entre arte y política en la vida y obra de Max Aub, nos ha parecido oportuno señalar algunas experiencias que definieron el compromiso político de este autor.
El compromiso del escritor (1931-39)
La actitud política de Max Aub durante su etapa española se entronca, desde nuestro punto de vista, dentro de las inquietudes de los intelectuales del primer tercio del siglo xx y su posicionamiento entre el socialismo y el fascismo. Desde las inquietudes propias de la juventud progresista de la época próxima a las ideas anarquistas, socialistas y comunistas, Max Aub opta por la militancia socialista, el diálogo con la intelectualidad marxista del periodo y la defensa de las ideas republicanas.
Resulta curioso que en los perfiles biográficos de la etapa española de Max Aub (1914-39) se silencie a menudo la relación estrecha que mantuvo con Josep Renau, cuyos vínculos intelectuales, políticos y artísticos les hicieron compartir actividades en la revista marxista Nueva Cultura (Valencia, 1935-37), militancia en la Alianza de Intelectuales en Defensa de la Cultura (1936-39) y la organización del pabellón de la República española en París (1937).
Amigo personal de Josep Renau en Valencia, colaborador literario de la revista Nueva Cultura y co-director un breve tiempo de Verdad (Valencia, 1936), diario de unificación del PSOE y el PC al inicio de la guerra, el perfil de la amistad Aub-Renau se inscribe dentro de las relaciones que intelectuales socialistas y comunistas entablaron durante la guerra civil española y continuaron en el antifranquismo desde el exilio. En ese sentido, como destaca Manuel Aznar en una ponencia sobre este escritor: «Está claro que Max Aub nunca simpatizó con el comunismo, pero también es verdad que, a pesar de malentendidos e incomprensiones, nunca practicó tampoco el anticomunismo».
Sin embargo, esta buena relación entre Aub y Renau se truncaría un tiempo tras la publicación del cuento «Librada» en la revista Sala de espera y el ataque feroz que la revista comunista Nuestro tiempo le dedicaría a Max Aub.
Pese a este percance, las convicciones antifranquintas vencieron a veces las diferencias ideológicas que existieron entre los socialistas y los comunistas españoles del exilio. Esa actitud bastante ecuánime de Max Aub es la que le valió que, en 1980, Josep Renau lo recordara de esta manera: «Él era pues un gran español y más que un español era un valenciano, inserto en todos los problemas que teníamos en España (…) En todo caso, no me parece que esto signifique ser político, es simplemente el compromiso del intelectual».
Alianza de intelectuales para la defensa de la cultura
La actividad de Max Aub en la Alianza de Intelectuales para Defensa de la Cultura (1936-1939) es una de las experiencias políticas del autor en la que habría que profundizar para conocer su evolución ideológica.
Max Aub se inscribió en esa organización antifascista en Madrid, en 1936, es decir, a inicios de la guerra civil española; tenía el carnet número tres de la sección de literatura y constaba como domiciliado en la capital valenciana.
La actividad principal realizada por Max Aub en esa organización y su entorno se desarrolla a través de las representaciones de algunas piezas teatrales de guerra; en algunas tareas relacionas con la organización del Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura y como colaborador de la revista Hora de España (1937-1938) que dirigía el poeta Antonio Machado.
Sea cual fuere la actividad puntual de Max Aub en dicha organización, las labores culturales que desarrolló a lo largo de la guerra como comisionado en la Embajada de España en Francia (1936-1937), en el Consejo Central del Teatro (1938) y con André Malraux en la película Sierra de Teruel (1938-1939), se inscriben perfectamente en el carácter antifascista de dicha organización.
El pabellón español de 1937
El azar hizo posible que el Gobierno de la República nombrara a tres intelectuales vinculados por la amistad gestores del pabellón español en la Exposición Internacional de las Artes y las Técnicas en el Mundo Moderno celebrada en el verano de 1937 en París. Nos referimos al filósofo José Gaos, al pintor Josep Renau y al escritor Max Aub. Formados los tres en la capital valenciana, con sensibilidades políticas diversas y profesiones muy distintas, coordinaron hábilmente los intereses políticos de un país en guerra con las expresiones culturales españolas más diversas, dándole el espacio que correspondía a las vanguardias artísticas que, en términos de obras realizadas expresamente para ese pabellón, se concretaron en las esculturas El pueblo español tiene un camino que le conduce a una estrella (1937) de Alberto Sánchez; La Montserrat (1937) de Julio González y La fuente de Almadén (1937) de Alexander Calder y los murales El pages catalá i la revolució de Joan Miró y el Guernica de Pablo Picasso.
Aunque el mencionado pabellón albergó otras obras de arte, fotomontajes murales, artesanía popular, conciertos musicales, representaciones teatrales, etcétera, las obras anteriormente citadas dan fe de la importancia artística de esa exposición que hizo factible la expresión de solidaridad de las vanguardias artísticas con la lucha por la democracia del pueblo español.
La labor de Max Aub (agregado cultural de la legación diplomática española); Luis Araquistain (embajador español); José Bergamín (miembro de la Junta Delegada del Gobierno español); José Gaos (comisario general del pabellón) y Josep Renau (director general de Bellas Artes) en el pabellón de la República española, hay que entenderla quizás desde la óptica de los intelectuales comprometidos con la defensa de las libertades democráticas ante la ofensiva fascista de la época.
Ese perfil del intelectual español del primer tercio del siglo xx, es decir, de aquellos que compaginaban la práctica artística con la práctica política, nos viene ahora a la memoria al evocar, aunque sea sintéticamente, la experiencia de Max Aub de París en 1937.
Algunas de estas ideas debieron inspirar el texto leído por Max Aub a los trabajadores del pabellón cuando dijo:
«Picasso ha representado ahí la tragedia de Guernica. Es posible que se acuse a este arte de demasiado abstracto o difícil para un pabellón como el nuestro, que quiere ser, ante todo y sobre todo, una manifestación popular. No es el momento de justificarnos, pero tengo la seguridad que, con algo de buena voluntad, todos percibirán la rabia, la desesperación y la terrible protesta que significa esta tela. Nuestro tiempo es el del realismo, pero cada país percibe lo real de cierta manera. El realismo español no representa sólo lo real, sino también lo irreal, porque para España en general siempre fue imposible separar lo que existe de lo imaginado. Esta suma forma la realidad profunda del arte. Por eso Goya o Picasso son pintores realistas aun apareciendo para los demás pueblos como personalidades extravagantes».
El pabellón español de 1937, construido por los arquitectos Luis Lacasa y Josep-Lluís Sert, pasó seguramente a la historia antes por haber albergado el mural de Picasso dedicado a la villa vasca de Guernica y por extensión al drama de la guerra, que por el programa político-cultural que exponía la República española ante todo el mundo.
El Guernica de Picasso no sólo constituyó, durante cerca de medio siglo, el icono del exilio, del antifranquismo, del pacifismo, etcétera, sino también, a nivel más popular, una obra de arte de especial significación para intelectuales exiliados como Max Aub y Josep Renau, pues ambos estuvieron muy cerca de la gestión del pabellón, del encargo del mural y del pago en efectivo a Picasso de esa obra de arte universal.
