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El intelectural del teatro contra la dictadura del presente

El nombre de Christian Ludvigsen está relacionado con el del Odin Teatret desde nuestra primera gira en Dinamarca en 1965, y aún más desde que nos mudamos de Noruega a Holstebro en junio de 1966.

Holstebro no está lejos de Århus, allí Christian Ludvigsen enseñaba en el instituto de dramaturgia de la Universidad, recién inaugurado. Recuerdo con gratitud la actitud con la cual se acercó a nuestro trabajo, su interés, su confianza. Todo eso fue de gran ayuda en nuestros comienzos cuando hacíamos teatro y pensábamos en él de una manera que para los otros no era fácilmente reconocible.

Estábamos forzados a ser diferentes, y Christian Ludvigsen fue uno de los que en esta diversidad supo reconocer un valor que debía defenderse. Éramos autodidactas y éramos extranjeros. Podíamos tratar de hacer una mala imitación del mejor teatro profesional. O podíamos inventar nuestro propio teatro y nuestra propia forma de ser profesionales. Lo hicimos con todo el rigor y el jacobinismo de la juventud. Es natural que las reacciones a nuestro alrededor estuvieran teñidas de incomprensión, ironía o indiferencia. La gente preguntaba: ¿ es de verdad teatro lo que ellos hacen? ¿Es útil para la gente? ¿Merecen una subvención? Christian Ludvigsen fue uno de los que explicó por qué un teatro tan anómalo y aislado como era en aquel entonces el Odin Teatret, tenía el derecho a existir y ser subvencionado por la comunidad.

Esta es una de las funciones de los intelectuales – historiadores, críticos, y teóricos – que pertenecen a la cultura del teatro: defender los teatros débiles, extraños para el gusto y los criterios que prevalecen. Esta defensa no es sólo una cuestión de palabras cultas y argumentos enraizados históricamente, sino también la posición de alguien que tiene un título, un rol y prestigio cultural.

Al leer esto, muchos sonreirán: “Acá tenemos la típica manera de pensar de la gente de teatro. Para ellos los intelectuales son sólo herramientas para asegurarse sustento, reconocimiento y publicidad”. Esa sonrisa está fuera de lugar. Lo comprenderán fácilmente si tienen la paciencia de reflexionar sobre algunas características generales de la cultura teatral constantemente amenazada por su indisoluble relación con el presente.

¿Qué sería de nuestro panorama artístico si, como en una nueva Atlantis, todos los textos, pinturas, músicas y películas desaparecieran – obras que, cuando fueron creadas por primera vez, no fueron consideradas merecedoras de existencia? Entre estos trabajos “rechazados” sabemos hoy que hay muchas obras maestras de las cuales nuestra civilización no puede prescindir. Sin embargo, las obras hechas por acciones humanas – los productos teatrales – no pueden superar una primera fase de indiferencia o condena, como lo pueden hacer las que son hechas con palabras, colores, sonidos escritos sobre una partitura, imágenes grabadas en un film u ondas electrónicas. Estas perduran en el tiempo. Las obras de teatro son incapaces de beneficiarse con la dilación: deben ser aceptadas inmediatamente cuando nacen, de otra manera no existen ni existirán.

Esto quiere decir que la vida teatral corre el riesgo de perder el aporte de esas obras inadecuadas al presente, pero tal vez abiertas ya al futuro y fuentes de energía para el desarrollo de otras formas artísticas. Cuando el ser humano vive sólo a merced de los valores del presente, se está en estado de barbarie. Es esencial en teatro, encontrar las fuerzas capaces de oponerse a la dictadura del presente. Una de esas fuerzas puede estar constituida por un particular tipo de espectador. Es una minoría, capaz de compensar con el peso de sus conocimientos, experiencia y prestigio el hecho de ser sólo un pequeño número.

Es importante no caer en equivocaciones: no es una minoría deseando imponer sus propios gustos a una mayoría de espectadores. Por el contrario, es un grupo restringido de gente que pueden ser capaces de reforzar lo que de otra manera naufragaría en la indiferencia y en la incomprensión general. No es una cuestión de oposición entre los muchos y los pocos, sino de una actitud ética profesional, para crear un contrapeso al irremediable carácter efímero del teatro que parece condenado a ser esclavo del presente.

Es cierto que mi gratitud hacia Christian Ludvigsen encierra motivos personales. Pero responde sobre todo a consideraciones de orden general y objetivo. Si bien es esencial, el rol de defensor de los “rechazados” no puede durar mucho. Los “rechazados”, si logran vivir, cesan de ser “rechazados” y se vuelven individuos tal vez extraños y diferentes, pero con un lugar y un rol propio dentro del panorama general.

Nuestra tradición le sugiere algunos roles al intelectual que entra en contacto con un teatro: dramaturgo, consejero literario, ideólogo, portavoz oficial en el mundo de la crítica y de la cultura. En otras palabras, es quien escribe el texto, quien escribe el programa del espectáculo, quien escribe revistas o teoriza. Ninguna de estas funciones es negativa. Lo que es negativo es quedar fijado en un rol. Muchas veces las colaboraciones entre la gente de teatro y los intelectuales fallan o se degeneran porque están organizadas según una división abstracta del trabajo. En teatro, la única división de trabajo que funciona es la que no parte de una división de roles y se desarrolla de manera orgánica entre las personas que intervienen en el proceso.

El teatro no vive a través de una suma de especializaciones, sino en la lenta creación de un tejido de relaciones, de un ethos común en el cual cada individuo está comprometido por entero, disolviendo la máscara profesional.

Mi colaboración con Christian Ludvigsen me hizo comprender esto desde los inicios del Odin Teatret, y fue confirmado luego por otras experiencias. Se volvió, si no un programa consciente, al menos un valor en mi vida profesional.

Los intelectuales que colaboran con un teatro, incluso cuando poseen una mente abierta y están preparados profesionalmente, no pueden limitarse a ejercitar lo que frecuentemente llaman “sus propias competencias intelectuales”. La misma situación los fuerza a elegir: rigidizar y esterilizar las relaciones o volverse un intelectual que las traspasa.

Si no razonamos según un esquema de división de trabajo sino según el que apunta a los encuentros entre seres humanos, es evidente que un encuentro es posible sólo si cada una de las partes abandona sus propios territorios adentrándose en un terreno desconocido que va más allá de los seguros límites de la especialización personal.

Lo mismo vale para el artista de teatro cuando se encuentra con un intelectual. No sirve de nada cederle una parte del trabajo, esperar sus soluciones o sus propuestas. Es necesario avanzar en otros terrenos, forzando al otro a entrar, él también, en territorios que le son desconocidos. Después de todo, esta dinámica no es diferente a la establecida entre actor y director cuando el trabajo crece y se vuelve vivo. Ser un intelectual que traspasa no quiere decir solamente ser capaz de avanzar en terrenos nuevos respecto a la propia especialización. Quiere decir, sobre todo, aceptar el carácter relativo de las propias visiones, de las propias definiciones de las cosas y de sus sentidos. Muchas veces tenemos una fe excesiva en las categorías que usan los expertos, y creemos que su manera de clasificar y definir eventos coincide con el descubrimiento de la verdadera esencia de los mismos.

Desde su inicio, la relación entre Christian Ludvigsen y el Odin Teatret no estaba fundada en una definición clara de roles y división del trabajo, sino en la proximidad de las personas. Era una manera libre de interactuar, que a veces se concretaba en proyectos y actividades comunes y que en otros casos podía abarcar largos períodos aparentemente inactivos, casi en un estado de escucha, de contigüidad o de espera en vigilia.

El modelo que se configuró en esta primera relación fue desarrollado a lo largo del tiempo. Creo que este modelo basado en superar y traspasar los roles es la causa de una de las características que el Odin Teatret ha adquirido a largo de su historia. Hoy un heterogéneo y sustancial entorno de intelectuales se acomuna alrededor del Odin Teatret. Parecen estimulados por sus conexiones con nuestro grupo de teatro, y a veces interactúan entre ellos como si fueran un verdadero grupo de trabajo. Pero en realidad, no lo son, ni formalizan las relaciones entre ellos, ni las que establecen con el Odin. Sobre todo no traducen la red de sus relaciones en un programa de investigación interdisciplinario, sino en influencias libres y recíprocas entre las personas.

De esta constelación que ha ido creciendo gradualmente en los primeros 25 años del Odin Teatret nació la estructura de la ISTA (International School of Theatre Anthropology). Cuanto más desprovista de relaciones formales, más sólida ha sido su estructura. Aquí, los artistas de teatro y los intelectuales, expertos en diferentes disciplinas, se reúnen periódicamente en un ambiente de investigación práctica y estudios comparativos que no prevé distinción de roles, ni objetivos comunes, ni una visión unitaria del teatro, de su práctica, historia y teoría. El estímulo para reunirse nace de un verdadero y mutuo interés, de la inclinación hacia una investigación empírica y el reconocimiento de la fertilidad de las circunstancias en las cuales cada uno es forzado a traspasar los límites de sus roles y especialidad.

La ISTA es un lugar y un tiempo en el cual los artistas e intelectuales pueden vivir y trabajar codo a codo superando una distinción fundamental: la que separa la experiencia del actor de la experiencia del espectador.

En efecto, entre los diferentes tipos de etnocentrismo, hay uno que no depende de las geografías o fronteras entre culturas, sino de la pura perspectiva teatral. Este etnocentrismo escruta los problemas del teatro únicamente desde el punto de vista del observador. Este punto de vista unilateral, debido a que los observadores están imposibilitados o son incapaces de desplazarse, les hace creer que el teatro se identifica sólo con la cara que les muestra.

Esta visión reducida de la realidad teatral es muchas veces la causa de la falta de diálogo entre los observadores y los artesanos del teatro. Los que están en la platea no entienden a los que están en el escenario. Creen que hablan de las mismas cosas y se dan cuenta de que hablan de cosas totalmente diferentes. El diálogo se interrumpe. O bien, quien es más débil de pensamiento o tiene menos armas en el plano teórico asume la óptica del otro. Es innecesario decir que en la mayoría de los casos es el actor quien acepta el punto de vista del intelectual, incluso sabiendo que entra en conflicto con su experiencia personal. De esta manera, el etnocentrismo del observador se vuelve equivalente, en términos teatrales, a un proceso de colonización.

A todo esto se suma que muchas veces el intelectual actúa como “crítico” en relación al teatro. Nuestras convenciones culturales lo instalan en una posición de juez que ejerce, lo quiera o no, un poder. Es fácil comprender por qué frecuentemente la relación entre los dos hemisferios de la cultura teatral es una serie de monólogos que van paralelos o un conflicto más que un diálogo.

Es una lástima que la función del intelectual haya sido casi completamente identificada con la del crítico o con la persona responsable del texto que será llevado a escena. O, en situaciones particulares, por una división del trabajo aún más engañosa, ha sido identificado con la figura del responsable de la correcta ideología. Todas estas son configuraciones falsas de la relación entre los dos hemisferios del teatro. Tienen el serio defecto de reproducir la jerarquía de roles que en el plano práctico es improductiva y éticamente inaceptable.

Para nosotros, gente de teatro, el intelectual puede ser algo más: un aliado en la lucha para sustraernos a la dictadura del presente. No sólo en los inicios, cuando el espíritu del tiempo amenaza a cada teatro que sea diferente. Sino también posteriormente, cuando la dictadura del presente amenaza a un teatro desde adentro bajo la forma de respeto por las normas establecidas por el mercado, los sindicatos, las leyes del estado y la competencia. Y sobre todo, cuando nuestro teatro, incluso presentándose coherente consigo mismo, en realidad abdica al riesgo, a la elección permanente y al esfuerzo para escapar de nuestros propios manierismos.

En ese verdadero momento de peligro y extravío, es particularmente importante escuchar a los intelectuales que han forjado sus armas para descender al pasado y encontrar personas que no están más. Hablo de esos intelectuales que tienen una familiaridad con las sombras así como con los cuerpos en vida. Los necesitamos, porque nos ayudan a recordar que puede existir un teatro que imprime su sombra en la historia.

Eugenio Barba (traducción del inglés Ana Woolf)

Hacia una formación teatral conservadora

Diversas explicaciones hay para la tendencia cada vez más marcada hacia el alejamiento del público de los espectáculos teatrales. Más allá de esporádicos rebrotes de interés es una realidad no sólo nuestra, uruguaya, sino que por lo menos del teatro de nuestro continente. Lo he podido palpar directamente al estar trabajando todos los años en diversos países de la región.