En la correspondencia que se conserva en la Fundación Max Aub entre Max Aub y Josep Renau hay unas cartas cruzadas desde Berlín a la ciudad de México donde se aborda este tema. Josep Renau escribe a Max Aub: «Hace tiempo que estoy escribiendo algo sobre mi participación personal en el origen y en ciertos pintorescos e inéditos aún acontecimientos alrededor de esta histórica pintura (…) No me gustaría mucho citar al buen tun-tun (pues he de citarlo forzosamente) un significativo quid pro quo que nuestro buen y entonces obcecado Larrea deslizó en la introducción del libro, de cuya circunstancia soy yo, precisamente, más que testigo, el principal protagonista».
Max Aub contesta a Josep Renau: «Me ha costado Dios y ayuda dar con la nota bibliográfica del Guernica de Larrea. Yo recordaba haber visto un ejemplar porque es un libro que sólo se ha editado en inglés. Efectivamente, lo tenía Silva Herzog. Con una introducción de Alfred Barr Jr. se publicó en Nueva York en 1947, con un pie de imprenta de un tal Curt Valentin Publisher. Pero desde luego es una edición del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y supongo que allí te lo podrán facilitar.
»Referente a lo que escribes, recuerda que también intervine en este asunto y que personalmente fui yo, como agregado cultural de la embajada, el que le pagó los 150.000 francos –le entonces-, que le dimos como compensación de los gastos materiales con la condición de que el cuadro seguía siendo suyo».
Los documentos oficiales de la época conservados en el Archivo General de la Administración Civil del Estado correspondientes a la gestión del pabellón dejan claro que Josep Renau, como director general de Bellas Artes, le encargó a Picasso la realización de una pintura mural y a Max Aub, como agregado cultural de la embajada, le tocó pagar a Picasso los costes materiales de la obra.
Ambos cumplieron, en sus diversos cometidos, el objetivo planteado por la República española de explicarle al mundo, en plena exaltación colectiva de la modernidad, que la amenaza de la paz europea tenía un enemigo común: el fascismo.
[Artículo publicado en Letra Internacional, otoño de 2003]
Ramón María del Valle Inclán – Ideología y compromiso político
En «Sonata de invierno», el marqués de Bradomín, álter ego del autor, explicará esta postura por motivos estéticos: «Yo hallé siempre más bella la majestad caída que sentada en el trono, y fui defensor de la tradición por estética». (V.I. : SoSi, 1639).
En las elecciones de 1910 quiso participar en la resurrección del antiguo régimen y se presentó como candidato por Estella pero fue derrotado.
Posiblemente su verdadera intención al simpatizar con el carlismo fuese mostrar su aversión y repulsa por la España de la Restauración. Ésta es una repulsa que comparte con el resto de los intelectuales de su época que se inclinan, en general, por soluciones regeneracionistas y no de añoranza del carlismo.
Al estallar la guerra de 1914 Valle se manifiesta partidario de los aliados en contra de la postura de la mayor parte de los carlistas que simpatizan con Alemania.
Por estas fecha, el escritor se preocupa cada vez más por cuestiones de justicia social, se entusiasma con la revolución rusa y se aproxima al marxismo. Su obra se convierte en una sarcástica denuncia de la España oficial.
Al implantarse la Dictadura de Primo de Rivera fue, junto con Unamuno, uno de los escritores que más se significó en la oposición a este régimen, no cesó de manifestar públicamente su descontento (llegó a pedir para España «una dictadura como la de Lenin «) y de participar activamente en las iniciativas de la radical Federación Universitaria Española promotora de la huelga estudiantil de 1929. Su postura le supuso arrestos, multas e incluso prisión de dos semanas en la cárcel Modelo. Por todo ello, su teatro y particularmente los esperpentos fueron censurados y no se pudieron representar. El directorio militar veía y con razón, que los protagonistas de los tres esperpentos de Martes de Carnaval eran los militares españoles a los que el autor presentaba de forma grotesca lo que supuso que al publicarse «La hija del capitán» en 1927 la obra fuese secuestrada por orden de la Dirección General de Seguridad. Por otra parte el teniente Friolera fantoche trágico de «Los cuernos de Don Friolera» aparecía como una víctima ridícula del código de honor calderoniano tan valorado por los militares.
En esta situación Valle recibió jubilosamente la caída de la monarquía e incluso manifestó la necesidad de castigo para Alfonso XIII. Con la llegada de la República se presentó a las elecciones como candidato lerrouxista por La Coruña pero fue derrotado de nuevo. Su apoyo al gobierno resultó efímero y sólo mantuvo su admiración por Azaña.
A pesar de lo precedente, su simpatía por el carlismo no desapareció nunca y en 1932 el pretendiente Don Jaime le nombró «Caballero de la orden de la legitimidad proscrita» y en consonancia con su originalidad y la fuerza que en él tenía el impulso estético, durante su estancia en Roma mostró cierta simpatía hacia el fascismo de Mussolini manifestando la impresión favorable que le producían los desfiles militares y los gritos de entusiasmo popular. Al volver a España, siguió luchando por la revolución social y se solidarizó con los mineros asturianos sublevados en 1934.
Es una constante afirmar que nuestro autor sigue un proceso inverso al de la mayor parte de sus compañeros y que empieza como tradicionalista para acabar como revolucionario. Lo que si parece cierto es que Valle Inclán se mueve siempre por impulsos emotivos y contradictorios en cuanto a lo ideológico y a su compromiso con las realidades políticas y sociales de su época y que esta conducta no sólo le planteó conflictos personales sino que también supuso inconvenientes para el estreno y difusión de alguna de sus obras puesto que la dramaturgia de Valle Inclán más vanguardista y vinculada al teatro expresionista europeo, sólo pudo representarse durante los años veinte y los años de la II República muy parcialmente gracias al esfuerzo del director y amigo Cipriano Rivas Cherif (1891-1967).
En general, podemos afirmar con F.B.Pedraza que la coherencia que hallamos en su obra literaria está ausente en las manifestaciones de su evolución ideológica.
Fuente: http://www.rinconcastellano.com/sigloxx/valle_ideo.html
Nano – Desembarcamos…
Desembarcamos, como ya viene siendo tradición, en el local de Los Lagartos de Migué…. Comienza el día con con el Rafa de siempre: madrugador, alemán en el ejercicio de sus deberes, entregado hasta la extenuación… Un hombre de fáciles encuentros con el que vivir, viajar y compartir sueños, es tan sencillo y simple como respirar…
Un café mañanero, un cambio de impresiones, el establecimiento del plan de trabajo de hoy, y a saco con nuestro Nano que llevaba esperándonos algún tiempo y nos aguarda en la sala de ensayos. Lee el resto de esta entrada
Cobarde profesión a propósito de Lope
¡Dadme unas armas a mí,
pues sois piedras, pues sois bronces,
pues sois jaspes, pues sois tigres…!
Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando los cazadores
antes que entren por el mar,
y por sus ondas se arrojen.
Liebres cobardes nacistes;
bárbaros sois, no españoles.
¡Gallinas! ¡Vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
¡Poneos ruecas en la cinta!
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra destos tiranos,
la sangre destos traidores!
¡Y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes!
Laurencia (Fuenteovejuna)
El teatro y los actores según Woody Allen
*En Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen se burla de los absurdos e inútiles cursos de verano que ofrecen las universidades norteamericanas y decide inventar él mismo posibles cursos tan absurdos e inútiles como los reales.Boletín de cursos de primavera: “La cantidad de anuncios de cursos universitarios y de cursos por correspondencia para adultos que hacen su aparición diaria en mi buzón ha acabado por convencerme de que debo figurar en alguna lista especial de atrasados mentales. No es que me queje; hay algo en una lista de cursillos de perfeccionamiento que provoca mi curiosidad con una fascinación que hasta ahora sólo me había producido un catálogo de accesorios para luna de miel llegado por equivocación a mis manos desde Hong Kong. Cada vez que leo el último boletín de cursos de perfeccionamiento, me vienen enseguida ganas de plantarlo todo y regresar a la escuela. (Hace muchos años, fui expulsado de la universidad, víctima de acusaciones sin pruebas, no muy distintas a las que una vez le endilgaron a Al Capone.) Sin embargo, hasta la fecha sigo siendo un adulto inculto e imperfecto; por eso, ahora, se me ha ocurrido redactar un boletín imaginario, primorosamente impreso, que condensa más o menos todos los boletines existentes.”
Después de sacarse de la chistera cursos sobre Psicología (“La teoría del comportamiento humano. Por qué a ciertos hombres se les llama ‘individuos encantadores’ y por qué a otros sólo se les quisiera matar a palos”) o sobre Metafísica (“¿Qué le pasa al alma después de la muerte? ¿Cómo se las arregla?”), Allen recrea humorísticamente el programa de un curso dedicado a la creación dramática. El autor de Manhattan no deja de plantear, desde la ironía y la burla, aspectos trascendentales del arte teatral y de su conexión con el espectador:
“Escribir para el teatro: Todo drama es un conflicto. El desarrollo de los personajes es también muy importante. Asimismo lo que dicen. Los estudiantes aprenden que los discursos largos y aburridos no son tan eficaces como los breves y chistosos que parecen cumplir con creces su cometido. Se investiga la psicología simplificada del público: ¿por qué a menudo una obra de teatro sobre un viejo personaje llamado Gramps, capaz de inspirar ternura, no es tan interesante en el teatro como contemplar la nuca de otro espectador y tratar de que se dé la vuelta? Asimismo se investigan aspectos interesantes de la historia de las tablas. Por ejemplo, antes de la invención de la cursiva, se confundían con frecuencia las indicaciones de escena con el diálogo y a menudo grandes actores se encontraban diciendo: «John se pone de pie, cruza hacia la izquierda». Naturalmente, esto causaba grandes desconciertos y, a veces, una mala crítica. El fenómeno se analiza en detalle a fin de que los estudiantes no cometan estos errores. Texto obligado: de A. F. Shulte, Shakespeare: ¿fue él cuatro mujeres?“
Hijos del silencio: 40 años del Odin Theatre
A menudo reacciono como hace cincuenta años. “Mira esa persona anciana”, me digo observando a un hombre o una mujer de unos cuarenta años. Y enseguida me río de mí. Me doy cuenta de que tiene la edad de mi teatro y todavía estaba en la infancia cuando yo ya pensaba que cada uno de mis nuevos espectáculos sería el último. También me vienen ganas de sonreír cuando el Odin Teatret llega a una nueva ciudad y encontramos jóvenes que nos conocen de los libros. Nos creen un capítulo de la historia del teatro y nuestra persistencia anormal trastorna su modo de pensar. Los huesos duelen, la vista se ha debilitado y cuesta mucho más esfuerzo trabajar doce horas al día. Y sin embargo, es como si una fuerza insensata mantuviera mi necesidad de hacer teatro. Son muchos los motivos por los cuales continúo. Puedo sintetizarlos con una frase: el oficio teatral es mi única patria, y Holstebro su casa. Heme aquí celebrando los cuarenta años de mi teatro preparando un espectáculo sobre Hans Christian Andersen y sus cuentos de hadas. Tengo casi setenta años y me dirán que me estoy volviendo infantil. Yo también quisiera escribir un cuento de hadas. Explicaría la historia de dos hermanos, hijos del Silencio, que van por el mundo siendo uno la sombra del otro. Tienen aspecto de sinvergüenzas y se llaman Desorden y Error.Desorden
En los últimos años utilizo cada vez más la palabra “Desorden” cuando hablo del oficio teatral –y sé que este término crea confusión. Para mí esta palabra tiene dos significados opuestos: la ausencia de lógica que caracteriza las obras insignificantes; o esa coherencia que provoca la experiencia del trastorno en el espectador. Necesitaría dos palabras distintas. Utilizo un truco ortográfico –la diferencia entre la inicial minúscula y la mayúscula– para distinguir el desorden como pérdida de energía, del Desorden que es la irrupción de una energía que nos confronta con lo desconocido.
Lo que siempre he deseado con mis espectáculos es suscitar el Desorden en la mente y los sentidos de un espectador en particular. Quisiera sacudir su costumbre de pre-ver y enjuiciar, quisiera poner en funcionamiento una oscilación emotiva, sembrar estupor.
El espectador del que hablo no es un extraño, una persona a la que deba convencer o conquistar. En primer lugar soy yo. Quien hace un espectáculo es también espectador. El Desorden (con mayúscula) puede ser un arma o una medicina contra el desorden que nos asedia, dentro y fuera de nosotros.
Sé que no existe un método para provocar el Desorden en el espectador. Y sin embargo, tengo la certeza de que puedo acercarme al Desorden con una particular forma de autodisciplina. Esta presupone una separación de los modos justos y razonables de considerar los valores, las motivaciones y los objetivos de nuestra profesión. Es una actitud profundamente individual que nadie nos puede imponer o donar.
Se trata de una liberación y como todas las liberaciones es dolorosa.
Un claro en la selva
El claro en la selva está a pocos kilómetros de una ciudad. Un puñado de hombres y mujeres se reúnen frente a una barraca. Pertenecen a la clase de los dominados y explotados en una colonia, en África, a mitad del siglo XX.
Es una reunión secreta y prohibida. Parece una conjura, pero no lo es, porque los fusiles son de mentira, como los que se utilizan en el teatro. Tampoco es un espectáculo de teatro. Y sin embargo, las personas se disfrazan y se transforman en personajes. Abandonan su manera cotidiana de hablar y caminar asumiendo otra distinta. Fingen. ¿Es un juego? Actúan en serio. Cumplen de común acuerdo una acción transgresiva y violenta. En el centro del claro, un perro hierve en una gran olla y su carne, que para ellos es tabú, es devorada.
Las personas transformadas en personajes están poseídas, pero no por los dioses de su pasado. En lugar de las tradicionales divinidades se manifiestan sus actuales amos: el gobernador de la ciudad, el jefe de la policía, las damas de la elite europea en un país colonial. Durante algunas horas, los africanos no están dominados por los blancos que los gobiernan. Al incorporar a sus amos, se transforman momentáneamente en dueños de sí mismos a través de la posesión. Los protagonistas del ritual parecen locos y descompuestos. Sin embargo, el europeo que captura sus imágenes en una película los considera maestros y los llama “maestros locos”: dos términos inconciliables en el esfuerzo de definir el Desorden.