En general se adjudica la causa a la TV, antes al Vídeo ahora más al DVD, a la situación económica y hasta a los problemas de seguridad. Todo esto ciertamente que incide, pero quiero poner a reflexión de los participantes que el principal problema del alejamiento del público de los espectáculos teatrales es la baja calidad artística los mismos. No tanto en los aspectos referidos a las búsquedas estéticas en los planos dramatúrgicos o de puesta en escena, pero sí en lo que es medular, que es la esencia del teatro que es la calidad de las interpretaciones. De cualquier manera conviene señalar que incluso esas búsquedas estéticas muchas veces quedan por fuera de la compresión del público también. Para qué vamos al teatro sino para que nos cuenten de manera artística, pero que nos cuenten al fin, una historia donde existan conflictos, donde exista lucha, y donde esos conflictos y esas luchas sean creíbles para nosotros. Eso es lo que en definitiva nos «engancha» con una propuesta teatral.

La cuestión es que para cumplir con esa expectativa debemos tener artistas bien formados en la profesión de crear personajes creíbles. Pero resulta que en general se le da a los estudiantes una formación ecléctica donde al final salen sabiendo de muchas cosas pero no tienen el dominio de las herramientas fundamentales del actor profesional. He tenido la experiencia de trabajar con actores de varios países, entre ellos de Rusia y la diferencia es abismal, y por la sencilla razón de que ellos tienen una formación teatral conservadora. Es decir a todos se les enseña lo mismo, la base formativa es común a todos y es el Sistema de Stanislavski ( con todos los aportes de Vajtangov, Mijail Chejov, Grotowski, entre otros ) Hay que terminar con la confusión tan común entre estética y formación. Con los estudiantes no hay que hacer experiencias sino que hay dotarlos de la seguridad en el dominio de los fundamentos del oficio del actor. No puede ser que en una escuela de teatro haya diversos profesores de actuación que enseñan de manera distinta. Que si el alumno- como ha pasado en la EMAD de Montevideo no muchos años atrás- se cambia a medio año del turno diurno al nocturno, compruebe que los profesores de actuación siguen pautas diferentes para su educación. Hay incluso quienes se jactan de ese tipo de cosas y hasta llegan ha disparatear a mi juicio diciendo que hay varios caminos para llegar a la verdad y que vamos hacia un teatro narrado donde ya no existirán personajes. Si estos augurios se hicieran realidad en el futuro,¡ pobre teatro !. Quedará reducido a una élite que gozará de las múltiples experiencias estéticas, que las podrán decodificar, así como habrá otros que nos las entiendan pero que las aplaudirán por puro snobismo, como se decía antes. Pero el gran público que es pueblo quedará por fuera de esto. Deberíamos ir, tal como se está ya haciendo en varios países de Europa e incluso en China, hacia una formación teatral conservadora, tal como se hace por ejemplo y se acepta en el ballet, en la música, en la plástica.

Si seriamente queremos formar un buen bailarín de danza moderna empezaremos por la danza clásica ¿verdad? Así como nadie piensa que se pueda enseñar a pintar sin aprender antes a dibujar, o a enseñar a pintar a la manera como pintaba Monet o Velásquez. Nadie piensa en enseñar música poniendo al estudiante a improvisar en el piano lo que le salga, ¿y porque sin embargo se hace esto en el teatro ? El Sistema de Stanislavski sentó las primeras bases formativas de la escuela de teatro, hay que conservar esa herencia valiosa, incluyéndole sí los aportes hechos por otros maestros que lo siguieron.

Ahora bien, qué entendemos cuando decimos Sistema de Stanislavski Para aceptarlo o rechazarlo primero aclaremos de cuál Stanislavski estamos hablando: No precisamente del Stanislavski de los libros traducidos en su mayoría del inglés de las traducciones del ruso de la Sra. Elizabeth Reynolds Hapgood , quién se abrogó el derecho incluso de compendiar algunos textos. Lamentablemente sabemos que Stanislavski firmó un contrato con ella en razón del cual todo lo que se refiriera a su obra a publicar fuera de la URSS durante el S. XX debía pasar primero por sus mercantilistas manos. Así tenemos los títulos que incluso citan profesores e investigadores de teatro como Creación del Personaje, Un actor se prepara, Preparación del actor, etc. , que ya desde el arranque desvirtúan la obra del Maestro, porque esos no son títulos de él, son títulos para vender un producto. El trabajo del actor sobre sí mismo como título original no fue antojadizo para Stanislavski. Representaba primero que nada su concepción profunda (y también diremos de la cultura rusa) de la vital importancia que el trabajo tiene para el artistas. Para nuestra cultura teatral y sobre todo en la faz formativa cuesta mucho arraigar el concepto del trabajo. Siempre hay más apresuramiento por estar pronto en el escenario que vocación por aprender- a veces incluso dolorosamente- el oficio del actor. (De ahí muchas veces la búsqueda de los caminos fáciles y rápidos que directa o indirectamente proponen algunos talleres). Siempre digo a mis estudiantes que en Rusia el verbo más importante es Trabajar (Rabota en ruso) Cualquier cosa que se estropee, que deje de funcionar ellos dirán que aquello no trabaja ( ni rabota en ruso). La otra connotación del título original es que Stanislavski nos está señalando que en el teatro somos nosotros el instrumento e instrumentista. Somos nosotros mismos los primeros que debemos sentir los problemas del personaje para luego- como decía Shepkin, otro gran actor ruso del siglo XIX- adquirir el derecho a hablar en nombre del personaje.

Además del tema de las traducciones, si hay algo que no se puede aprender en los libros es el Sistema de Stanislavski. Es un sistema formativo esencialmente práctico, y es sólo en esa práctica de los ejercicios que se entiende realmente cual es la propuesta stanislavskiana. También conviene señalar que afortunadamente ha existido en la década del 90 una edición en español de Editorial Quetzal de Buenos Aires, del Sr. Domingo Cortizo, que se saltó a la torera los derechos de la Sra. Reynolds entregándonos la primera e ilegal traducción al español directamente del ruso, incluso respetando el título original e incorporando a modo de prefacios o prólogos, los trabajos de los especialistas e investigadores encargados de la recopilación para una edición posterior de todos los innumerables trabajos de Stanislavski.( 1) Muchos de ellos –digámoslo también-contradictorios entre sí., pues este maravilloso maestro era además de un gran artista , alguien que aplicaba un método científico en sus propias investigaciones, que elaboraba sus hipótesis y las sometía a la prueba de la práctica ; y que muchas veces un escrito de él supera o contradice otro de los años anteriores. Al desconocer esto, muchos de los lectores han dejado de comprender bien que se propone este dichoso y “contradictorio sistema” .

Malas traducciones entonces, buenas traducciones muy pocas veces con contradicciones productos de distintas época, el poco contacto directo con la práctica de muchos de los pedagogos que han abrazado al sistema, ha provocado una formación muy despareja, que si bien ha sido mejor que el desconocimiento absoluto, tampoco han podido formar cabalmente y de forma pareja las generaciones de artistas que los medios teatrales han estado necesitando. Por poner ejemplos muy cercanos: si alguien en la Argentina ha tenido la suerte y a veces el dinero como para tomar clases con Alezzo o con Gandolfo, (por citar dos de los más emblemáticos maestros argentinos), seguramente si tiene talento se va a destacar en su generación. Pero otro que sólo ha pasado o sólo pasa ahora mismo por la Escuela Municipal de Arte Dramático o por el Conservatorio (actual IUNA) tendrá seguramente un déficit formativo y no logrará el destaque de su colega “alumno de Gandolfo o de Alezzo”. Pero aún en esos casos insisto, tampoco la formación obtenida con esos indudables maestros es la ideal. Y aquí quiero detenerme, ya que puse ejemplos porteños, en la otra gran confusión que existe respecto al Sistema de Stanislavski. Es tomarlo como algo semejante al método de Lee Strasberg , o del Actors Studio. Se suele escuchar a prestigiosísimos artistas negar que construyan sus personajes con la ayuda del sistema por el rechazo que les ha provocado el mal entendido concepto de la Memoria Emotiva, aplicado por seguidores del Método de Lee Strasberg o indirectamente por aquellos que estudiaron en España con las enseñanzas de William Layton. Hace muy poco, el año pasado para ser exactos, nada menos que Norma Aleandro expresó en un reportaje que ella para las emociones auténticas de sus personajes no recurría a su memoria emotiva. Y entonces podemos preguntarle ¿a qué recurre, al fingimiento a la imitación ? ( que nos consta que no es el caso) ¿ a qué otra cosa puede recurrir o de dónde saca el actor las emociones de sus personajes que se hacen vivas en él, sino es a través de su propio caudal, de su propia memoria emotiva ?. Ahora bien, porque decía este verdadero dislate una artista de esta categoría Porque siendo muy joven, al inicio de su etapa formativa, ella cuenta que había ido a unas clases con Carlos Gandolfo y éste les hacía hacer unos ejercicios de memoria emotiva que la dejaron traumada por mucho tiempo, lapso en el cual incluso se cuestionó su propia vocación. De donde han sacado tanto Gandolfo como otros maestros esos ejercicios de memoria emotiva sino del Actors Studio. En Rusia, en la formación práctica en el sistema, no existen los ejercicios de memoria emotiva. Sí existen una serie de ejercicios que crean las condiciones necesarias para que aparezca la memoria emotiva en los estudiantes y- por otra parte- en el momento justo, ni antes ni después.
Cabe señalar justamente aquí que otra de las debilidades que hemos podido constatar a nuestro paso por diversas escuelas, muchas de ellas oficiales, está referido a los programas de estudio. Debilidad que parte desde aquellos casos en donde se aplica en la práctica la manida frase “cada profesor con su librito” hasta los programas de estudio que no contemplan el debido proceso del estudiante, apresurándose para llegar a los textos cuando aún éste no ha aprendido a trabajar con sí mismo.

Ante este panorama lo que proponemos es vincularse directamente de una vez por todas a la ortodoxia del Sistema de Stanislavski , recogiendo esa maravillosa herencia, de una vez y para siempre, sin confusiones ni desvirtuaciones de ningún tipo. Lisa y llanamente, lo que ya intentamos en años anteriores: traer maestros rusos, o de la antigua área socialista, para que dicten cursos para profesores de teatro tanto de Uruguay, como de otros países de la región que padecen los mismos males pedagógicos que nosotros. Otra manera y posible es becar a nuestros profesores para que hagan cursos en Rusia en la propia GITIS, la Academia Rusa de Arte Teatral, por ejemplo, que es la Universidad de Teatro más grande e importante del mundo, donde funcionan 8 facultades de todas las especialidades teatrales, (incluida la crítica). Desde luego que lo mejor, casi diría lo ideal es algo por lo que hemos en nuestra humilde posibilidad bregado desde hace tiempo, y es que definitivamente se cree la carrera universitaria de teatro. Con la actual directora de la Escuela Municipal de Arte Dramático ,Mariana Percovich incluso hicimos una experiencia conjunta en la Universidad Católica en el año 1999 preparando el programa de una carrera que se iniciaría en el 2000, pero que, permítanme este juego de palabras, “perdió la carrera” con Odontología. Seguramente que Odontología apareció para las autoridades de la Universidad Católica mucho más rentable que la carrera teatral. Hemos tenido contacto con el Director de la Escuela Nacional de Bellas Artes Javier Alonso encargado por la Universidad de la República para desarrollar los trabajos de la Facultad de las Artes, entregándole en su momento una carta de apoyo de la misma citada GITIS para la creación de una Licenciatura en Teatro. Anteriormente y durante 4 años seguidos estuvimos trayendo con apoyo unas veces y sin apoyo otras, a Valentín Tepliakov, Decano de la Facultad de Actuación de GITIS. Una verdadera eminencia en el actual panorama pedagógico ruso, el hombre que más joven accedió a un cargo de esa naturaleza en Rusia, donde en general son los veteranos, hasta diríamos los viejos maestros , los líderes de la actividad teatral, y muy particularmente en materia formativa. En el año 1998 lo llevamos en colaboración con el director Aderbal Freire a Brasil. Pues bien, desde ese año prácticamente Tepliakov no ha dejado de impartir Seminarios en varias ciudades del Brasil. Además se abrió un campo para el estudio en Rusia de manera que ya han ido varias generaciones de estudiantes y de profesores ha realizar cursos en GITIS. No sucedió lo mismo aquí, ni tampoco en Buenos Aires. Tepliakov no fue apreciado en la medida justa, se ocupó mas tiempo en criticar su personalidad que en destacar y valorar la importancia que tenían para nuestro teatro sus conocimientos. (Con las excepciones del caso que las hubieron como la de Jorge Denevi, actual director de la Comedia Nacional,que se encargaba de estimular a la gente de teatro para que participara en los seminarios). En el año 1996 obtuvimos a través de las gestiones de Roberto Jones el apoyo del Ministerio de Educación y Cultura para traer a Tepliakov a dictar Seminarios gratuitos para gente del medio teatral. En aquel momento éramos 35 personas dictando clases de teatro por el mismo Ministerio, y a pesar de la obligatoriedad de concurrencia planteada por el organismo, sólo 7 de esos 35 docentes participamos regularmente del Seminario. Creo que poco se puede agregar a esto. En diversas oportunidades hemos ofrecido, a también diversas autoridades, el retorno del Maestro Tepliakov, sin mucho o ningún éxito. Y cuando uno ve los espectáculos teatrales que se estrenan digámoslo claro, demasiado habitualmente, ve las carencias enormes que los actores tienen. Cómo actúan en general ( o cómo les cuesta ser concretos) cómo se nota que no quieren nada en el escenario uno del otro,( o de los otros), cómo desconocen las reglas del conflicto, qué falta de monólogo interior cuando no les toca hablar, etc. Hace pocos días una excelente y jóven crítica, Georgina Torello escribía en el periódico La Diaria a propósito de dos espectáculos de jóvenes intérpretes:

“ La nueva tendencia seduce a las últimas generaciones que responden a esas pautas estéticas con una urgencia productiva que sorprende. De la desmedida oferta teatral montevideana ( los cuatro o cinco estrenos semanales son clara muestra) una veta amplia de espectáculos ofrece ejemplos de dramaturgia escénica: textos y realizaciones que se guarecen bajo el techo protector del nuevo modelo, pero que esconden allí su falta de visión general, de reflexión y preparación o de actores solventes. Proyectos ( y esfuerzos) destinados al olvido, en la mayoría de los casos, tras los aplausos de la última función” (2)Hasta aquí las sabias y valientes palabras de Georgina. En esta misma dirección hacía su balance de la temporada pasada en el semanario “7 sobre 7”, el crítico Jorge Pignataro Calero, señalando la baja calidad de los espectáculos que hasta ponían en un brete a los críticos- jurados de los premios Florencio, incluída la agaffe del Director francés con la Comedia Nacional, que para tantos comentarios negativos ha dado.

Pero no es responsabilidad de los artistas que a veces han entregado cuatro años de sus vidas para obtener una formación teatral, sino de los encargados de los centros de enseñanza oficiales y privados. Miren que estoy hablando ahora de algo que no es privativo de nuestro medio, sino que es común a muchos países de nuestro continente. Desde luego que hay excepciones, y a veces excepciones maravillosas. Actores talentosísimos, a veces geniales que superan todas las carencias, que pasan por encima de todos los profesores, porque son eso: verdaderos genios como Mozart, Pero el caso es que lamentablemente nacen muy pocos por siglo. Todos los demás necesitamos de una buena, y hasta diría, excelente formación para potenciar nuestro talento (si es que lo poseemos). También existen excepciones a la regla en materia formativa, verdaderas islas como conozco el caso de la carrera teatral en la Universidad del Valle en Cali, Colombia, pero vaya casualidad dirigida por tres egresados de la GITIS: un colombiano, una china y un canadiense.

Ir hacia una formación teatral conservadora entonces quiere decir justamente no despreciar sino conservar, atesorar esos conocimientos que Stanislavski legó al mundo del teatro y que tantos cambios provocaron en todos los sentido, y recibirlos- recalco- de las fuentes mismas. Hoy por hoy, una nación y una cultura tan tradicional como la China está haciendo grandes esfuerzos para desarrollar al máximo la enseñanza teatral en el Sistema de Stanislavski tal como se enseña en Rusia ( y no en los libros). Al punto que el mismo Maestro Tepliakov ha sido designado Profesor de la Academia Central de Drama de Pekín, impartiendo clases allí para profesores y estudiantes, acompañado de los viajes y estudios que esos mismos profesores realizan en la misma GITIS en Moscú.
Pero muchas veces escuchamos tanto aquí como en otros países de la región, donde tenemos el privilegio de trabajar todos los años, que los artista se definan por oposición a lo stanislavskiano, como grotowskianos, e incluso no sé si decir barbistas o barbianos , o seguidores de Eugen Barba. Incluso hay profesores que no enseñan a sus estudiantes el sistema de Stanislavski por antiguo, sino lo que consideran más actual que es- según dicen- el método de Grotowski, ( y aún de Barba ). Primero que nada deberíamos decir que el método, si es que podemos hablar así, tanto de Grotowski como de Barba, son métodos de ensayos para un espectáculo. Grotowski no formaba, no se proponía trabajar con estudiantes de teatro para que estos luego pudieran representar o dar vida a los personajes de las obras de Shakespeare o de Moliere. El aplicaba un método de ensayo para sus propias propuestas de espectáculos que estaban dirigidos a una búsqueda por lograr el mayor contacto jamás visto entre el actor y el público. Basándose en las enseñanzas de Stanislavski, y realizando una aleación de éste con Artaud. Pero todo esto estaba limitado hasta por la cantidad de espectadores posibles (unos 50), y sobre todo por las características de la dramaturgia encarada por él. Por tanto una escuela de teatro no debe basarse en ese método para formar estudiantes que se supone deberían egresar con la capacidad de crear cualquier tipo de personajes de la dramaturgia del mundo y trabajar con cualquier director con la estética que sea. Otro tanto podíamos decir- sin pretender ni remotamente compararlo con Grotowski – lo que aplica Barba a la creación de sus espectáculos. Es lo correcto, hasta necesario que existan grupos teatrales que quieran trabajar según esas pautas de ensayos, hasta de entrenamiento, para que quienes optan por esa estética se formen en ese método que es el que le corresponde. Ya sean los Yuyatkani de Lima, Malayerba de Arístides Vargas en Quito, o El Baldío de Buenos Aires.

El primer contradictor de esa falsa apreciación de que hay otro camino posible (aprender a pintar sin antes saber dibujar) salteándose a Stanislavski es el mismo Grotowski quien afirmaba, refiriéndose al teatro moderno, (de fragmentación del texto como suele decirse ahora ) que ”…. en el llamado teatro moderno, en donde, por ejemplo, el mismo Shakespeare es mutilado, incluso en el plano del lenguaje, es casi seguro que no exista ninguna coherencia. Si el director y los actores del “teatro moderno” no son absolutamente geniales, yo particularmente reacciono contra ellos con muchas más protestas interiores que frente a lo que yo llamo teatro-cadáver. El resultado es que se observan en todas partes espectáculos sin estructura, incoherentes, plásticos, de una cierta limpieza y que desgraciadamente siguen o pretenden seguir nuestras direcciones. En este punto me pregunto si no me habré equivocado al forzar las puertas, La posibilidad de reacción al texto y la conciencia de una nueva estructura exige del director una cierta experiencia, y es necesario examinar, por ejemplo, cuál ha sido su pasado personal. Yo me he formado en el teatro convencional y en el sistema de Stanislavski, y por lo tanto llevo en la sangre el gran problema de la coherencia y de una teología del espectáculo; pero algunos de los que frecuentan nuestros cursos y que no tenían experiencias anteriores en teatros convencionales, son posiblemente más sensibles o más inteligentes que sus colegas del teatro convencional, pero les falta la idea de la coherencia en sí misma. Buscan una liberación, un descubrimiento de la libertad como idea teórica” (3) No me digan que no están pensando en muchos de los espectáculos que se ven reiteradamente en estos días, y a los cuales hacía referencia Gergina Torello) y agregaría, aunque resulte antipático para algunos, con apoyo de los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura.

El año pasado con motivo de la III Muestra Internacional de Teatro en Paysandú tuvimos el privilegio de contar con el Studium Teatralne de Varsovia dirigido por Piotr Borowski, mano derecha de Grotowski en los sus últimos 15 años. Ese espectáculo era en polaco, sin traducción simultánea ni nada parecido, sin folletos explicativos y sin embargo nadie olvidará jamás ese espectáculo en Paysandú. Su poder para atrapar al espectador por encima del idioma, de crear vida en una realización altamente artística nos hablaba de la verdadera herencia recogida. Y así con palabras del mismo Borowski en un reportaje para la Revista Conjunto de Cuba y ante la pregunta de cuál era el legado de Grotowski contestaba: “ Hay una historia y nosotros somos parte de ella: queramos o no, lo que hizo otra gente antes de nosotros es una clase de camino, es algo que tenemos como legado. Yo, por ejemplo, trabajé con Grotowski, pero el tenía una gran fascinación por Stanislavski, que recibí de él de la misma manera que el niño recibe la leche de la madre.” (4)

Para terminar y aún a riesgo de que ustedes piensen que pretendo ideologizar el tema, quiero decirles que creo que todo esto que nos afecta: la baja calidad de la formación y por ende la baja calidad de los espectáculos, (desde ese punto de vista de la actuación), y el consecuente alejamiento del público, no creo que ocurra porque sí. Creo, por el contrario, que la poca voluntad de cambio de quienes tienen la responsabilidad de hacerlo, pasa la mayoría de las veces por propósitos- concientes o inconcientes-de características ideológicas. Un teatro con temas y conflictos cercanos a los espectadores, con artistas teatrales formados completamente para esa” lucha” en el escenario, para hacer verdadero lo artístico, hacen a un teatro popular en el mejor sentido y que es aquel que le llega de la misma manera a todos los públicos, ilustrados o no, porque esa es la grandeza del teatro mismo que tiene la presencia viva, directa del artista en el escenario y eso le da una incidencia única.

Y voy a decirlo con todas las letras: ese tipo de teatro- tal como fue nuestro teatro de las década del 60/70-es peligroso para el sistema de dominación que tenemos, y que parece que no queremos cambiar verdadera, y auténticamente.
Es un teatro que hace pensar, que aclara dudas, que ilumina una zona de la realidad que hasta ese momento teníamos obscura, que nos hace más concientes y que también nos emociona y que al asistir al mismo como espectadores” nos parece que ese día se hubiera inventado el teatro..” según las maravillosas palabras del gran Maestro Atahualpa Del Cioppo(5)

  1. Aprovecho para informar que se está vendiendo en la Argentina una reedición muy reciente, supuestamente la misma de Quetzal, pero que en realidad tiene amputaciones serias del original.
  2. Georgina Torello “ Dos obras jóvenes: Gesamtkunstwerke autóctonos” N° 406 de La Diaria
  3. Expresado por Grotowski en el coloquio público realizado en Praga en el marco del III BITEF 212 en el año 1969, y recogido por la publicación periódica TEATRO ´70, órgano del Centro Dramático de Buenos Aires.
  4. Piotr Borowski en entrevista de la investigadora argentina Marta Taborda para la Revista Conjunto N° 143 en la cobertura de la III Muestra Internacional de Teatro del MERCOSUR Interior “Atahualpa Del Cioppo” Octubre-2006
  5. Atahualpa Del Cioppo en la película documental “Atahualpa , pájaro de la dicha” de Marina Cultelli y Jorge Bazzano.
Raúl Rodríguez

Reflexiones sobre el Teatro de Enrique Buenaventura

Cuando se leen los textos de este autor colombiano es fácil que el imaginario viaje y se ubique en las favelas del Brasil. En sus textos toma fuerza el sentido comunitario, sus logros y luchas.

Cuando leía acerca de la dramaturgia del actor que Buenaventura propone dentro de la Creación Colectiva no podían desprenderse de mis recuerdos mis años compartidos en el Teatro La Bacante. Allí desde la práctica y ahora desde el enfoque teórico comprendo más esa línea estética Grotowskiana a la cual me he ido acercando desde mi cuerpo e intelecto. En estos procesos del teatro experimental es el actor quien investiga “personajes, situaciones, temas, y convierte en imágenes dramáticas, los documentos recogidos durante el proceso de investigación.” ( El Nuevo Teatro Colombiano Pág. 98.)

Es un texto gestual un texto estético que se va construyendo de improvisaciones, imágenes, fotografías, secuencias de acciones, etc. Este tipo de teatro es en mi consideración más íntimo, no pretende grandes ambiciones taquilleras, no se trata de lo fastuoso, más bien se aborda la sencillez la pobreza en sentido Grotowskiano pero resalta una disciplina titánica y un trabajo arduo en relación al tiempo de sentido Grupal.

Recuerdo que cada obra de la Bacante, como referente más cercano a mi tenía un período de más de ocho meses de ensayo y de investigación, es un trabajo agotador, militar y donde te consagras a tus convicciones con una entrega única y constante.