Una noticia que acabo de leer en el periódico me impulsa a volver a ver esas viejas secuencias de una película de hace medio siglo, de aquellos poseídos en un claro de una selva africana. Un guiño de la imaginación y la memoria hace aflorar las figuras de otros maestros desaparecidos, para mí queridos y siempre cercanos.
Maestros locos
En la noche del miércoles 18 de febrero de 2004, en Nigeria, a seiscientos kilómetros al norte de Niamey, Jean Rouch murió en un accidente de coche, a los ochentiséis años. Era un maestro del cine francés, uno de los padres de la Nouvelle Vague. Lo llamaban Le maître du Desordre, el maestro del Desorden. Hace cincuenta años, en los alrededores de Accra, la capital de Ghana, que entonces era una colonia británica, había rodado Les maîtres fous (Los maestros locos), una película etnográfica que muestra directamente uno de los casos en que las cadenas todavía pesan dolorosamente sobre la carne, y Desorden y tormento se mezclan en el intento de liberarse.
Para el teatro europeo de la segunda mitad del siglo XX, esta película era el testimonio de otra racionalidad, subterránea y subversiva. La película impresionó a Jean Genet y le indujo a escribir Les Nègres. Influyó a Peter Brook durante la creación de su Marat-Sade y acompañó a Grotowski en sus reflexiones sobre el actor. En el ambiente teatral circulaban anécdotas y leyendas sobre las influencias de Les maîtres fous. En aquellos años cada vez eran más frecuentes los paralelismos y distinciones entre teatro y ritual. Algunos artistas estaban elaborando un subtexto que hoy es evidente: el teatro puede ser un claro en el corazón del mundo civilizado, un lugar privilegiado donde evocar el Desorden.
Vayamos por un momento a Moscú, donde las calles están blancas por el hielo. Uno de los primeros días de enero de 1889, Antón Chejov escribió una larga carta al rico editor Aleksei S. Suvorin. Leyéndola, percibo el mismo incandescente sabor de sufrimiento y desgarro que siento observando la ceremonia africana: el ardiente tormento de la liberación. Con crudo realismo, Chejov describe anticipadamente las tensiones y los arrebatos de los participantes de aquella ceremonia, cuando esboza a un hombre “que exprime gota a gota el esclavo que lleva en sí”.
Quien habla no es un ex-esclavo africano, es el gran y famoso escritor ruso, hijo de un siervo. A pesar del relativo bienestar que lo circunda, reconoce en sí mismo las llagas de cadenas invisibles. Ha sufrido muchas veces los azotes del padre y de los profesores que lo han educado a venerar las jerarquías, a besar la mano del Pope, a arrodillarse ante las ideas de los demás, a precipitarse en agradecimientos por cada bocado de pan. Se había convertido en un joven que atormentaba a los animales, almorzaba con placer en casa de los parientes ricos, era hipócrita con Dios y con los seres humanos, sin ninguna necesidad, sólo porque era consciente de su nulidad.
El Chejov que confiesa la lucha contra las propias cadenas y el propio sentido de nulidad es un sensible y auto-irónico escritor de la muy civilizada Europa. Sus palabras no son descontroladas. Pero su “control” se nutre del mismo Desorden que nutre las acciones de aquella ceremonia africana, desconcertantes, turbadoras y –a nuestros ojos– descontroladas.
Al enterarme de la muerte de Jean Rouch, maestro del Desorden, me pregunto: ¿Sus maestros locos dicen alguna cosa también sobre mí, mi historia, mis imaginarios antepasados teatrales? ¿De cuáles cadenas intentamos liberarnos?
No lo sé explicar, pero algo informulable, casi desvergonzado, me impulsa a reconocer en algunos artistas teatrales del pasado a maestros locos y poseídos.
Silencio
Tan pronto pienso en el extremismo de su pensamiento, los protagonistas de la revuelta teatral del siglo XX, comenzando por Stanislavski, se convierten para mí en maîtres fous.
En un clima de renovación de la estética teatral, anticiparon preguntas tan incongruentes que fueron acogidas con indiferencia y burla. Puesto que el núcleo incandescente de estas preguntas estaba envuelto en teorías profesionalmente bien formuladas, algunos las consideraron como simples atentados contra el arte del teatro. O también “utopías”, una manera inofensiva de decir que no era necesario tomarlas en serio. He aquí algunos de estos núcleos incandescentes.
– buscar la vida en un mundo de cartón;
– hacer brotar la verdad en un mundo de disfraces;
– conquistar la sinceridad en un mundo de ficciones;
– hacer de la educación del actor –que imita y representa a personas distintas de sí mismo– el camino hacia la integridad de un Hombre Nuevo.
Además, algunos de estos maestros radicales, añadieron demencia a la demencia. Incapaces de entender que aquellas “utopías” eran irrealizables –las realizaron.
Imaginemos a un artista de hoy que pide una subvención al Ministerio de Cultura para buscar la Verdad a través del teatro. Imaginemos al director de una escuela teatral que escribiera en su programa: aquí enseñamos el arte del actor con el objetivo de crear un Hombre Nuevo. Imaginemos a un director que exigiera a sus actores el dominio de la danza porque refleja la armonía de las Esferas Celestes. Sería lícito decir que desvarían. ¿Por qué entonces los historiadores del teatro nos presentan a Stanislavski, Copeau y Appia como si sus insensatas preguntas fueran nobles utopías y originales teorías?
Hoy no cuesta nada ver en esa aparente demencia una reacción certera contra los crujidos de una época que estaba poniendo en crisis la propia supervivencia del teatro. Hoy es fácil reconocer perspicacia, coherencia y pericia en el trastorno que los maestros del Desorden llevaron al teatro de su tiempo. Renegaron de su organización secular, invirtieron las jerarquías, sabotearon las bien experimentadas convenciones de comunicación entre el escenario y la platea, cortaron el cordón umbilical con la literatura y con el realismo superficial. Despojaron brutalmente el teatro hasta reducirlo a su esencia. Se justificaron con una paradoja de la práctica teatral. Dieron vida a espectáculos inimaginables por su radicalidad, su originalidad y su refinamiento artístico para negar que el teatro fuera sólo arte. Con palabras distintas, cada uno de ellos insistió en que la vocación del teatro era romper las cadenas íntimas, profesionales, éticas, sociales, religiosas o culturales.
Nos hemos acostumbrado a leer la historia del teatro moderno al revés. No partimos de los núcleos incandescentes de las preguntas y de las obsesiones de los maestros del Desorden, sino de la sensatez o de la poesía de sus palabras impresas. Sus páginas desprenden un tono de autoridad y seguridad. Sin embargo, para cada uno de ellos hubo noches de soledad y espanto, cuando sospecharon que los molinos de viento contra los cuales combatían eran en realidad gigantes invencibles.
Hoy los vemos retratados en bellas fotos: rostros inteligentes, bien nutridos e irónicamente plácidos, como el de Stanislavski; rostros de reyes mendicantes, como el de Artaud; altaneros y conscientes de la propia seguridad intelectual, como el de Craig; con el ceño fruncido y combativos, como el de Meyerhold. Es imposible percibir que en cada uno de esos espíritus brillantes anidaba la incapacidad de olvidar o aceptar las propias cadenas invisibles. No estamos en condiciones de aceptar que su eficacia deriva en parte del esfuerzo por alejarse de una condición de silencio impotente.
El arte capaz de suscitar la experiencia del trastorno, y por lo tanto de transformarnos, esconde siempre la zona de silencio que lo ha generado. Pienso en ese silencio que no es una elección, sino una condición que se sufre como una amputación. Un silencio que genera monstruos: autodenigración, violencia hacia sí mismo y hacia los otros, negra ignavia y rabia ineficaz. Sin embargo, a veces ese silencio logra nutrir el Desorden.
La experiencia del Desorden no se refiere a categorías estéticas. Es la irrupción de otra realidad en la realidad. Como cuando en el universo de la geometría plana cae un elemento tridimensional. Como cuando inesperadamente la muerte fulmina a una persona querida. Como cuando, en un segundo, los sentidos se inflaman y sabemos que nos hemos enamorado. Como cuando al poco tiempo de haber emigrado a Noruega alguien me llamó dago y me dio con la puerta en las narices.
Cuando el Desorden nos asalta, tanto en la vida como en el arte, nos despertamos de repente en un mundo que ya no reconocemos, y que todavía no sabemos cómo volver a ordenar.
Un claro en la selva de la confusión
Los trayectos artísticos son siempre senderos personales que intentan huir de los mecanismos prefabricados, de los raíles y las recetas. Tienen que descubrir su propia organicidad, que es nuestra “necesidad”. Son senderos que respiran y viven según una personalísima autodisciplina.
La autodisciplina no consiste en la voluntaria adhesión a normas inventadas por otros. Lo repito, consiste en separarse de los modos justos y razonables de considerar los valores, los objetivos y las motivaciones de nuestra profesión. También implica la fuerza de ánimo para entregarse a ese silencio interior que nos encadena e infunde miedo, pero que, según nos dice nuestra intuición, puede guiarnos, como un maestro loco en un claro de selva africana.
La autodisciplina, que es una de las premisas para realizar el Desorden en mi mente de espectador, nace de un grumo de silencio. Tiene una naturaleza tan particular que permanece desconocida incluso para mí cuando siento su alboroto. Por esto no existe un método que guíe a la realización del Desorden.
Hay espectáculos en que los actores, el director y los espectadores conocen de antemano la historia. Hay espectáculos en que los actores y el director la conocen, pero los espectadores la ignoran. Con los años, cada vez me gusta más, hacer crecer un tipo de espectáculo en el que, al inicio del proceso creativo, ni yo ni los actores imaginamos la historia que estamos contando. Debemos descubrir no sólo cómo contarla sino también qué estamos contando. Sólo el espectáculo al que daremos vida nos puede desvelar lo que queremos decir.
Es una manera conscientemente arriesgada de perderme y rencontrarme valiéndome de dos fuerzas contrarias: por una parte confío en mi experiencia profesional, por otra, intento invalidarla construyendo condiciones de acción inconexas y agotadoras. Quiero paralizar las certezas de mis conocimientos y los manierismos de mis reflejos. Quisiera revivir la experiencia de la primera vez, revitalizando mi saber a través del desconcierto, frente a una situación que no domino. Es una empresa que sólo puedo llevar a cabo con los actores del Odin Teatret, cuyas fuertes personalidades se han templado a través de esta exploración paradójica: sabemos cómo buscar, pero todavía no sabemos lo que buscamos.
Debo componer un nuevo espectáculo. El primer esfuerzo consiste en saber crear un estado de incubación colectiva a partir de “agujeros negros”: dos, tres textos o historias distintas, un núcleo de preguntas inconciliables entre ellas, el acercamiento de temáticas discordantes. Los actores y yo dejamos que estos “agujeros negros” actúen sobre nosotros para atraer un flujo de ideas, recuerdos, fantasmas, episodios biográficos o imaginarios, datos de crónicas. A través de improvisaciones y un trabajo de composición consciente, damos a este flujo interior una anatomía, un sistema nervioso, un temperamento dinámico y sonoro bajo forma de acciones físicas y vocales. Estos materiales escénicos serán macerados, mezclados y destilados en el transcurso de los ensayos dejando aparecer, a veces, nexos sensoriales, melódicos, rítmicos, asociativos e intelectuales imposibles de prever: aquello que ignorábamos al principio.
Es un proceso en el que la incertidumbre y la aprensión acechan sin tregua. Los días y las semanas vuelan y nos sentimos atrapados en un lodazal de propuestas disparatadas, potencialidades dispersas, un cúmulo de escenas con direcciones incongruentes: la confusión. Procedo por saltos, coincidencias, incoherencias, equívocos e interferencias fortuitas. Decido sin saber por qué, e intuyo a intervalos inconexos. Sólo me guían el cansancio y la terquedad. Con el tiempo, he adquirido una cierta familiaridad con mi manera de pensar y aferrar con palabras mis pensamientos, que interpreto para mí y mis compañeros. Los reflejos condicionados me advierten cuáles son los callejones sin salida y cuáles los que me conducen a casa. Me dejo llevar por presentimientos. Presagio la casa de los vientos que estamos construyendo ciegamente.
Ciertamente este modo de proceder no es un ejemplo a seguir, sobre todo para un director novato o que se deja seducir por la fascinación de la serendipidad: los descubrimientos fortuitos y las soluciones inesperadas a través de un errar (equivocarse y vagar sin objetivo) por un penoso período de ensayos.
Cuando intento apoyarme en reglas seguras muy pronto me encuentro ridiculizado por mi ingenuidad. Si me resigno a un mundo absolutamente privado de reglas, pago esta ingenuidad con fracasos igualmente radicales. Entonces ¿qué hay entre las reglas y la falta de reglas, entre la ley y la anarquía? Si pienso en abstracto, parece que no hay nada. Pero la práctica me enseña que hay algo que tiene al mismo tiempo las características de la regla y las de su negación.
A este algo, normalmente lo llamamos error y es lo que me ayuda a superar la confusión. Reconozco dos tipos de errores: sólidos y líquidos. El error sólido se deja medir, modelar o modificar hasta perder su carácter de inexactitud, equívoco, insuficiencia o absurdidad. Se deja rencuadrar en la regla o transformar en orden. El error líquido no se deja apresar o valorar. Se comporta como una mancha de humedad detrás de una pared. Indica algo que viene de lejos. Veo que una cierta escena es “errónea”, pero si tengo paciencia y no hago un uso inmediato de mi inteligencia, me doy cuenta de que en vez de corregirla la tengo que seguir. Precisamente el hecho de que sea tan claramente errónea me hace sospechar que no es simplemente disparatada, sino que sigue un camino lateral que todavía no sé adónde conduce.
Lo más difícil de aprender es la capacidad de agarrarse al error, no para rectificarlo, sino para descubrir adónde nos conduce.