Buenaventura dice “para conservar su independencia económica, ideológica y cultural, los miembros del colectivo se ven obligados a desempeñar diferentes oficios como la enseñanza…” Recuerdo que en vacaciones una vez fuimos monitores de planes vacacionales para niños los cuales vinculaban creatividad y teatro. Tuvimos una primera experiencia nefasta el CADAFE donde salimos con las tablas en la cabeza y luego a partir del análisis de todos esos errores salimos airosos con los niños de los Trabajadores del Poliedro. Donde mejoramos y nos organizamos en torno a las debilidades de la experiencia anterior.

Yo me atrevería a asegurar que en este teatro el actor se empodera, es más propósitivo es escuchado. Sus propuestas son sometidas a la consideración grupal. En mi caso dichos talleres salieron de una línea de investigación de mi tesis de especialización en Publicidad y Mercadeo donde diseñe propuestas recreacionales diferentes y lúdicas para los niños.

En este nuevo teatro colombiano y latinoamericano se destaca el proletariado y las ideas sociológicas “que reconocen al hombre como ser social” (Santiago García “La Creación Colectiva”Teatro popular y cambio social.) Desde mi subjetividad yo lo vinculo al nuevo cine latinoamericano ya que en ambos campos culturales y artísticos se plantean problemáticas del hombre como ente explotado, la miseria el hambre y problemas de pobreza en estas latitudes. El Cine documental plantea ideológicamente estas posturas desde la estética fílmica centrada en la realidad y en la sociedad, sin ficciones de por medio.

El Director en la experiencia colectiva es más un asesor, un estimulador creativo y sistematizador de un proceso. En esta propuesta no tiene a mi juicio, ese rol tiránico y autócrata pues la creación como el mismo nombre lo señala es del colectivo.

El actor diseña su propio discurso a partir de diversos puntos de partida, entre ellos la improvisación.

Este teatro en su percepción política argumenta posturas contra la jerarquía eclesiástica. La iglesia reprime para “subyugar al ser humano todas las imágenes negativas que se asocian al deseo, fueron también asociadas al comunismo” El Nuevo Teatro Colombiano. Pág 119.
Ya Michael Foucault en sus estudios de espacios políticos reacciona ante esta supeditación castrante del cuerpo y el deseo como un elemento de dominio.

El teatro de la Candelaria aborda “El gestus” dramático como elemento protestatario y político, tal como lo empezamos a identificar en Pavlosky. Quizás esta exacerbación pretende ironizar y desenmascarar la hipocresía y caretas burguesas.

En A la Diestra de Dios Padre ya vemos un poco esa tesis del socialismo utópico, “la historia del hombre que quiso el mundo arreglar”. En esta mojiganga ya el abanderado trata de mantener una balanza emulando a Robin Hood. En el viejo limosnero se clama cómo una oligarquía poderosa lleva a este personaje a un estado de miseria y abandono. El lenguaje en esta pieza es escrito de manera que al hablar sus personajes lo hagan como gente campesina y humilde. En la estructura dramática hay un vuelco donde todas las condiciones se trastocan. Con el personaje del Banquero, Buenaventura presenta el Consumismo, el capitalismo, el sueño americano del crédito. Pero además el Capitalismo es visto como una fuerza maligna que destruye.

El Rey que nos presenta Buenaventura no se resguarda de este típico hablar atropellado donde se omiten fonemas de las palabras.
“Por siglos la utilizaron para impedir la rebelión” las brujas eran perseguidas en épocas medievales desconociendo que los mal llamados aquelarres eran fiestas de aldeas donde se compartían los saberes populares entre ellos los medicinales.

Una característica de Buenaventura que se reitera en su teatro es la inclusión de frases en latín. En la orgía Buenaventura incluye este recurso. Sus personajes recurrentes son los mendigos, los discapacitados, los viejos. Es una orgía muy teatral, por un momento me hizo recordar en teatro de Rodolfo Santana, son seres que en el delirio se embriagan y se someten torturándose sicológicamente.

Linda Quintero

2ª Reflexión Teatral. Paco el de la Zaranda

«A veces un patio de butacas está lleno y no hay nadie, y otras hay tres espectadores y está lleno. Lo importante no es el número, es la intensidad de la comunicación teatral, y eso no se puede medir y, afortunadamente, en el fondo, no se sabe nunca. Zaranda ha crecido al margen, y esto ha sido muy bueno para hacerla fuerte. El éxito es un peligro y tiene que ver mucho con la vanidad. Y uno de los secretos del arte y de la vida es desprenderse de la vanidad (…) Nos interesa el teatro como rito y como pasión. El teatro es sobre todo algo intuitivo, que tiene que ver con un misterio superior. Al teatro no se viene sólo a estar, sino a participar, ése es el verdadero sentido de la ceremonia. La realidad teatral en La Zaranda es sagrada. Y lo sagrado está siempre fuera de todo tipo de definición. Sólo hay que propiciar que lo sagrado se exprese».

Francisco Sánchez, Paco el de la Zaranda, entrevistado por Carmen Rodríguez Santos en ABCD, ABC, 6-2-2010

1ª Reflexión Teatral. Marcos Ordóñez

«El teatro se rige, más que ningún otro arte, por infinitas variables, y quien no lo frecuenta no suele entenderlo. A veces alguien te dice: «Menudo palo le has pegado a Cochibambo enLas encías de una madre. ¿No te había gustado tanto hace dos meses en Los que se retuercen?». «Sí», respondes, «pero es que en la primera le dirigía Gladiolín, que es un talento, y en la segunda cayó en manos de Alcachófez, que no da una a derechas». Ésa es una variable importante, pero hay 327 más (caracteriológicas, meteorológicas y hasta parapsicológicas), casi todas ampliamente catalogadas».

Marcos Ordóñez en Babelia, El País. 13-2-2010

Manifiesto 32 Puntos para un Nuevo Teatro

1. El teatro que esperáis, incluso el más absolutamente nuevo, no podrá ser nunca el teatro que esperáis. De hecho, si esperáis un nuevo teatro, lo esperáis necesariamente en el ámbito de las ideas que ya tenéis: además, lo que esperáis, de algún modo ya está ahí. No hay nadie entre vosotros que ante un texto o un espectáculo pueda resistir la tentación de decir: » Esto es teatro«, o al contrario: » Esto no es teatro«. Pero las novedades, incluso las absolutas, como bien sabéis, no son nunca ideales, sino siempre concretas. Por tanto su verdad y su necesidad son mezquinas, fastidiosas y decepcionantes: o no se reconocen o se discuten remitiéndolas a las viejas costumbres.

Hoy, entonces, todos esperáis un teatro nuevo, pero ya tenéis todos en la cabeza una idea de él, nacida en el regazo del viejo teatro. Estas notas están escritas bajo forma de manifiesto, para que lo nuevo que expresan se presente declarada e incluso autoritariamente como tal.

(En todo este manifiesto, Brecht jamás será citado. Él ha sido el último hombre de teatro que ha podido realizar una revolución teatral en el interior del propio teatro: porque en sus tiempos la hipótesis era que el teatro tradicional existía (y de hecho así era). Ahora, como veremos a través de este manifiesto, la hipótesis es que el teatro tradicional ya no existe (o está dejando de existir). En tiempos de Brecht, se podían por tanto operar ciertas reformas, incluso profundas, sin poner en cuestión el teatro: es más, la finalidad de tales reformas era la de convertir el teatro en auténtico teatro. Hoy, en cambio, lo que se somete a discusión es el propio teatro: la finalidad de este manifiesto es por tanto, paradójicamente, la siguiente: el teatro debería ser lo que el teatro no es. Sea como sea, esto es cierto; que los tiempos de Brecht han terminado para siempre).

  Quiénes serán los destinatarios del nuevo teatro

2. Los destinatarios del nuevo teatro no serán los burgueses que componen generalmente el público teatral: serán en cambio los grupos avanzados de la burguesía.
Estas tres líneas, del todo dignas del estilo de un acta, son el primer propósito revolucionario del presente manifiesto. Significan en efecto que el autor de un texto teatral no escribirá ya para el público que ha sido siempre, por definición, el público teatral; que va al teatro para divertirse, y que a veces se escandaliza. Los destinatarios del nuevo teatro no se divertirán, ni se escandalizarán ante el nuevo teatro, ya que, al pertenecer a los grupos avanzados de la burguesía, son en todo semejantes al autor de los textos.

3. A una señora que frecuente los teatros de la ciudad, y no se pierda jamás los principales estrenos de Strehler, Visconti o Zefirelli, se le aconseja calurosamente que no asista a las representaciones del nuevo teatro. O, si se presenta con su simbólico, patético, abrigo de visón, se encontrará en la entrada con un cartel explicando que las señoras con abrigo de visón deberán pagar su entrada treinta veces más de su precio normal ( que será bajísimo). En dicho cartel, por el contrario, estará escrito que los fascistas ( con tal de que sean menores de veinticinco años) podrán entrar gratis. Y, además, podrá leerse un ruego: que no se aplauda. Los silbidos y demás muestras de desaprobación serán, por supuesto, admitidos, pero, en lugar de los eventuales aplausos, se pedirá al espectador esa confianza casi mística en la democracia que consiente un diálogo, del todo desinteresado e idealista, sobre los problemas planteados o debatidos en el texto.

4. Por grupos avanzados de la burguesía entendemos los pocos miles de intelectuales de cada ciudad cuyo interés cultural sea quizás ingenuo, provinciano, pero real.

5. Objetivamente, están constituidos en su mayor parte por los que se definen como » progresistas de izquierdas» ( incluidos los católicos que tienden a constituir en Italia una Nueva Izquierda): la minoría de esos grupos está formada por las élites supervivientes del laicismo liberal y por los radicales. Naturalmente, este desglose es, y quiere serlo, esquemático y terrorista.

6. El nuevo teatro no es entonces ni un teatro académico ni un teatro de vanguardia. No se inscribe en una tradición pero tampoco la comprueba. Simplemente la ignora y la supera de una vez por todas.

El Teatro de la Palabra

7. El nuevo teatro quiere definirse, aunque sea de modo banal y en estilo de acta, como «teatro de palabra». Su incompatibilidad tanto con el teatro tradicional como con todo tipo de contestación al teatro tradicional, se contiene, por tanto, en esta autodefinición. No oculta que se remite explícitamente al teatro de la democracia ateniense, saltándose completamente toda la tradición reciente del teatro de la burguesía, por no decir la entera tradición moderna del teatro renacentista y de Shakespeare.

8. Venid a presenciar las representaciones del » teatro de palabra» con la idea más de escuchar que de ver (restricción necesaria para comprender mejor las palabras que vais a oír, y por tanto las ideas, que son los personajes reales de este teatro).

 A qué se opone el Teatro de la Palabra

9. Todo el teatro existente puede dividirse en dos tipos: estos dos tipos de teatro pueden definirse -según una terminología seria- de diferentes maneras, por ejemplo: teatro tradicional y teatro de vanguardia, teatro burgués y teatro antiburgués, teatro oficial y teatro de contestación; teatro académico y teatro underground, etc. Pero a estas definiciones serias nosotros preferimos dos definiciones alegres, o sea:
a) teatro de la Charla ( aceptando por tanto la brillante definición de Moravia),
b) teatro del Gesto o del Grito.
Para que nos entendamos enseguida: el teatro de la Charla es aquel teatro en el que la charla, precisamente, sustituye a la palabra (por ej., en lugar de decir, sin humor, sin sentido de lo ridículo y sin buena educación, » Quisiera morir», se dice amargamente «Buenas noches»); el teatro del Gesto o del Grito es aquel teatro en el que la palabra ha sido completamente desacralizada, o mejor aún, destruida, a favor de la presencia física pura (cfr. más adelante).

10. El nuevo teatro se define de » Palabra» por oponerse entonces:
1º) Al teatro de la Charla, que implica una reconstrucción ambiental y una estructura espectacular naturalistas, sin las cuales: a) los acontecimientos (homicidios, hurtos, bailes, besos, abrazos y contraescenas) serían irrepresentables; b) decir «Buenas noches» en lugar de » Quisiera morir» no tendría sentido porque faltarían las atmósferas de la realidad cotidiana.
2 º) Por oponerse al teatro del Gesto o del Grito, que contesta al primero destruyendo sus estructuras naturalistas y desconsagrando sus textos: pero del que no puede abolir el dato fundamental, o sea, la acción escénica (que él lleva, por el contrario, a la exaltación).
De esta doble oposición emana una de las características fundamentales del » teatro de palabra»: es decir (como en el teatro ateniense) la falta casi total de acción escénica. La falta de acción escénica implica naturalmente la desaparición casi total de la puesta en escena –luces, escenografía, vestuario, etc., todo esto quedará reducido a lo indispensable ( ya que, como veremos, nuestro nuevo teatro no podrá dejar de seguir siendo una forma, aunque jamás experimentada, de RITO; y por tanto, un encenderse o apagarse de luces para indicar el comienzo o el final de la representación, no podrá dejar de subsistir).