Este saber tácito está enraizado en mí, en mis nervios, en el músculo del corazón. No se deja enseñar o transmitir como un método formulable y aplicable. Cada cual, enredándose en la confusión, pasando por deslumbramientos y desbandadas, dando cabezazos en el propio silencio y la propia soledad, tiene que saber subvertir la propia seguridad profesional y adivinar cómo abrir una grieta para que irrumpa su Desorden.
Anarquía de los cuentos de hadas y el arte del error
El Desorden no construye nada. A veces es intensamente desagradable, pero colabora en romper las cadenas.
Me han enseñado: ama a tus enemigos. En la vida cotidiana es una tarea de santos. En la vida artística es la práctica normal del oficio. Cuántas veces, preparando un espectáculo, caigo en la confusión y me doy cuenta de haber tomado un camino erróneo. Confusión y desorientación son enemigos a los que hay que amar.
Me han enseñado: la vida es un sueño. No es verdad. La vida es un cuento de hadas. Es un mundo de pura anarquía donde quien intenta con perseverancia conseguir su objetivo y se esfuerza para seguir un camino razonable, pierde. Por el contrario, quien se comporta de una forma disparatada, al final encuentra una princesa.
El mundo de los cuentos de hadas es pura anarquía porque se concentra esencialmente en la necesidad de romper las cadenas. El cuento de hadas rompe las cadenas que atan los relatos al mundo tal como es. Pero paga esta libertad con el riesgo de la arbitrariedad. Por esto está poblado de monstruos, de sombras dotadas de vida autónoma, de mujeres y hombres medio humanos medio animales, de muertos que hablan y de objetos que viven y piensan. No es el mundo del mito o la fantasía. Es el mundo de la confusión. Los niños aman ese mundo, pero ese mundo no ama a los niños. En los cuentos de hadas los niños muy a menudo mueren; son abandonados y aplastados; experimentan la realidad desnuda: ansiedad y pavor entremezclados con relámpagos de justicia insensata. La pura anarquía de los cuentos de hadas, ¿qué me enseña para mi trabajo teatral?
Durante los ensayos, cuando toma la delantera la confusión, todo se vuelve indeterminado. La niebla me impide encontrar cualquier dirección. Para orientarme, me esfuerzo en condensar la evanescencia de la confusión en sólidos errores que deben ser corregidos y eliminados para restituir orden a las circunstancias. Paralelamente debo saber individuar los errores líquidos sobre los cuales resbalar hacia donde no había imaginado ir, donde no quería o no creía poder ir.
Si fuera cierto que los cuentos de hadas enseñan algo, tendría que reconocer que aleccionan sobre la bendición del error. La estupidez o la falta de memoria de un protagonista, un intercambio de personajes, un sueño que dura años, un cuervo muerto que te metes en el bolsillo, son a menudo las premisas y las condiciones para un final feliz imprevisto.
¿Existe por lo tanto un arte del error? Hoy, después de cuarenta años con el Odin Teatret, creo poder afirmar que hay errores que potencian la confusión y errores que liberan. Más que en la inspiración, la voz de las musas, el daimon, el duende o el ángel de la guarda, creo en algo mucho más concreto: los errores que liberan cuando tenemos la sagacidad de presagiarlos y seguirlos. Son un signo que se desprende del silencio. Provienen de aquella parte de nosotros mismos que no conocemos. Deberíamos considerarlos como un mensaje que nos ha confiado el maestro loco.
Materiales orgánicos
Todo esto tiene que ver con la totalidad del cuerpo, no sólo con la carne y los huesos, sino también con los músculos, los nervios, las relaciones complejas entre órganos, la circulación sanguínea, las sinapsis. El cuerpo es lo que más se asemeja al pensamiento, precisamente porque es organismo-espíritu: cuerpo-mente.
Por esto siempre me han apasionado los materiales orgánicos de los cuales está hecho el teatro. Y las irradiaciones que se desprenden de estos materiales. Me gusta trabajar con esta materia viviente para trenzar diálogos silenciosos con espectadores antropófagos –aquellos que vienen con la necesidad de devorar con los sentidos. Me place servirme de ellos para abrir senderos que apenas abiertos se volverán a cerrar dentro de mí, pero que permiten que mis actores y yo permanezcamos en transición.
El choque inesperado con una realidad teatral que siembra el trastorno dentro de mí lo viví varias veces durante mi aprendizaje. Permanecen indelebles en mi médula y en mi cerebro La madre, de Gorki-Brecht en el Berliner Ensemble, un espectáculo Kathakali en la húmeda noche india, El príncipe constante, de Grotowski.
De manera igualmente imprevista e involuntaria he experimentado y continúo experimentando el Desorden en el trabajo con mis actores. Desde los primeros años ciertos diseños de sus acciones físicas y vocales, a base de ser repetidos y refinados, saltaban hacia otra naturaleza o realidad de ser.
Lo he constatado personalmente: procedente de un más allá que no sé dónde está ni qué es, en mi arena de gallos emerge un cuerpo más denso, incandescente y luminoso que los cuerpos que poseemos. Este cuerpo-en-vida irrumpe sin preocuparse del buen o del mal gusto, por la conjunción de la causalidad y del oficio, o a causa del carácter imprevisto en un elaborado cálculo. El teatro ha constituido para mí –hoy me doy cuenta con claridad– una herramienta preciosa para hacer incursiones en zonas del mundo que parecían lejos de mi alcance. Incursiones en las tierras ignotas que caracterizan la realidad vertical o espiritual del ser humano. E incursiones en el espacio horizontal de las relaciones humanas, de los ámbitos sociales, de las relaciones de poder y de la política, en la viscosa realidad cotidiana de este mundo donde vivo pero al que no quiero pertenecer.
Todavía hoy continúa fascinándome el hecho de que el teatro proporciona instrumentos, caminos y coberturas para incursiones en la doble geografía: la que me circunda y la que yo circundo. Por un lado el mundo externo, con sus reglas, su vastedad, sus zonas incomprensibles y seductoras, su maldad y su caos; por otro, el mundo interior con sus continentes y océanos, sus pliegues y sus fecundos misterios.
¿Qué ha sido el entrenamiento de mis actores, sino un puente entre estos dos extremos: entre la incursión en la máquina del cuerpo y la apertura de vados para la irrupción de una energía que rompe los límites del cuerpo?
El teatro es el oficio de la incursión, una isla flotante de disidencia, un claro en el corazón del mundo civilizado. Raramente, algunas privilegiadas veces, es también la turbulencia del Desorden que confunde mi manera familiar de convivir con el espacio y el tiempo circundantes, y a través del trastorno me obliga a descubrir otra parte de mí.
Traducción del italiano: Lluís Masgrau
Nano – Tercer Misterio Doloroso: «Cómo mandar la pirola»
Nano es inventor…. También… Perfectamente sus creaciones podrían estar entre las más absurdas de la vida, aunque siempre tendrán por motivación solucionarla.
Si alguien se estuviera preguntando que demonios estaba pensando cuando se le ocurrió tal soberana gilipollez, la respuesta está en la misma pregunta… Acotar y controlar el pensamiento que se escapa y no controlamos…. ¿Es imposible patentar tal despropósito?… Veremos… Lee el resto de esta entrada
Segundo Misterio Doloroso: «Momento Peter Pan»
Magistral inicio del llamado Segundo Misterio Doloroso… Lee el resto de esta entrada
Nano – El Derecho a Hablar con Dios
NANO vuelve a la Iglesia que le vio nacer, crecer y que probablemente le arrope en el día de su muerte. La conoce bien al igual que conoce bien al Dios que la habita. Por ello NANO es el perfecto paciente de un psicólogo virtual al que nadie ha visto y todos conocen.
NANO no es tonto, ¿o si?. Es más listo de lo que parece, ¿o no?. Es difícil encasillar a NANO, intentar definirlo, pero si se pueden asegurar dos cosas: ni es simple ni aburrido.
NANO posee los mismos mecanismos extraños de la salsa agridulce de los restaurantes chinos, una dosis de acidez y amargor mezclada con sabor dulce y agradable: la boca lo agradece pero se saltan las lágrimas.
NANO es divertido y eso que lo que cuenta no lo es, pero lo cuenta a su manera, atrapa al espectador, lo envuelve en sus relatos, recorre su vida, sus inventos científicos, sus métodos para el control de las erecciones, su enfado con Peter Pan…. Pero por encima de todo, el miedo al paso del tiempo y a que lo atrape el Sacamantecas.
NANO es tierno, es como un enorme pan Bimbo que habla desde la ingenuidad más absoluta, desde sus ojos de niño grande. Y ya se sabe cuales son las dos grandes cualidades de los niños: inocencia e imaginación.
NANO es, en definitiva, una obra ideal para gente con miedo a la paternidad, crisis de edad y disfunciones eréctiles.
Harold Pinter: Arte, Verdad y Política
Harold Pinter: Discurso de agradecimiento del Nobel de Literatura
En 1958, escribí lo siguiente:
‘No hay distinciones concretas entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa.’
Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar: ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?
La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los dedos y se pierda.
Me han preguntado con frecuencia cómo nacen mis obras teatrales. No sé cómo explicarlo. Como tampoco puedo resumir mis obras, a menos que explique qué ocurre en ellas. Esto es lo que dicen. Esto es lo que hacen.
Casi todas las obras nacen de una frase, una palabra o una imagen. A la palabra le sigue rápidamente una imagen. Os daré dos ejemplos de dos frases que aparecieron en mi cabeza de la nada, seguidas por una imagen, seguidas por mí.
Las obras son ‘The Homecoming’ (La vuelta a casa) y ‘Old times’ (Viejos tiempos). La primera frase de ‘The Homecoming’ es “¿Qué has hecho con las tijeras?» La primera frase de ‘Old times’ es “Oscuro”.
En ninguno de los casos disponía de más información.
En el primer caso alguien estaba, obviamente, buscando unas tijeras, y preguntaba por su paradero a otro de quien sospechaba que probablemente las había robado. Pero, de alguna manera, yo sabía que a la persona interrogada le importaban un bledo tanto las tijeras como el interrogador.
En ‘Oscuro’, tomé la descripción del pelo de alguien, el pelo de una mujer, y era la respuesta a una pregunta. En ambos casos me encontré obligado a continuar. Ocurrió visualmente, en una muy lenta graduación, de la sombra hacia la luz.
Siempre comienzo una obra llamando a los personajes A, B y C.
En la obra que acabaría convirtiéndose en ‘The Homecoming’, ví a un hombre entrar en una habitación austera y hacerle la pregunta a un hombre más joven sentado en un feo sofá con un periódico de carreras de caballos. De alguna forma sospechaba que A era un padre y que B era su hijo, pero no tenía la certeza. Esta posibilidad se confirmaría sin embargo poco después cuando B (que más adelante se convertiría en Lenny) le dice a A (más adelante convertido en Max), “Papá, ¿te importa si cambiamos de tema de conversación? Te quiero preguntar algo. Lo que cenamos antes, ¿cómo se llama? ¿Cómo lo llamas tú? ¿Por qué no te compras un perro? Eres un chef de perros. De verdad. Crees que estas cocinando para perros.” De manera que como B le llama a A “Papá” me pareció razonable asumir que eran padre e hijo. A era claramente el cocinero y su comida no parecía ser muy valorada. ¿Significaba esto que no había una madre? Eso aún no lo sabía. Pero, como me dije a mí mismo entonces, nuestros principios nunca saben de nuestros finales.
‘Oscuro’. Una gran ventana. Un cielo al atardecer. Un hombre, A (que se convertiría en Deeley) y una mujer, B (que luego sería Kate) sentados con unas bebidas. ¿Gorda o flaca?, pregunta el hombre. ¿De quién hablan? Pero entonces veo, de pie junto a la ventana, a una mujer, C (que sería Anna), iluminada por una luz diferente, de espaldas a ellos, con el pelo oscuro.
Es un momento extraño, el momento de crear unos personajes que hasta el momento no han existido. Todo lo que sigue es irregular, vacilante, incluso alucinatorio, aunque a veces puede ser una avalancha imparable. La posición del autor es rara. De alguna manera no es bienvenido por los personajes. Los personajes se le resisten, no es fácil convivir con ellos, son imposibles de definir. Desde luego no puedes mandarles. Hasta un cierto punto, puedes jugar una partida interminable con ellos al gato y al ratón, a la gallina ciega, al escondite. Pero finalmente encuentras que tienes a personas de carne y hueso en tus manos, personas con voluntad y con sensibilidades propias, hechas de partes que eres incapaz de cambiar, manipular o distorsionar.
Así que el lenguaje en el arte es una ambiciosa transacción, unas arenas movedizas, un trampolín, un estanque helado que se puede abrir bajo tus pies, los del autor, en cualquier momento.
Pero, como he dicho, la búsqueda de la verdad no se puede detener nunca. No puede aplazarse, no puede retrasarse. Hay que hacerle frente, ahí mismo, en el acto.
El teatro político presenta una variedad totalmente distinta de problemas. Hay que evitar los sermones a toda costa. Lo esencial es la objetividad. Hay que dejar a los personajes que respiren por su cuenta. El autor no ha de confinarlos ni restringirlos para que satisfagan sus propios gustos, disposiciones o prejuicios. Ha de estar preparado para acercarse a ellos desde una variedad de ángulos, desde un surtido amplio y desinhibido de perspectivas que resulten. Quizá, de vez en cuando, cogerlos por sorpresa, pero a pesar de todo, dándoles la libertad para ir allí donde deseen. Esto no siempre funciona. Y, por supuesto, la sátira política no se adhiere a ninguno de estos preceptos. De hecho, hace precisamente lo contrario, que es su auténtica función.
En mi obra ‘The Birthday Party’ (La fiesta de cumpleaños) creo que permito el funcionamiento de un amplio abanico de opciones en un denso bosque de posibilidades antes de concentrarme finalmente en un acto de dominación.
‘Mountain Language’ (El lenguaje de la montaña) no aspira a esa amplitud de funcionamiento. Es brutal, breve y desagradable. Pero los soldados en la obra sí que se divierten con ello. Uno a veces olvida que los torturadores se aburren fácilmente. Necesitan reírse de vez en cuando para mantener el ánimo. Este hecho ha sido confirmado naturalmente por lo que ocurrió en Abu Ghraib en Bagdad. ‘Mountain Language’ sólo dura 20 minutos, pero podría continuar hora tras hora, una y otra y otra vez, repetirse de nuevo lo mismo de forma continua, una y otra vez, hora tras hora.