11. Tanto el teatro de la Charla como el teatro del Gesto o del Grito son dos productos de una misma civilización burguesa. Ambos tienen en común el odio a la Palabra.

El primero es un ritual donde la burguesía se refleja, más o menos idealizándose, de todos modos reconociéndose siempre. El segundo es un ritual en el que la burguesía (restableciendo a través de su propia cultura antiburguesa la pureza de un teatro religioso), por una parte se reconoce como productora del mismo ( por razones culturales), por otra saborea el placer de la provocación, de la condena o del escándalo (mediante el cual, finalmente, no consigue más que la confirmación de sus propias convicciones).

12. Éste (el teatro del Gesto o del Grito) es entonces el producto de la anticultura burguesa, que se sitúa en polémica con la burguesía, utilizando contra ella el mismo proceso, destructivo, cruel y disociado, que fue empleado (uniendo a la locura la práctica) por Hitler en los campos de concentración y de exterminio.
13. Si tanto el teatro del Gesto o del Grito tiene como destinataria -puede que ausente- a la burguesía a la que escandalizar (sin la cual sería inconcebible, como Hitler sin los judíos, los polacos, los gitanos y los homosexuales), el teatro de Palabra, por el contrario, tiene como destinatarios a los propios grupos culturales avanzados que lo producen.

14. El teatro del Gesto o del Grito -en la clandestinidad del underground- persigue con sus destinatarios una complicidad de lucha o una forma común de ascetismo: y por tanto, a fin de cuentas, no representa, para los grupos avanzados que lo producen como destinatarios, más que una confirmación ritual, de sus propias convicciones antiburguesas: la misma confirmación ritual que representa el teatro tradicional para el público medio y normal con sus propias convicciones burguesas.
Por el contrario, en los espectáculos del teatro de Palabra, aunque se tengan muchas confirmaciones y verificaciones (no en vano autores y destinatarios pertenecen al mismo círculo cultural e ideológico), habrá sobre todo un intercambio de opiniones y de ideas, en una relación mucho más crítica que ritual.

Destinatarios y espectadores

15. ¿Será posible una coincidencia, práctica, entre destinatarios y espectadores? Nosotros creemos que en Italia, los grupos culturales avanzados de la burguesía ya pueden formar incluso numéricamente un público, produciendo por tanto en la práctica un teatro propio: el teatro de la Palabra constituye entonces, en la relación entre autor y espectador, un hecho del todo nuevo en la historia del teatro.
Estas son las siguientes razones:
a) el teatro de Palabra es -como hemos visto- un teatro posibilitado, solicitado y disfrutado en el círculo estrechamente cultural de los grupos avanzados de la burguesía.
b) representa, en consecuencia, el único camino para el renacimiento del teatro en un país donde la burguesía es incapaz de producir un teatro que no sea provinciano y académico, y donde la clase obrera es absolutamente ajena a este problema (y por tanto sus posibilidades de producir en su propio ámbito un teatro es meramente teórica: teórica y retórica, como demuestran todos los intentos de “ teatro popular” que ha tratado de alcanzar directamente la clase obrera).
c) el teatro de Palabra -que, como hemos visto, elimina toda relación posible con la burguesía y se dirige sólo a grupos culturales avanzados- es el único que puede llegar, no por determinación o por retórica, sino de un modo realista, a la clase obrera. Ya que ésta se halla de hecho unida por una relación directa con los intelectuales avanzados. Es esta una noción tradicional e ineliminable de la ideología marxista, y sobre la cual tanto los heréticos como los ortodoxos no pueden dejar de estar de acuerdo, como sobre un hecho natural.

16. No malinterpretéis. No se trata de un evocar aquí un obrerismo dogmático, estalinista o togliattiano, o de todos modos conformista. Se evoca más bien la gran ilusión de Mayakovsky, de Essenin, y de aquellos otros conmovedores y grandes jóvenes que actuaron con ellos en aquel tiempo. Nada de obrerismo oficial, por tanto: aunque el teatro de Palabra acudirá con sus textos (sin decorados, trajes, musiquitas, magnetófonos y mímica) a las fábricas y a los círculos culturales comunistas, puede que en grandes salas con las banderas rojas del 45.

17. Leed los apartados 15 y 16 como los fundamentales de este manifiesto.

18. El teatro de Palabra, que se va definiendo a lo largo de este manifiesto, es en consecuencia también una tarea práctica.

19. No se excluye que el teatro de Palabra experimente también con espectáculos explícitamente dedicados a destinatarios obreros, pero sería, precisamente, de forma experimental, ya que la única manera justa de implicar presencia obrera en este teatro, es la indicada en el punto C del apartado 15.

20. Los programas del teatro de Palabra -constituido en tarea o iniciativa- no tendrán por tanto un ritmo normal. No habrá preestrenos, estrenos y funciones. Se prepararán dos o tres representaciones a la vez, que se darán contemporáneamente en la sede propia del teatro, y en aquellos lugares (fábricas, escuelas, circuitos culturales) donde los grupos culturales avanzados, a los que se dirige el teatro de Palabra, tienen su sede.

Los dos tipos de actor que existen 
 21. ¿Qué es el teatro? «El teatro es el teatro«. Esta es hoy en día la respuesta general: el teatro se entiende entonces hoy en día como «algo diferente» que puede explicarse sólo por sí mismo, y puede ser intuido sólo de forma carismática.

El actor es la primera víctima de esta especie de misticismo teatral que a menudo lo convierte en un personaje ignorante, presuntuoso y ridículo.

 22. Pero, como hemos visto, el teatro de hoy es de dos tipos: el teatro burgués y el teatro burgués antiburgués. De dos tipos son, por tanto, también los actores. Observemos primero a los actores del teatro burgués.

El teatro burgués halla su justificación (no como texto sino como espectáculo) en la vida de sociedad: es un lujo de la gente bien y rica, que posee también el privilegio de la cultura.

Ahora, un teatro semejante está en crisis: y se ve por ello obligado a tomar conciencia de su condición, a reconocer las razones que lo expulsan del centro de una vida de sociedad a los márgenes, como algo superado y superviviente.
Un diagnóstico que no le ha sido difícil: el teatro tradicional ha comprendido bien pronto que a un nuevo tipo de sociedad, inmensamente aplanada y ensanchada, las masas pequeño burguesas lo han sustituido con dos tipos de acontecimientos sociales mucho más adecuados y modernos: el cine y la televisión. No le ha sido tampoco difícil comprender que algo irreversible ha ocurrido en la historia del teatro: el «demos» ateniense y las «élites» del viejo capitalismo son recuerdos remotos. ¡Los tiempos de Brecht han acabado para siempre!

El teatro tradicional ha terminado, por tanto, encontrándose en un estado de deterioro histórico, que ha creado a su alrededor, por un lado, una atmósfera de conservación tan miope como obstinada, por otro, un aire de nostalgia y de esperanzas sin fundamento. Este es también un hecho que el teatro tradicional ha sabido diagnosticar de modo más o menos confuso.
Lo que el teatro tradicional no ha sabido diagnosticar, ni siquiera a nivel de un primer destello de conciencia, es lo que él mismo es. Se define a sí mismo como Teatro y basta. Hasta el actor más chapucero y amanerado, frente al público más deteriorado, percibe vagamente que ya no participa en un acontecimiento social, triunfante y del todo justificado, y explica por tanto su presencia y su servicio (tan poco solicitado) como un acto místico: una «misa» teatral, en la que el Teatro aparece bajo una luz tan resplandeciente que acaba por cegar: ya que, como todos los falsos sentimientos, produce una conciencia intransigente, demagógica y casi terrorista, de su propia verdad.

23. Veamos ahora el segundo tipo de actor, el del teatro antiburgués, del Gesto o del Grito. Como ya hemos visto, este teatro tiene las características siguientes:
a) se dirige a destinatarios burgueses cultos, implicándolos en su propia protesta antiburguesa desaforada y ambigua;
b) busca las sedes en las que ofrecer sus espectáculos fuera de las sedes oficiales;
c) rechaza la palabra, y por tanto las lenguas de las clases dirigentes nacionales, a favor de una palabra contrahecha y diabólica o del puro y simple gesto, provocatorio, escandaloso, incomprensible, obsceno, ritual.
¿Cuál es la razón de todo esto? Es un diagnóstico inexacto, pero igualmente eficaz, de aquello en que se ha convertido, o simplemente es, el teatro. Es decir, el teatro es el teatro, una vez más. Pero mientras que para el teatro burgués ésta no es más que una tautología, que implica un misticismo ridículo y fatuo, para el teatro antiburgués esta es una auténtica -y consciente- definición de la sacralidad del teatro.

Tal sacralidad del teatro se funda en la ideología del renacimiento de un teatro primitivo, originario, cumplido como un rito propiciatorio, o mejor orgiástico. Se trata de una típica operación de la cultura moderna: por la cual una forma de religión cristaliza la irracionalidad del formalismo en algo que nace como no auténtico (o sea, por esteticismo) y se convierte en auténtico (es decir, un verdadero tipo de vida como pragma fuera y en contra de la práctica).

Ahora bien, en algunos casos tal religiosidad arcaica revitalizada por rabia contra el laicismo imbécil de la civilización del consumo, acaba precisamente por convertirse en una forma de auténtica religiosidad moderna (que nada tiene que ver con los antiguos campesinos y mucho, por el contrario, con la moderna organización industrial de la vida). Piénsese, a propósito del Living Theatre, en la colectividad casi típica de orden monástico, en el «grupo» que sustituye a los grupos tradicionales como la familia, etc., en la droga como protesta, en el «dropping out» o autoexclusión, pero como forma de violencia, al menos gestual y verbal, en resumen, en el espectáculo casi como un caso de sedición, o –como suele decirse ahora- de guerrilla.

Pero en la mayoría de los casos tal concepción del teatro termina siendo la misma tautología del teatro burgués, obedeciendo a las mismas reglas inevitables. La religión, entonces, de forma de vida que se realiza en el teatro, pasa a convertirse simplemente en “la religión del teatro”. Y este tópico cultural, este esteticismo de segundo orden, convierte al actor enlutado, drogado, en algo tan ridículo como el actor integrado, de traje cruzado, que trabaja también en televisión.

El Actor del Teatro de la Palabra
24. Será por tanto necesario que el actor del » teatro de Palabra», en cuanto actor, cambie de naturaleza: ya no tendrá que sentirse físicamente portador de un verbo que trascienda la cultura en una idea sacral del teatro: tendrá que ser simplemente un hombre de cultura. Ya no tendrá, entonces, que fundar su habilidad en el atractivo personal (teatro burgués) o en una especie de fuerza histérica y mesiánica (teatro antiburgués), explotando demagógicamente el deseo de espectáculo del espectador (teatro burgués) o engañando al espectador mediante la imposición implícita de hacerle participar en un rito sagrado (teatro antiburgués).

Tendrá más bien que fundar su habilidad en su capacidad para comprender realmente el texto. Y no ser por tanto intérprete en cuanto portador de un mensaje (¡ el Teatro!) que trasciende el texto: sino vehículo viviente del propio texto. Tendrá que hacerse transparente sobre el pensamiento: y será mejor actor cuanto más, al oírle decir el texto, el espectador comprenda lo que él ha comprendido.

El «Rito» teatral

25. El teatro es de todos modos, y en cualquier caso, en todo tiempo y lugar, un rito.

26. Desde una perspectiva semiológica el teatro es un sistema de signos cuyos signos, no simbólicos sino icónicos, son los mismos signos de la realidad. El teatro representa un cuerpo mediante un cuerpo, un objeto mediante un objeto, una acción mediante una acción. Naturalmente, el sistema de signos del teatro tiene sus códigos particulares, a nivel estético. Pero a nivel puramente semiológico no se diferencia (como el cine) del sistema de signos de la realidad. El arquetipo semiológico del teatro es entonces el espectáculo que se desarrolla cada día ante nuestros ojos y al alcance de nuestros oídos, por la calle, en casa, en los lugares de encuentro público, etc. En este sentido la realidad social es una representación que no está del todo falta de la conciencia de serlo, y tiene de todos modos sus códigos (reglas de buena educación, de comportamiento, técnicas corporales, etc.); en una palabra, no está del todo falta de la conciencia de su propia ritualidad.
El rito arquetipo del teatro es por tanto un rito natural.