‘Ashes to ashes’ (Polvo eres), por otra parte, me da la impresión de que transcurre bajo el agua. Una mujer que se ahoga, su mano que emerge sobre las olas intentando alcanzar algo, que se hunde y desaparece, buscando a otros, pero sin encontrar a nadie, ya sea por encima o por debajo del agua, encontrando únicamente sombras, reflejos, flotando; la mujer es una figura perdida en un paisaje que las aguas están cubriendo, una mujer incapaz de escapar de la catástrofe que parecía que sólo afectaba a otros.
Pero, de la misma forma que ellos murieron, ella también ha de morir.
El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno de estos territorios dado que la mayoría de los políticos, según las evidencias de que disponemos, no están interesados en la verdad sino en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario mantener al pueblo en la ignorancia, que las gentes vivan sin conocer la verdad, incluso la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado de mentiras, de las cuales nos alimentamos.
Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos y provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con Al Quaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.
La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo decide encarnarlo.
Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta época a cierta clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que nos permite el tiempo que tenemos.
Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.
Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EEUU en la misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera como crímenes. Creo que esto hay que solucionarlo y que la verdad sobre este asunto tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra el mundo actualmente. Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran.
La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito de Estados Unidos. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido -o molido a palos, que viene a ser lo mismo– y tus propios amigos, los militares y las grandes corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy hablando.
La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve Estados Unidos su papel en el mundo, tanto entonces como ahora.
Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EEUU en Londres a finales de los 80.
El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”
Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. «Padre», dijo, «déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre». Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.
La gente inocente, en realidad, siempre sufre.
Finalmente alguien dijo: «Pero en este caso ‘las personas inocentes’ fueron las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una entre muchas. Si el Congreso concede a la Contra más dinero, tendrán lugar más atrocidades de esta clase. ¿No es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los ciudadanos de un estado soberano?»
Seitz se mantuvo imperturbable. «No estoy de acuerdo con que los hechos tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones». dijo.
Mientras abandonábamos la embajada, un asistente estadounidense me dijo que había disfrutado con mis obras. No le respondí.
Debo recordarles que el entonces presidente, Reagan, hizo la siguiente declaración: «La Contra es el equivalente moral a nuestros Padres Fundadores».
Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.
Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de muerte fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados de una muerte segura. A unas 100.000 familias se le dieron títulos de propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue erradicada.
Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le permitía incrementar los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz resistencia al status quo en el Salvador.
He hablado anteriormente de «un entramado de mentiras» que nos rodea. El presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un «calabozo totalitario». Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por supuesto por el gobierno británico, como un comentario acertado e imparcial. Pero lo que ocurre es que, bajo el gobierno sandinista, no estaba documentada la existencia de escuadrones de la muerte. No había constancia de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se calcula que unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares.
Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989 por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, USA. Un hombre extremadamente valiente, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras se dirigía a la gente. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la interminable situación de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.
Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno Sandinista. Tardaron varios años y hubo una resistencia considerable, pero una persecución económica implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes empresas volvieron en mayor número. La ‘Democracia’ había prevalecido.
Pero esta ‘política’ no se limitó, de ninguna manera, a Centroamérica. Se realizó a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como si nunca hubiese sucedido.
Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las dictaduras militares de derechas en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca purgado ni olvidado.
Cientos de miles de muertes tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.
Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito.
Os digo que Estados Unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante. Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a tomar en beneficio del pueblo americano”.
Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar. Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona, por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos “gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.
Estados Unidos ya no se preocupa por los conflictos de baja intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente les importan un bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico, que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña.
¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral? ¿La hemos tenido alguna vez? ¿Qué significan estas palabras? ¿Se refieren a un término muy raramente utilizado estos días, conciencia? ¿Una conciencia para usar no sólo con nuestros propios actos sino para usar también con nuestra responsabilidad compartida en los actos de los demás? ¿Está todo muerto? Mirad Guantánamo. Cientos de personas detenidas sin cargos a lo largo de tres años, sin representación legal ni un juicio conveniente, técnicamente detenidos para siempre. Esta estructura totalmente ilegal se mantiene como un desafío a la convención de Ginebra. Esto no es sólo tolerado sino que es difícilmente planteado por lo que se llama ‘la comunidad internacional’. Esta atrocidad criminal la comete un país, que se declara a sí mismo ‘el líder del mundo libre’. ¿Pensamos en los habitantes de la bahía de Guantánamo? ¿Qué es lo que dicen los medios? Lo reseñan ocasionalmente – una pequeña mención en la pagina seis. Ellos han sido consignados a una tierra de nadie de la que, por cierto, puede que nunca regresen. En la actualidad muchos están en huelga de hambre, alimentados a la fuerza, incluidos los residentes británicos. No hay sutilezas en estos procesos de alimentación. Ni sedaciones ni anestésicos. Solo un tubo insertado en tu nariz y dentro de tu garganta. Tú vomitas sangre. Esto es tortura. ¿Qué ha dicho la Secretaría Británica de Exteriores sobre esto? Nada. ¿Qué ha dicho el primer ministro británico sobre esto? Nada ¿Por qué no? Porque los Estados Unidos han dicho: criticar nuestra conducta en la bahía de Guantánamo constituye un acto poco amistoso. O estáis con nosotros o contra nosotros. Así que Blair se calla.
La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios y, por consiguiente, del público; un acto con la intención de consolidar el control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio camuflado –como ultimo recurso, todas las otras justificaciones han caído por ellas mismas– como una liberación. Una formidable aseveración de la fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de personas inocentes.
Hemos traído tortura, bombas racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo Iraquí y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”
¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Más que suficiente, habría pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado el Tribunal Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado, Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al Tribunal su dirección si está interesado. Es el número 10 de Downing Street, Londres.
La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair, colocan la muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen. Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. «No hacemos recuento de cuerpos», dijo el general americano Tommy Franks.
Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos británicos una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. «Un niño agradecido», decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único superviviente. «¿Cuándo recuperaré mis brazos?», preguntaba. La historia desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando un discurso sincero en televisión.
Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.
He aquí un extracto del poema de Pablo Neruda: ‘Explico Algunas Cosas’:
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!
Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein. Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.
He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política oficial es hoy en día definida como ‘Dominio sobre todo el espectro’. Ése no es mi término, es el suyo. ‘Dominio sobre todo el espectro’ quiere decir control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.
Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo en 132 países, con la honorable excepción de Suecia, por supuesto. No sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.
Los Estados Unidos poseen ocho mil cabezas nucleares activas y utilizables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como ‘destructores de búnkeres’. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil -la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares- constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso.
Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente, todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya.
Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho.
«Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquel otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides»
La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección -a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político.
Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado «Muerte»
¿Dónde se halló el cadáver?
¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?
¿Quién era el cadáver?
¿Quién era el padre o hija, o hermano
o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?
¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?
¿Fue abandonado?
¿Quién lo abandonó?
Qué le hizo declarar muerto al cadáver?
Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?
¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?
Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo -porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.
Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.