27. Desde un punto de vista ideal, el primer teatro que se diferencia del teatro de la vida es de carácter religioso: cronológicamente este nacimiento del teatro como «misterio» no se puede fechar: pero se repite en todas las situaciones históricas, o mejor, prehistóricas, análogas. En todas las «edades de los orígenes», y en todas las » edades oscuras» o medioevos.
El primer rito del teatro, como propiciación, conjuro, misterio, orgía, danza mágica, etc., es por tanto un rito religioso.

28. La democracia ateniense ha inventado el teatro más grande del mundo -en verso-, instituyéndolo como rito político.

29. La burguesía -junto con su primera revolución, la revolución protestante- ha creado en cambio un nuevo tipo de teatro (cuya historia comienza quizá con el teatro del arte, pero ciertamente con el teatro isabelino y el teatro del Siglo de Oro español, y llega hasta nosotros). En el teatro inventado por la burguesía (enseguida realista, irónico, de aventura, de evasión, y, como diríamos ahora, aséptico -aunque se trate de Shakespeare o de Calderón), la burguesía celebra el más grande de sus fastos mundanos, que es también poéticamente sublime, por lo menos hasta Chejov, es decir, hasta la segunda revolución burguesa, la liberal. El teatro de la burguesía, es entonces un rito social.

30. Con el declinar de la «grandeza revolucionaria» de la burguesía (a menos que -puede que con justicia- no se quiera considerar «grande» a su tercera revolución, la tecnológica), ha declinado también la grandeza de ese rito social que ha sido su teatro.
Así que si por un lado ese rito social sobrevive, cuidado por el espíritu conservador burgués, por otro, está adquiriendo una nueva conciencia de su propia ritualidad. Conciencia que parece ser del todo adquirida -como hemos visto- por el teatro burgués antiburgués, que abalanzándose contra el teatro oficial de la burguesía, y contra la propia burguesía, dirige su ataque sobre todo contra su oficialidad, su establishment, o sea, su carencia de religión.

El teatro underground -como hemos dicho- trata de recuperar los orígenes religiosos del teatro, como misterio orgiástico y violencia psicagógica; sin embargo, en una operación semejante, el esteticismo no filtrado por la cultura, consigue que el contenido real de tal religión sea el propio teatro, así como el mito de la forma es el contenido de todo formalismo. No puede decirse que la religión violenta, sacrílega, obscena, desacralizadora-sacralizadora del teatro del Gesto o del Grito está falta de contenido y no es auténtica, porque a veces está llena de una auténtica religión del teatro. El rito de este teatro es por tanto un rito teatral.

 El Teatro de Palabra y el Rito

31. El teatro de Palabra no reconoce como suyo ninguno de los ritos antes enumerados.
Rechaza con rabia, indignación y náusea ser un rito teatral, o sea, obedecer las reglas de una tautología naciente de un espíritu religioso arqueológico, decadente, y culturalmente genérico, fácilmente integrable por la burguesía a través del mismo escándalo que quiere provocar.

Rechaza ser un rito social de la burguesía; es más, ni siquiera se dirige a la burguesía y la excluye, cerrándole la puerta en las narices.
No puede ser el rito político de la Atenas aristotélica, con sus «muchos» que eran pocas decenas de miles de personas: y toda la ciudad estaba contenida en su espléndido teatro social al aire libre.
No puede en fin ser rito religioso, porque su nuevo medioevo tecnológico parece excluirlo, en tanto que antropológicamente es diferente de todos los precedentes medioevos…

Dirigiéndose a destinatarios de «grupos culturales avanzados de la burguesía», y, por tanto, a la clase obrera más consciente, a través de textos fundados en la palabra (puede que poética) y en temas que podrían ser los típicos de una conferencia, de un mitin ideal o de un debate científico, el teatro de Palabra nace y actúa totalmente en el ámbito de la cultura.
Su rito no puede entonces definirse de otro modo que rito cultural.

Epílogo

32. Para resumir entonces: El teatro de Palabra es un teatro completamente nuevo, porque se dirige a un nuevo tipo de público, dejando de lado del todo y para siempre al público burgués tradicional. Su novedad consiste en ser, precisamente, de Palabra; es decir, en oponerse a los dos teatros típicos de la burguesía, el teatro de la Charla o el teatro del Gesto o del Grito, que son reconducidos a una unidad sustancial: a) por el propio público (al que el primero divierte y el segundo escandaliza); b) por el odio común a la palabra (hipócrita en el primero, irracional en el segundo).

El teatro de Palabra busca su «espacio teatral» no en el ambiente, sino en la cabeza. Técnicamente tal “espacio teatral” será frontal: texto y actores ante el público: la absoluta igualdad cultural entre esos dos interlocutores, que se miran a los ojos, garantiza una real democraticidad también escénica.

El teatro de Palabra es popular, no porque se dirige directa o retóricamente a la clase trabajadora, sino en cuanto se dirige indirecta y realistamente a ella a través de los intelectuales burgueses avanzados que son su único público.
El teatro de Palabra no tiene ningún interés espectacular, mundano, etc.; su único interés es el cultural, común al autor, a los actores y a los espectadores; que, por tanto, cuando se reúnen, cumplen un “rito cultural”.

Pier Paolo Pasolini

Descripción de un estado físico

» Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca en su sitio. La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios. Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor nunca quietas. Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos. Ahora tendría que hablar de la descoporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instántanea de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo. Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo. Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu. «
Antonin Artaud

Augusto Boal. El teatro más allá de Brecht

En 1977 el dramaturgo y escritor Augusto Boal (1931-2 de mayo de 2009) declaraba al diario Le Monde: “No somos pobres víctimas, sino soldados que perdimos una batalla, que nos vimos obligados a replegarnos fuera de nuestros países. Seguimos viviendo, seguimos trabajando, mostraremos que estamos vivos”.
En estas afirmaciones hablaba el exiliado de 1971, el torturado por la policía de una dictadura brasileña en el poder desde 1964. Hablaba el intelectual radical que había producido entre 1959 y 1971 una sustancial transformación del teatro brasileño, intentando elaborar un arte popular que integrara lo culto y el folclore progresivo mediante una propuesta consciente del pueblo contra su condición subalterna.

Hablaba el hombre de teatro que en diez años había elaborado una crítica radical de la poética aristotélica, de la poética burguesa, y señalado los límites del proyecto brechtiano en tres rigurosos artículos escritos durante los ‘60. Hablaba el creador de un arsenal de técnicas teatrales contra la opresión, es decir, contra las situaciones en las que alguien, o un grupo, “utiliza el poder que le da la fuerza o su estatuto social, económico e incluso cultural, para reducir a alguien a la pasividad, a la sumisión, a la condición de objeto”. Todo un armamento que eran respuestas a estímulos y necesidades estéticas, sociales y políticas, indisolublemente ligadas.

Desde hace algunos años Boal era reconocido en todo el mundo con la concesión de doctorados honoris causa, premios y publicaciones en las editoriales europeas más prestigiosas. En 1986 regresó a Brasil, pero seguía afirmando que luchaba en otras batallas por las mismas ideas. Allí participó como candidato en campañas legislativas y después ocupó su lugar en las instituciones municipales de Río. Sus métodos han sido reconocidos como técnicas de trabajo para los actores profesionales de todo el mundo y, a la vez, su poética del oprimido no ha dejado las calles, los colegios, los psiquiátricos, las universidades, las barriadas, los pueblos, los patios, los teatros, los miles de lugares en los que se ha impuesto la opresión, donde emergen los conflictos, donde se trata de cambiar el mundo.

También Boal multiplicó las respuestas a las opresiones, tanto exteriores como interiores: contra la falta de información veraz, con el Teatro Periodístico; contra el espectáculo, con el Teatro Invisible; contra la represión interiorizada en los individuos, con las Técnicas del Arco Iris del Deseo y las Técnicas del Poli en la cabeza; contra la sumisión política, con el Teatro Legislativo. El número de ejercicios crecía. ¿Qué empuja su teatro? ¿Qué le hace resistir?

El comunismo, como proyecto colectivo de emancipación social, supresión de la propiedad privada de los medios de producción y abolición total de la explotación fracasó en los llamados países del socialismo real, pero triunfó en el teatro gracias, entre otros, a Augusto Boal. En el prólogo a su Técnicas latinoamericanas de teatro popular (1971-1974) escribía: “Nosotros pensamos que el teatro no sólo debe ser popular, sino que también debe serlo todo lo demás: especialmente el Poder y el Estado, los alimentos, las fábricas, las playas, las universidades, la vida”.

Su Teatro del Oprimido, el conjunto de prácticas escénicas que desarrolló a lo largo de los últimos 50 años en diferentes países del mundo, constituye una revolución total que, al contrario que otras estéticas, no deja indemne la estructura del teatro. La más grande revolución teatral desde que Brecht ensayara, alrededor de los años ‘30, su modelo de las piezas de aprendizaje (lehrstück), desde que intentara un nuevo teatro para una nueva sociedad. De hecho, Boal, que siempre encontró en Brecht una fuerza productiva, llevó el teatro más allá del lugar en que lo había dejado él.

Si Brecht había tratado de transformar el aparato institucional del teatro, Boal lo concibió fuera de las instituciones: cualquier lugar era un lugar para el Teatro del Oprimido, puesto que el teatro es una propiedad humana que permite que el sujeto pueda observarse a sí mismo, y a los demás, en acción.

Si Brecht hizo conflictiva la oposición del espectador y del productor (es decir, los actores, músicos, etc.) e intentó abolir la división entre representación y público, Boal introdujo en el teatro las innovaciones estructurales necesarias por las que no había actores ni público, sino los que actúan y los que observan activamente.

Si Brecht sustituyó la representación por una situación dramática que había que resolver, Boal convirtió la escena en un laboratorio para la investigación social en el que lo representado era una hipótesis dramática que había que desarrollar y reconstruir permanentemente. Si Brecht trató de establecer un método de pensamiento con el modelo de las piezas de aprendizaje, Boal construyó un método conflictivo con el que afrontar la vida.

La revolución teatral de Boal se basa así en una poética que contiene, al menos, tres condiciones: la primera, la destrucción de la barrera entre actores y espectadores: todos deben actuar, todos deben protagonizar las transformaciones de la sociedad que se proponen a través de la escena teatral. Con ello vuelve a unificar en la división entre escena y público que había sido hecha con la aparición de las clases sociales y el poder de una de ellas sobre las demás. La segunda, la eliminación de la propiedad privada de los personajes por los actores individuales, para lo que inventa el sistema comodín: los personajes no son del actor sino de todos, tienen una significación social. La tercera, la transformación del ciudadano en legislador, que resulta de su idea del Teatro Legislativo. Boal devolvía los medios de producción teatrales al pueblo y hacía que la verdad fuera concreta.

Nadie ha ido tan lejos de Brecht ni ha desarrollado tanto las posibilidades de un teatro crítico. El Teatro del Oprimido muestra la naturaleza social, la materia ideológica de la que estamos hechos, y no lo hace para interpretarla, sino para transformarla. Esta revolución es ya una experiencia del porvenir.

César de Vicente Hernando

La puesta en escena: nuevos rumbos

La evolución del arte se percibe con nitidez cuando lo contemplamos con cierta perspectiva. Pero apenas se aprecia cuando vivimos el proceso de cerca, hasta el punto de que, incluso a los propios creadores, les parece que nada se mueve a su alrededor o que se mueve más lentamente de lo que, los más inquietos, desearían. Así sucede en el teatro, debido, por una parte, a los pobres contenidos de las propuestas que ofrece el llamado teatro comercial, fruto de la falta de imaginación de los empresarios y de su dependencia del público que garantiza su supervivencia a través de los ingresos de taquilla. La reciente proliferación de los grandes espectáculos musicales exportados por las factorías anglosajonas ha contribuido a consolidar la imagen de arte conservador que hoy ofrece nuestra escena. Pero hay un teatro, vanguardista o no, que trabaja a partir de otros presupuestos artísticos, que, como siempre ha ocurrido, es el que, a la postre, evita el anquilosamiento.

Ahora bien, en mi opinión, hay motivos para sospechar que la evolución que se lleva a cabo desde esas instancias teatrales no siempre sigue una trayectoria positiva. A veces se presentan como logros cosas que no son consecuencia de una visión avanzada del arte teatral, sino el resultado de la adaptación a circunstancias que tienen que ver más con cuestiones económicas o estructurales que con el acto creativo del que parecen emanar. Ya sé que ningún artista es dueño de una absoluta libertad creadora, pero los obstáculos que limitan la del hombre de teatro son, con frecuencia, difícilmente soportables. En la parcela de la autoría teatral, que es en la que yo desarrollo mi actividad, el camino para llegar a los escenarios pasa por escribir obras con pocos personajes y un solo decorado. Todo lo que no se ajuste a esa norma resulta excesivo para los productores. Si antes, cuando un autor escribía un monólogo o una pieza con tres o cuatro personajes, lo hacía por propia decisión, porque entendía que eso era lo que necesitaba para expresarse, ahora es una exigencia de obligado cumplimiento. Ni que decir tiene que esas limitaciones hacen prácticamente imposible el tratamiento de determinados temas que requieren repartos extensos. Sin excluir otras causas, Cesar Oliva atribuía a esta circunstancia el que hoy apenas se escriba teatro Histórico.

En el terreno concreto de la puesta en escena, la evolución, realmente sorprendente, está plagada de avances y de retrocesos, aunque no siempre sea fácil distinguirlos. Buena parte de las propuestas del director y de sus colaboradores, en especial el escenógrafo, no surgen únicamente de la lectura del texto —no necesariamente dramático—, sino que tienen en cuenta el recipiente que ha de acogerlas, es decir el escenario, y si el espectáculo va a permanecer en un mismo local o va a salir de gira. Si a principios del siglo pasado los teatros tenían el escenario a la italiana, a medida que pasaban los años, fueron habilitándose nuevos locales que no habían sido concebidos para la práctica escénica. En aquellos, se pasó de los telones pintados a los decorados corpóreos. En estos, se ensayaron nuevas distribuciones del espacio ocupado por los actores y el público, llegando, en ocasiones, a compartirlo en gozosa promiscuidad. El escenario situado en el centro de la sala se hizo habitual y los actores, sobre todo los más jóvenes, pronto se acostumbraron a actuar rodeados de espectadores a los que casi podían tocar con sus manos. Hoy conviven ambos tipos de locales y, en los de nueva creación, se prevé la construcción de salas tradicionales y de espacios transformables y polivalentes. Todos sabemos que en los locales adaptados, feudo del teatro alternativo, los escenarios carecen de algunos de los elementos que, en otros tiempos, eran esenciales, como son el telar, los hombros o los escotillones. Estas ausencias han modificado el diseño escenográfico. Sobre ello volveremos enseguida.

Hay un detalle que quizás haya pasado desapercibido para muchos, pero que refleja hasta qué punto lo económico influye en el mantenimiento o no de ciertos logros. Antes nos referíamos a esas salas que permitían desmontar las gradas y situar el escenario en el lugar adecuado a las exigencias del espectáculo o a la voluntad de sus creadores. En los teatros Pradillo, Cuarta Pared y Galileo, por citar algunos de los que más frecuento, se han ensayado todas las variaciones posibles. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, observo una tendencia a actuar en la disposición clásica. Buscando sus causas, creo adivinar algunas que, en este caso también, tienen su origen extramuros del proceso creativo. Para modificar la distribución de espacios se necesita personal y tiempo. Las salas alternativas no andan sobradas ni de uno, ni de otro. Por otra parte, buscando rentabilizar los locales, las programaciones incluyen tanto producciones propias, que permanecen algún tiempo en cartel, como espectáculos que recalan en ellos durante pocos días. A veces, en una misma tarde actúan dos compañías distintas. Si eso plantea problemas de montaje y desmontaje de las escenografías, podemos imaginar que la modificación de espacios es imposible. Añadamos que, si el espectáculo va a salir de gira, difícilmente encontrará en todos los lugares que visite escenarios apropiados, viéndose obligados a introducir cambios constantes e imprevistos en la puesta en escena, a veces tan notables que podríamos hablar de espectáculos distintos. Eso sucedió, por ejemplo, con Las manos, primera entrega de la trilogía sobre la juventud. No sé si los inconvenientes que surgieron durante la gira determinaron que la segunda parte, Imagina, se concibiera para un escenario tradicional. Lo cierto es que, si la memoria no me falla, desde entonces las gradas desmontables de Cuarta Pared permanecen fijas. Este es un ejemplo claro de lo que he señalado más arriba, que buena parte de las transformaciones que se producen en las puestas en escena responden a exigencias que poco o nada tienen que ver con el arte.

Pero hay otras innovaciones en las que es más difícil establecer si contribuyen al enriquecimiento del teatro o, por el contrario, sirven para resolver problemas de producción. Separar el grano de la paja, me parece necesario y urgente, pues bien pudiera suceder que el teatro se estuviera metiendo en un callejón sin salida. Quiero referirme a dos aspectos muy concretos que afectan a la escenografía y al trabajo de los actores.

Respecto a la primera, cualquiera que frecuente el teatro habrá advertido que la introducción del vídeo en las puestas en escena es frecuente. Me apresuro a señalar que me parece un hecho positivo y que nada hay de extraño en tal incorporación, pues el teatro siempre ha estado atento a los avances de la técnica y, cuando lo ha considerado útil, se ha beneficiado de ellos. A nadie se le escapa que la invención de la electricidad revolucionó la puesta en escena. En lo tocante a la imagen, cuando el vídeo no existía, se proyectaban diapositivas o filmaciones cinematográficas. Eran aportaciones que no sustituían a la escenografía, sino que se integraban en ella para cumplir una función semiológica. Función heredada más tarde por el vídeo, que, entre otras ventajas, ofrecía la posibilidad de mostrar imágenes manipuladas por ordenador.

Sin embargo, recientemente quedé sorprendido al comprobar que, en el breve espacio de once días durante los que tuve ocasión de asistir a diez espectáculos producidos por compañías alternativas, en seis de ellos se había recurrido al empleo del vídeo. En muy pocos era utilizado como elemento enriquecedor del lenguaje escénico. Al contrario, hacían las veces del decorado. Me produjo una curiosa sensación. Suprimida la escenografía corpórea o reducida a la más mínima expresión, esas imágenes planas me recordaban los viejos telones pintados. Era como una vuelta a la prehistoria de la puesta en escena, aunque, claro está, entre aquellas pinturas y estas proyecciones hay una diferencia sustancial. Un mar pintado es como un cuadro. En cambio, un mar filmado muestra el oleaje, lo que sin duda resulta más atractivo. ¿A qué se debe que se haya pasado del empleo del vídeo como signo a su conversión en elemento escenográfico? A mi modo de ver, de forma no premeditada. Asimilada ya aquella función de contenido exclusivamente artístico, el paso siguiente se dio cuando empezaron a intuirse las ventajas que ofrecía una escenografía enlatada frente a elementos corpóreos. El proyector y la pantalla podían sustituir a la carpintería. Supongo que es una forma de reducir los costes de producción y, también, los de transporte, cuando la compañía se desplaza.

El paso de una a otra función, o los intentos de compatibilizar ambas, no dejan de tener consecuencias negativas para el porvenir del arte escénico. No me cansaré de insistir en que el teatro ha de estar abierto a la innovación y que la innovación está íntimamente ligada al desarrollo tecnológico, como no puede ser de otro modo. Así, los progresos que constantemente se producen en el campo del audiovisual y de la tecnología digital han de ser aprovechados. Ahora bien, nunca hasta el punto de que sustituyan aquello que es patrimonio exclusivo del teatro, sin lo cual quedaría desnaturalizado como arte vivo y perdería su razón de ser. El teatro puede y debe aprovechar lo que la ciencia pone a disposición de la sociedad y, por tanto, del creador artístico. Pero ha de conservar, al mismo tiempo, sus esencias, para no dejar de ser lo que es o convertirse en un arte auxiliar. Que el riesgo existe es patente en varios de los espectáculos que me han animado a hacer estas reflexiones. Imágenes filmadas -unas de indudable belleza, otras que impactan por su contenido y algunas que no pasan de ser mareantes masas de colores-, que distraen la atención del espectador de lo que está sucediendo en el escenario, en el que los actores llegan a pasar desapercibidos. Y, con frecuencia, la instalación de la pantalla condiciona la del resto de la escenografía. Es muy probable que los directores, que son los introductores de este medio de expresión artística en el escenario, consideren que en él se contiene la savia nueva necesaria para la modernización del espectáculo teatral. Pero, a costa de ello, más de uno llega a descuidar las verdaderas funciones que le corresponden. En unos casos porque la tecnología les ha atrapado en sus redes y, en otros, porque han encontrado el medio de disimular su falta de talento.

De que mis apreciaciones no son exageradas, son buena prueba las fichas técnicas que figuran en los programas de mano. A la tradicional lista de actores, director, escenógrafo, músico, diseñador de luces y demás creadores vinculados al arte escénico se han ido sumando los de los realizadores de los vídeos y sus colaboradores hasta completar una abultada nómina.

En cuanto al trabajo de los actores, anticipo que voy a llegar a una conclusión que a muchos se les antojará disparatada. Pero empecemos por el principio. Decía antes que escribir obras con pocos personajes es norma impuesta a los autores que pretenden que sus obras suban a los escenarios. Sin embargo, si en estos momentos la norma fuera suprimida, no tendría efectos prácticos. Aún estando los productores dispuestos a afrontar el pago de las nóminas de un elenco numeroso, los directores sufrirían grandes quebraderos de cabeza para completar los repartos. De hecho ya está sucediendo. Abundan los casos en que, a los ya crónicos problemas de distribución de los espectáculos, se han sumado los derivados de la dificultad para contratar actores que no estén atados por compromisos cinematográficos, televisivos, publicitarios o de doblaje, o, que, estando libres, prefieran esperar la llamada de alguno de esos medios a comprometerse en proyectos teatrales. Así, podría citar casos tales como el de una actriz que rechaza un papel importante en un montaje de un Centro Dramático Nacional porque va a rodar una serie de televisión, o la negativa a integrarse en una compañía estable de titularidad pública, como fue el caso de la Nacional de Teatro Clásico, porque el contrato vincula a ella durante demasiado tiempo. A veces, estos rechazos no parten de los propios actores, sino de sus representantes, más interesados en los aspectos crematísticos de su trabajo que en los artísticos. Frecuente es el caso en el que se logra el concurso de determinado actor, pero limitado a las representaciones que vayan a hacerse en Madrid o en Barcelona, porque sus compromisos en otros medios, a menudo simultaneados, les impiden alejarse de esos núcleos. Así, unos estrenan la obra y otros hacen las giras.

Esta situación tiene, con frecuencia, consecuencias negativas. Los repartos se alejan de los ideales que el autor o el director tenían en la cabeza. Ya sé que ese milagro casi nunca se produce, ni antes, ni ahora. Pero hoy la distancia entre lo deseado y la realidad llega a ser tan grande que cuesta trabajo entender la composición de algunos repartos, hechos, sin duda, contra natura porque no hay otro remedio. En tales casos, son inevitables los desencuentros durante los ensayos, que suelen tener fiel reflejo en el espectáculo que llega al espectador.

Ante semejante situación, no me sorprende que algunos directores desesperados abominen de los actores hasta el punto de desear su desaparición. No se confíen los que piensen que tal aspiración no es viable, porque estén convencidos, como Cervantes, que sin actor no puede haber representación teatral. Algunas señales se van produciendo que indican que todo es posible. Hace cien años, Eleonora Duse manifestaba su deseo de que todos los actores y actrices murieran de la peste porque, en su opinión, hacían el teatro imposible. Por entonces, aunque por razones que nada tienen que ver con las que aquí nos ocupan, Gordon Craig vaticinaba la desaparición del actor y su sustitución por un personaje inanimado que, a falta de otro nombre más glorioso, denominó «supermarioneta». He de confesar que, ante ciertos espectáculos, tengo la sensación de que esa idea tiene adeptos entre nosotros, pues, aunque los actores son de carne y hueso, me parecen muñecos en manos del director. Pero eso, quizás sea otro asunto.

El que nos interesa, sitúa al actor en un terreno ambiguo. Es un producto caro para la maltrecha economía teatral. Pero, también los mejores ejemplares de la especie se han convertido, por su escasez, en un lujo inalcanzable, incluso para los cazadores ricos. Han abandonado el hábitat teatral que les era propio y se han instalado en otros en los que su captura resulta más difícil. De ahí que ya se estén dando pasos orientados a no hacerse con los servicios de actor en su totalidad, sino con algunos de los elementos que le sitúan en esa profesión, por ejemplo con su voz o con su imagen. Citaré dos casos recientes.

Se está representando desde hace algún tiempo una obra titulada Otoño en familia, del autor inglés James Saunders. Para quiénes no la conozcan, diré que la acción tiene lugar en la casa de un hombre enfermo que está a punto de morir. Sus tres hijas, que viven en otras ciudades, acuden junto a la madre para acompañarla en el duro trance. Las cuatro conversan largo y tendido durante la espera y así vamos conociendo su pasado familiar y su presente. En la obra original, además de las mujeres, había un personaje masculino, una especie de testigo invisible para ellas, que proporcionaba alguna información complementaria sobre lo que sucedía en escena y hacía sagaces comentarios a propósito de lo que escuchaba. En la versión española, el personaje ha desaparecido y su texto nos llega a través de la voz en off de Adolfo Marsillach. Ignoro si la presencia física del personaje fue suprimida cuando Marsillach adaptó la obra hace algunos años o si fue decidida a última hora, cuando su delicado estado de salud hacía impensable su salida a escena. Sea una u otra causa, lo que en esta representación se pone de manifiesto es que, si lo que interesa del actor es su voz, se graba en un estudio, tras lo cual él puede regresar a casa u ocuparse de otros menesteres.

El otro caso es más llamativo. En la Muestra de Teatro de las Autonomías celebrada en Madrid se representó una Medea inspirada en textos de diversos autores. Aunque en el proyecto participaban cuatro compañías, dos francesas y dos aragonesas, la producción era modesta, como suelen serlo las que acometen los grupos alternativos. Por eso sorprendía que, en el programa de mano, junto a una lista a actores desconocidos para el público, apareciera el nombre del prestigioso José Luis Pellicena como intérprete de Creon. La sorpresa duró lo que tardó en llegar la escena en la que su personaje se enfrenta, en un dramático diálogo, a Medea. Allí estaba, en las tablas, ella. En una pantalla, la imagen del actor. Duelo de actores desigual y frío. Lo que degustamos no era ni carne, ni pescado. Curiosa mezcla de actuación en vivo y enlatada y, desde luego, peligroso precedente para la pureza del teatro.

De seguir por esos derroteros, introduciendo de forma masiva e indiscriminada las técnicas audiovisuales en la actividad teatral, pronto no serán necesarios los palcos escénicos para que los actores salgan a representar, pues para ello bastarán escenarios extraplanos, pura pantalla. Es bastante probable que así se sanee la economía de esta industria, pero también que pierda lo que todavía tiene de artesanal, que es uno de sus muchos encantos.

Una apostilla. Alguien podrá preguntarme por que razón me preocupo por algo que, en realidad, pertenece a la puesta en escena y poco tiene que ver con el quehacer del autor. A ello responderé que el teatro es un todo y ninguna de sus partes es independiente de las demás, de modo que lo que sucede en una afecta, en alguna medida, a las demás. Por si eso no bastara, veo en el nuevo rumbo emprendido una rara combinación de honestos deseos por contribuir al desarrollo teatral con nuevas y atrevidas aportaciones y de intereses que entienden menos de arte que de pérdidas y ganancias. Combinación que puede resultar explosiva. ¿Quién asegura que, llegado el caso, la onda expansiva no nos alcanzará a todos? A veces me imagino acudiendo a la llamada de un empresario convencido de que me va anunciar el estreno de alguna de mis obras o de que me va a encargar su escritura. Pero lo que me propone es otra cosa: adaptar al teatro una película de éxito. «¿No suele suceder al revés?», me pregunto. Pero antes de responderme recuerdo que ya se está haciendo. Ahí tenemos El verdugo, sin ir más lejos. O Doce hombres sin piedad. Familia. Entre tinieblas. O, entre las más recientes, Atraco a las tres. El teatro mamando de la teta del cine. ¿Quién iba a decirlo? ¿Para qué estamos los autores? Si esa tendencia se acentúa, la colonización absoluta del espectáculo teatral será un hecho. Al que no le guste, tendrá que cambiar de oficio o, si está dispuesto a ello y tiene fuerzas, empezar desde la nada, como si el teatro no hubiera existido y estuviera por inventar.

III Encuentros de Autores de Teatro «A de Autores»

8-9 de noviembre 2002. Gijón

Ponencia de Jerónimo López Mozo

Manifiesto del T.A.S. (Teatro de agitación social)

1.- Concebimos el teatro como un «arte social», en dos sentidos.

a) Porque el Teatro no se puede reducir a la contemplación estética de una minoría refinada. El Teatro lleva en su sangre la existencia de una gran proyección social.
b) Porque esta proyección social del Teatro no puede ser ya meramente artística.

2.- En el primer sentido, nos declaramos al margen de los Teatros de Ensayo o de cámara rechazando como erróneo su enfoque del problema teatral. Un Teatro de Ensayo no sirve más que para el aprendizaje del oficio. El T.A.S. no es un teatro de» Amateurs».

3.- En el segundo sentido rechazamos la vieja concepción de «Teatro del Pueblo» como «arte para el pueblo», «belleza al alcance de todos». El T.A.S. es un «Teatro del Pueblo» en un sentido rigurosamente distinto.

4.- Nosotros no somos políticos, sino hombres de teatro; pero como hombres -es decir, como lo quesomós primariamente-, creemos en la urgencia de una agitación de la vida española.

5.- Por eso, en nuestro dominio propio (el Teatro), realizaremos ese movimiento, y desde el Teatro aprovechando sus posibilidades de proyección social, trataremos de llevar la agitación a todas las esferas de la vida española.

6.- Pero conste que la preocupación técnica por la renovación del instrumental artístico del Teatro, está orientada a servir a la función social que preconizamos para el Teatro en esos momentos, y no obedece, de ningún modo, al ímpetu de un cuidado puramente artístico.

7.- Lo social, en nuestro tiempo, es una categoría superior a lo artístico.

8.- Nuestra actitud, por otra parte, es plenamente teatral. El camino que estamos trazando es el único por el que las grandes masas volverán al Teatro, al drama.

9.- Porque hemos asistido al lamentable espectáculo del desplazamiento de las grandes masas de espectadores, al impresionante éxodo del público desde el Teatro al «cine», desde el drama al espectáculo frívolo, desde la angustia al enmascaramiento, desde la realidad a la evasión, al olvido culpable y al paraíso artificial. El Teatro, en torpes manos, ha sido insuficiente para contener este éxodo.
Ha dejado que se le escape su mayor grandeza: la emoción de un gran público. El drama ha sido como un cáliz de amargura que el público ha desviado de su boca para entregarse al «divertissement», al embrutecimiento inhumano de los estupefacientes. El Teatro ha asistido impasible -algunos han llegado a creer impotente- a esta deserción. El T.A.S. pretende impulsar un fuerte movimiento de retorno al Teatro.

10.- Hasta nuestros días todos los intentos de teatro social se han producido de una manera esporádica y aislada. Todos los esfuerzos -unas veces por su marcada tendencia de propaganda de una determinada ideologÍa política (Teatro-Piscator, de Berlín), y otras por obedecer a un impulso individual y solitario o por falta de vigor han resultado casi estériles. El T.A.S. aparece como la mayor concentración de teatro político y social que ha habido hasta la fecha y trata de contrastar las más opuestas tendencias sociales y políticas. El T.A.S. -queda bien claro- no es un «teatro de partido».

11.- Así, el material con el que va a trabajar el T.A. S. procede de los más diversos ángulos ideológicos. Una breve reseña de los títulos ilustrará sobradamente este punto. El T.A. S. trabajará sobre el siguiente material dramático;
-«La fuerza de un gigante», de Upton Sinclair, drama en torno a la bomba atómica.
-«Mutilado», tragedia de un mutilado de guerra.
-«Pastor HalI», sobre la Alemania de Hitler.
-«La luna se ha puesto», de John Steinbeck, drama sobre la ocupación de un pueblo por las tropas alemanas.
-«Muerte de un viajante», de Arthur MiIler, sobre la vida gris y angustiosa de un hombre de la clase media norteamericana.
-«El metro», de Elmer Rice, donde el autor muestra su sentimiento trágico de la gran ciudad.
-«Barrabás», de William Douglas Home, obra sobre las cárceles inglesas, considerada por algunos como una nueva «Balada de la Cárcel de Reading».
-«Las manos sucias», de Jean Paul Sartre, pieza muestra del teatro político.
-«Cautivos de la libertad», de Michael Carroll, que denuncia en esta obra el poder tiránico de los judíos en la vida norteamericana.
-«El Signo de la Cruz», de (Gabriel Marcel, drama sobre el problema judío en Francia.
-«Basura», de A.S., drama sobre el suburbio.
-«Fuenteovejuna», revisión de la obra de Lope, que le incorpora un moderno sentido político.
-«La noche es de los dioses», de Manuel Pilares. sobre un accidente de trabajo en una mina asturiana.
-«Mutter Courage» de Bertolt Brecht, drama alemán de posguerra.
-«Dios en todas partes», de Medardo Fraile que trata el tema del proletariado ante el problema religioso.
-«Pozo negro», de Albert Maltz, drama de los mineros.
-«Profundas son las raíces», de Arnaud D’Usseau y James Gow, la única obra norteamericana que se representa profusamente en la U.R.S.S.
-«Las noches de la cólera», de Armand Salacrou, sobre la resistencia francesa.
-«Silicosis», de J. Ma. de Quinto, la tragedia de esta terrible e irremediable enfermedad profesional.
-«Huelga», de John Galsworthy, sobre la eterna contienda patrono-obrero.
-«Blaue Division», de Miguel Angel Castiella, drama político.
-«La vida está profunda», tragedia de la tierra y el hombre en la sed, del mismo autor.
-«Aceite amargo», de Paulino G. Posada sobre el problema social de Andalucía.
-«Los presos», de Max Kommerells, que trata el tremendo tema del campo de concentración.
-«El mono velludo», de Eugenio O’Neill, el drama de un hombre primitivo y elemental en pugna con la sociedad burguesa, etc. etc.

12.- Creemos. firmemente en la eficacia teatral del drama. El T.A.S. va a realizar la empresa de traer el drama a los escenarios españoles de los que está ausente desde hace tanto tiempo. Venimos además con la intención de desmentir que el drama -y más concretamente el drama de preocupación social y política- esté «fuera de la ley» en España, como han pretendido algunos comentaristas extranjeros al informar sobre la censura española.

13.- Nuestro deseo hubiera sido trabajar sólo sobre material español. Pero este material por ahora no existe. Con gran dificultad hemos conseguido reunir algunos títulos. Esperamos que el T.A.S. facilite la formación de un teatro español de gran altura. En este sentido, el T.A.S. viene a preparar el terreno ya crear la atmósfera en que puedan seguir los nuevos dramaturgos.

14.- El T.A.S. no es, en ningún modo, simplemente un «teatro del proletariado». Como se ve por el conjunto de temas y problemas que se debaten en el material detallado en el punto 11, el T.A.S. tiene una visión total de la sociedad y no trabaja exclusivamente sobre los problemas de una determinada clase.

15.- Si bien el T.A.S. es una profunda negación de todo el orden teatral vigente -y en este aspecto nuestros procedimientos no serán muy distintos a los utilizados por un incendiario en pleno delirio destructor-, por otra parte pretende incorporarse normalmente a la vida nacional, con la justa y lícita pretensión de llegar a constituirse en el auténtico Teatro Nacional. Porque a un Estado Social corresponde como Teatro Nacional un Teatro Social, y nunca un teatro burgués que desfallece, día a día animado pálidamente por una fofa y vaga pretensión artística.

16.- Creemos que el T.A.S. es realizable. A este respecto recordamos un artículo editorial del diario «Arriba» («Respuesta sobre el teatro». » Arriba», 19 abril 1950) donde se afirmaba rotundamente que en España se puede hacer un teatro de contenido político y social avanzadísimo. Aún diferiendo en algunos puntos con el editorialista, uno de nosotros convino con él en que el teatro de preocupación política y social es posible en España. («Respuesta a una respuesta». La Hora número 54). Por la fuerza de este convencimiento estamos realizando el T.A.S.

17.- Para llevar a cabo esta realización, necesitamos, desde luego, el apoyo tanto de la Dirección General de Teatro (Censura) como de las Organizaciones Sindicales que encuadran a todos los productores españoles.

18.- Pero entiéndase que no solicitamos este apoyo en lo económico. (El T.A.S. es un teatro independiente). Contamos con la amplitud de criterio y la buena voluntad de los censores -en vista de los fines que perseguimos-, así como también con que los Organismos Sindicales nos faciliten el acceso a las clases productoras.

19.- El T.A.S. hace un llamamiento a los jóvenes, con los que contamos para la difícil tarea que se avecina. Pedimos la colaboración de todos para que el T.A.S. dé un poderoso fruto.

20 En Madrid, septiembre de mil novecientos cincuenta los abajo firmantes declaran fundado el T. A. S. (Teat ro de Agitación Social).

Alfonso Sastre y Jose Ma. de Quinto
La Hora (10 Octubre 1950)